viernes, 10 de noviembre de 2017

Descenso a los Infiernos (Moonspell + Bizarra Locomotiva + Norunda, Domingo 05/11/17, Sala Rock City, Valencia)

El pasado fin de semana podría haber sido uno normal, uno de tantos. Viernes tranquilo reposando el día de curro en casa, y sábado con una pequeña escapadita nocturna de la cual no quise abusar ni alargar en exceso. La razón fue porque, el domingo, una poderosa fuerza me atraería una vez más hasta la Rock City de Valencia. Esa fuerza tiene nombre, el de los portugueses Moonspell, que están realizando una extensa gira por nuestro país entre otros muchos, y bastante especial, por cierto. Podría haber pensado, al ser un día tan difícil, que ya les he visto como 6 o 7 veces y que no son una banda especialmente complicada de ver por aquí, y finalmente desistir, y más cuando mis opciones de ir acompañado fueron cayendo una tras otra. Pero lo cierto es que es una banda con la que me he ido encariñando mucho a través de los años, concierto a concierto, y me apetecía muchísimo verles en sala, lo cual iba a ser mi primera vez, así que me puse mis mejores galas (la misma puta ropa de siempre, vamos) y sobre las 19:00 de la tarde, hora en la que el show tenía prevista la apertura de puertas, salí zumbando de aquí con la única compañía de la voz de mi GPS, con muchas ganas de que el viaje se hiciera corto, llegar a la sala, aparcar, pillar la entrada, darle dos mordiscos al bocata, y meterme silenciosamente entre el calor de la peña. ¿Fue una putada que el concierto fuese el domingo? Pues sí, la verdad, porque al día siguiente fui a currar bastante hecho polvo. ¿Valió la pena? Que no os quepa la menor duda de que SÍ, porque al igual que en esta vida es obligatorio trabajar, bajo mi punto de vista es igualmente obligatorio divertirse, sea cuando sea y donde sea.

Tras hacer todo lo anteriormente mencionado, me vi de nuevo ante las puertas de mi cada vez más querida Rock City, un lugar en donde el buen sonido y un gran ambiente están siempre garantizados. Pensaba, de todas formas, que iba a ser un concierto solitario (a los que no hago ningún asco, que nadie se equivoque), pero pronto vi, junto a la barra (como no) a varios colegas de movidas, a Jose, Mauricio, y a Raúl, con quienes compartí el concierto, y saludar a otros, como Félix. ¡¡Al final nos juntamos una buena tropa!! Y al final son estas cosas las que le alegran a uno la velada.

La cosa es que, como siempre sucede, el tiempo es incontrolable, y se me hizo un poco tarde entre unas cosas y otras. Pillé una retención en la entrada de Valencia que me puso bastante nervioso y de mala leche, me perdí un poco al llegar, y entre unas cosas y otras no llegué a ver a Norunda, la primera banda de la noche, y me jodió bastante perderme su thrash metal. Sin embargo, si que llegué casi al inicio de los segundos de la tarde/noche: Bizarra Locomotiva. Extraño nombre, ¿verdad? Pues más extraña todavía era su propuesta musical y escénica, aunque no por ello dejé de disfrutarles. Entre risas, tragos y palique con los colegas, fui sumergiéndome en el concierto y al final terminó contagiándome su brutal Metal industrial. Escuchados en disco no me emocionaron precisamente, y seguramente me los habría perdido si hubiesen sido los primeros. Pero en directo, la verdad es que, a parte de dar el callo de sobremanera, sonaron mucho más metálicos y contundentes, y no tan estáticos y aburridos como los temas que escuché poco antes. Al principio me chocó bastante que no tuviesen vocalista, pero lo cierto es que este estaba dando guerra entre el público, paseándose entre la peña y lanzando berridos a diestro y siniestro, con unas tesituras bastante salvajes, por cierto. De hecho, volvió a bajar en más de una ocasión. El sonido les acompañaba, y de qué manera. Los simples pregrabados se conjugaban a la perfección con los instrumentos, aunque estemos hablando solamente de una guitarra y una batería. Estos lucían unas pintas de lo más bizarro (valga la redundancia jeje), entre los primeros Marilyn Manson o Rammstein y unos movimientos del vocalista que recordaban claramente a los de Barney de Napalm Death (a quienes, por cierto, muy pronto veré si no pasa nada), brutales y erráticos, como si estuviese siendo vapuleado a hostias. Una montaña de puro músculo a pecho descubierto que hacía temblar la tierra con cada paso que daba, con una presencia imponente, sudando a chorros y como digo, mucha ira en su voz. La congregación de gente era mucho mayor de la esperada, casi todo el mundo estaba ya allí y muchos de nosotros no pudimos parar de pegar cabezazos, acompañados por una brutal batería, unos ritmos machacones y repetitivos, y una espectacular puesta en escena que en esta ocasión provenía de los propios músicos. La gran sorpresa fue la subida al escenario del mismísimo Fernando Ribeiro, para regocijo de sus fans, para cantar junto a Rui Sidónio el tema O Anjo Exilado. Y es que tanto saber estar no es fruto de dos días; hablamos de una banda que lleva, atención, casi 25 años recorriendo los escenarios, aunque curiosamente es complicado encontrar información sobre ellos en la red.

