
Después de cuatro días de intenso festival metalero, y una semana entera recordándolo a través de las pertinentes crónicas, uno acaba sufriendo lo que se conoce clínicamente (o al menos, debería) como síndrome de bajón post-festivalero, echando de menos los conciertos, la música y los colegas que han formado parte de ti durante tantas horas. Entre unas cosas y otras, volvía a llegar el fin de semana. Era viernes, y sentía que me faltaba algo, o que estaba pasando por alto una cita importante. Al consultar mi agenda personal (que cada vez está más vacía por temas de pasta), me di cuenta de que ahí estaba en letras grandes el nombre de Frank Suz, cuyo concierto se antojaba perfecto para sobrellevar un aburrido fin de semana. El Pub Dublín fue, en esta ocasión, el garito que iba a albergar su show, y sin pensármelo dos veces, cogí el coche y me planté solo en Gandía. El artista ibense presentaba allí, acompañado de su saxo, su Hammond, y unos músicos de lujo, el último lanzamiento de su carrera, ese flamante “Callos de Wagyu” que no ha dejado de alucinarme desde que lo escuché por primera vez. Si entre sus anteriores trabajos (“Inferno”, “Mambo Voodoo” y “Reza Todo lo que Sepas”) ya se apreciaba una notable diferencia en términos de sonido y estilo, en este último le ha dado vuelta y media a todo, sin renunciar a su reconocible personalidad compositiva, pero creando algo fresco y rompedor. Un trabajo puramente instrumental, producido nada menos que por Hendrik Röver y grabado en directo de estudio, en el que Frank se revela, además de cómo el consabido gran teclista, como un saxofonista nato a la hora de inundar cada pieza de trabajadas armonías, y melodías que ya llegan para quedarse desde la primera escucha.













