jueves, 26 de junio de 2014

To Hell... and Back Again!!! (Hellfest 2014, Clisson, Francia 19-Junio-2014 (Día "Zero"))

Todo el año, desde que terminó el verano pasado, ahorrando casi sin poder, sacando el dinero de debajo de las piedras, sacrificando salidas y cualquier capricho, y esperando con devoción la llegada de un nuevo verano para poder salir de esta cochina ratonera de país y darme la gran vida en algún festival europeo aunque solo sea por 4 o 5 días. Fue muy duro, pero lo necesitaba. Al final, logré mi objetivo, y tras una larga y cansina espera, por fin nos vimos en Alicante esperando al autobús del Valkyrie Tour, que como cada año nos llevaría más allá de nuestras fronteras hacia cualquier trocito de paraíso, llámese Wacken, Metaldays o en este caso, Hellfest, un festival que ha luchado duro durante sus años de existencia para posicionarse como uno de los mejores a nivel europeo, tanto en cartel, asistencia, organización… Y no solo eso, sino que en los últimos años, y a mi parecer, se ha convertido en el festival más atractivo de cuantos se celebran en el viejo continente, mientras otras bestias sagradas como el caso de Wacken van perdiendo más y más fuelle con el paso del tiempo. Comparad, por ejemplo, ambos carteles de esta edición. Para mí, desde luego, no hay color, Hellfest se lleva la palma por goleada. Además, es un festival que se celebra en unas fechas un tanto delicadas, tanto para el que estudia como para el que trabaja, así que estos dos años sabáticos me he permitido el lujo de no fallar, ya que no sé cuando podré volver a tierras francesas.

El viaje me resultó un paseo comparado con otros años que he ido más lejos, pero aun así más de 24 horas de autobús con alguna parada ocasional no son moco de pavo. Sin embargo, este año fue algo extraño. Faltó muchísima gente clave para desatar la locura en el viaje, faltaron películas, sobró música… y también gente, que vino de novata (lo cual no es nada malo) y pensaron que iban ellos solos en el bus, continuamente incordiando y buscando problemas.

El día “zero”, mi querido día “zero”. Uno de los días en que se viven los momentos más jodidos de un festival, pero también el de celebrar que ya se está donde uno lleva todo el año soñando. La llegada a Clisson, pequeña localidad francesa donde se celebra el festival, fue bastante dura, con un sol de justicia y al menos dos horas por delante, a plena calina y cargados con las mochilas para recoger las pulseras, ya que este año no estaba permitido el acceso al camping sin la pulsera del festival por motivos de seguridad. Haku, Uri y yo en grupo intentando avanzar lo más rápido posible entre la avalancha de gente que acababa de llegar. Aquí empezaron las primeras quemaduras de piel.

Seguidamente, y tras este pequeño infierno, nos dirigimos rápidamente al súper para comprar las últimas provisiones, hielo, refrescos y algún que otro capricho extra más, aunque siempre contando con una cartera bastante limitada. Una vez allí, la fiebre Hellfest se adueñó del panorama rápidamente como en cualquier festi internacional, llenando el lugar con gritos de Hellfest!!! de las masas enfurecidas que llenaban los pasillos, tanta gente, que aquello a veces parecía un gigantesco moshpit. Dos cosas que tienen que aprender los franceses: Una: en los súper hay que vender vasos, pero vasos decentes. Dos: Eso no se puede llamar cubitos de hielo.

Llegamos a la tienda y parecía que ya fuésemos por el segundo día, agotados de tanto ajetreo y tanto calor. Pero aun no habían pasado los malos tragos. Una vez acampados, un grupo de mequetrefes gabachos invadió nuestro espacio sin el más mínimo permiso ni vergüenza, y hubo momentos algo tensos, pero todo se solucionó por suerte por vía diplomática y hubo un intercambio de tiendas. Ahora sí, POR FIN, salvo alguna otra pequeña molestia por parte de algún franchute borracho (que parece que, al estar en casa, no tienen porque guardar respeto a los demás), pudimos disfrutar de nuestro merecido descanso y de esos momentos que marcan de un Hellfest a otro, la verdadera esencia del día “zero”, pillarse una cogorza monumental con vodka y zumo, y recrearse en enriquecedoras conversaciones de todo tipo: lingüísticas, políticas, metaleras… siempre en excelente compañía y sobre todo, disfrutar del dulce momento de la anticipación de un festival que ya a esas alturas prometía ser de los mejores de mi vida, en el que iba a cumplir más de un sueño.

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