Salimos fuera a tomar el aire y a fumar. Fue un rato cantidad de agradable, en el que charlamos hasta quedarnos afónicos, y es que es un placer compartir opiniones ya no solo musicales, sino también políticas, con gente de pensamiento inteligente. Fue de esos momentos que pasan volando, aunque a última hora el frío ya rascaba bastante. Ante los primeros indicios, “hice fuerza” para que entrásemos ya a coger un buen sitio, y me encontré por sorpresa que la sala se había vaciado bastante, dejando unos apetecibles huecos con buena visibilidad y relativamente cerca del escenario. Desde ahí vivimos las primeras notas, los primeros pasos del descenso a los infiernos por los que nos guiarían los portugueses Moonspell, ya desde su intro En nome do mendo, que reconocí familiar, pero en versión instrumental. El batería Miguel Gaspar fue el primero en salir, y seguidamente le acompañaron Ricardo Amorim a la guitarra y el bajista Aires Pereira, dos músicos que tuvieron muchísimo que decir. El tema se transformó en la versión habitual en cuanto Fernando Ribeiro pisó las tablas, completando así una introducción sobrada, espectacular y muy potente, que nos dejó a expensas de más tralla. No tardó en llegar con In tremor dei, de su último trabajo (trabajazo, diría yo), con unos coros pregrabados que sonaban de la hostia, junto a la voz densa y profunda de Fernando, que sigue conservando todo su encanto, su oscuridad y su inmensa personalidad para hipnotizarnos con solo dar un par de berridos. Y ya os digo que salió especialmente motivado aquella noche, aunque no fue el único. Con Desastre, tan solo pasados unos minutos del inicio, pusieron la sala literalmente patas arriba, y eso que se trata de un tema relativamente nuevo, aunque por lo visto ya bien conocido. La cosa es que se tocaron la versión en castellano y claro, eso siempre agita más todavía. Los tremendos ritmos, riffs y la agresividad de este tema me dejaron las cervicales al rojo vivo, vaya fuerza tiene en directo, para partirse en dos. Acto seguido, nada más terminar el tema, me volví hacia mi colega Jose y los dos gritamos al unísono: ¡¡Vaya TEMAZO!! Esta no la pueden quitar de sus setlist nunca más.

Poco a poco, especialmente con la llegada de 1755, me fui dando cuenta del rollo: Estaban tocando de forma íntegra e ininterrumpida su último trabajo. No es que yo a Moonspell les haya escuchado poco, ni visto pocas veces, pero os aseguro (para quien todavía no lo hayan escuchado) que estos titanes, tras casi 15 años de carrera, se han sacado de la manga a estas alturas un discazo para caerse de rodillas, súper homogéneo, con unas orquestaciones bárbaras, unos temazos impresionantes (todos ellos) y un concepto tremendamente interesante que desarrollaron a lo largo del bolo gracias a las explicaciones, comentarios y teatralidad de Ribeiro: el conjunto de catástrofes que afectaron a Lisboa en el año 1755 (tal como se titula el disco), y que asolaron completamente la ciudad con terremotos, incendios y tsunamis, sembrando la muerte y la destrucción y arrasándola hasta sus cimientos. Un gran ejemplo de esto fue 1 de Novembro, en la que el vocalista hizo una pequeña introducción para después pasar a cantarla con toda la furia posible, sintiendo en ella el terrible suceso de su país, alzando mucho la voz entre tonos más limpios y rasgados, manteniendo un equilibrio perfecto en el que este hombre es un maestro. Sus movimientos eran calculados, muy teatrales y evocadores, se encontraba muy a gusto con los temas nuevos y veía que la gente respondía de puta madre. El bajo de Aires Pereira tuvo especial protagonismo en los primeros temas, especialmente al inicio, en donde se explayaba a gusto, teniendo también un gran gusto escénico y una potencia descomunal en sus movimientos, demostrando lo excelente músico que es. Un poco más atrás, pero no menos importante, era la actitud de Pedro Paixao, dedicado casi exclusivamente a su labor de teclista, desmelenándose y a saco con los cabezazos mientras tocaba su instrumento, totalmente imprescindible en la música de Moonspell, añadiendo ese halo insuperable de maldad y profundidad a cada tema. Incluso a última hora, se le podía ver doblando el lomo con total pasión.

El frontman sacó y alzó una gran cruz, de la que salía despedido un láser rojo con el que nos bendijo a todos una y otra vez, hablándonos al mismo tiempo en un portugués bastante entendible. Todos os santos fue uno de los últimos en caer de su último trabajo (el cual, insisto, interpretaron entero y en orden). De nuevo un ritmo machacón y potente, y un riff recordando a los Sepultura de mitad de carrera, revienta cuellos, con una fuerza desmesurada, y sobre todo, con un estribillo que te pone la sangre a hervir, al menos a mí me llegó de esta forma, y al parecer también al propio Fernando, que la vivió especialmente encabronado mientras gruñía el nombre de su país. Todo esto sazonado con unos coros maravillosos, en los que se lució el guitarrista Ricardo Amorim junto a uno de los mejores solos del concierto, y una ambientación que casi te ponía los pelos de punta. Haceos favor, o daos el capricho de escuchar este último tema con gran atención, pero hacedlo obligatoriamente con el volumen a toda hostia. Lo comentábamos todos los que estábamos allí: estos tíos son cojonudos, son únicos y casi insuperables en su rollo (por mi parte, tan solo Paradise Lost son capaces de plantarles cara).

Habiéndoles visto tantas veces, no esperaba que me gustaran ni me sorprendieran de la forma que lo estaban haciendo. Sin embargo, aun quedaban unos cuantos momentos álgidos del concierto, y el primer de los siguientes vino de la mano de Lanterna dos afogados que, pese a ser una versión de otro grupo que nada tiene que ver con este rollo, es uno de los temas más especiales que han interpretado nunca. Al continuo y decadente cabeceo de Aires y Ricardo, sobresalía un Fernando rígido, profundamente oscuro y misterioso, concentrado, mirándonos fijamente, que cantaba con tanta angustia y densidad que parecía revivir la mismísima catástrofe a la que hace honor su último disco, portando en su mano un candil cuya iluminación dotaba al escenario de una ambientación tan macabra que, junto a la deprimente melodía del tema y el solo de Ricardo, tan espontáneo como bien interpretado y ocupando el centro del escenario, fue pura, simple y llana poesía. Lo recuerdo y se me ponen los pelos de punta jeje.

Explicó a continuación que aquí empezaba otra etapa del concierto: los grandes clásicos que (también) esperábamos todos. Dejó el candil y se enfundó en una capa al más puro estilo del Drácula de Lugosi para interpretar, como no, Vampiria, una de las canciones más queridas por los fans. Tras la agonía musical de su anterior tema, este supuso un subidón notable, un resurgir de las manos en alto y los berridos más atroces por parte de Ribeiro y la vuelta a las guitarras más duras y agresivas. Sin quitarse la capa, el vocalista bromeó sobre el ritual de decir “este es el último tema de la noche” aunque todo el mundo sepa que no es cierto. Hasta ahora, el sonido había sido fantástico, como nos tiene acostumbrados la sala, y todos deseábamos que siguiera siendo así. Alma mater, quizá más temprana de lo que esperaba, atronó la Rock City con la fuerza del bajo de Aires, los arrolladores bombos de Miguel y la electricidad y los contundentes movimientos de Ricardo, a quien por cierto, vi muy cambiado físicamente, casi irreconocible, pero igual de entregado que siempre, siendo una de las piezas clave del grupo. Dijeron un “hasta luego” que fue por suerte rapidito, para empezar con unas notas que todo el mundo reconoció inmediatamente: Opium, el tema que en su día les llevó a lo más alto. Aquí, Fernando demuestra, a parte de sus dotes escénicas, que su voz sigue teniendo esa profundidad tan maravillosa con los graves, y que puede pasar de voces limpias a reventarse la garganta como si nada. Estaba claro que no podía faltar, para alegría de todo el mundo, que cada vez estaba más apiñado en las primeras filas. Su buen hacer generó múltiples aplausos y gritos de Moonspell, Moonspell, con un público que supo reconocer la calidad cuando la tuvo delante. Otra que recuerdo de prácticamente todos sus conciertos es la desconcertante Awake!, un tema que nos cautiva con su inquietante ritmo, una especie de tango de la muerte dentro de su, para mí, obra maestra “Irreligious”. Ribeiro se movía sobre el escenario, ya empapado en sudor, con toda la fuerza que requiere un tema así. Esta vez era el teclista quien se mostraba más estático, como poseído por el ritmo del tema, mientras todo el mundo gritaba el estribillo y el escenario se llenaba totalmente de humo que las luces transformaban en rojo, dando de nuevo un gran espectáculo visual, que continuó con Mephisto, uno de sus temas más demoníacos y agresivos. Como veis, el setlist se repartió perfectamente entre temas los más recientes y los clásicos imprescindibles, en dos mitades separadas equitativamente.

Pero, y más tratándose del final, nunca viene mal un poco de diversión, aunque sea siempre imbuido del particular y oscuro estilo de los portugueses: Ataegina trajo melodías folkloricas, guitarras más alegres y un ritmo 100% saltón que rompió, para sorpresa de muchos, el cáliz dramático del concierto, haciendo que absolutamente todo el mundo se pusiera a saltar automáticamente con tan solo unos segundos de canción. Tal fue el éxito, y tanto triunfó esta, que incluso una vez terminada, todos seguimos durante un buen rato cantando a capella la melodía principal, mientras los miembros de la banda no daban crédito a lo que veían y escuchaban, y nos agradecían enormemente el apoyo. Pero la decadencia volvería a cernirse sobre la Rock City con uno de sus más grandes éxitos: Full moon mandness, otra delicia absoluta con ese sabor inconfundible de sus primeros discos más viscerales y diabólicos y que Fernando siempre se desgañita cantando como si fuera la primera vez. Y es que ahí reside el secreto de su longevidad y su estabilidad como banda: la constancia y el buen hacer, disco tras disco, temazo tras temazo, sabiendo adaptar su música a distintas tesituras pero sin caer en el burdo cambio de actitud o esencia.

Lo dicho, salí de la sala con los ojos poco menos que como platos tras el magnífico espectáculo, y creo que como yo muchos de los que estaban conmigo. Por fin he podido quitarme la espinita de verles en sala, y lo cierto es que fue una noche impagable, aunque dicho sea de paso, los 28 euros de la entrada picaron bastante. Pero ya sabéis lo que dicen, sarna con gusto… pues eso mismo, contentísimo de haberme hecho los kilómetros en un día tan delicado como son los domingos, antesala de la vuelta a la cruda rutina y realidad, pero buah… si todos fuesen así…

_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_

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