
Traspasar las puertas de un festival siempre es un motivo de alegría, que garantiza diversión a raudales, buen ambiente e intensas sesiones de heabanging. Si el festival en cuestión, además, es veraniego (de esos que tanto me molan a mí) y se celebra de noche, lejos del irritante calor que estamos sufriendo en esta estación, la cosa va ganando muchos puntos. Y si para colmo de bienes, como sucedió en mi caso, es la primera vez que se acude, también hay que sumar el factor sorpresa a la ecuación. Así, con la llegada de esta presente edición del Rock’n’Pola, me decidí a dar el paso de estrenarme. Un festival de sobra conocido por la zona que este año celebraba su undécima convocatoria, aunque su fundación se remonta hasta más allá del 2016. Y la vivencia general fue positiva al máximo, algo de lo que pudimos dar fe todos cuantos nos encontrábamos allí. En lo que respecta al evento en sí, todo salió como la seda, incluso la resolución de un (bueno, en realidad dos) imprevisto de ultimísima hora. Y en cuanto a la noche, disfrutarla gozando de la compañía de dos de mis mejores amigos, es algo que no tuvo precio. Eso sí, ya aviso de que la siguiente crónica solo cubre el sábado, la segunda jornada, que fue la única a la que pude asistir, y la más interesante para mí. Y es que echando la vista atrás, me encontraba ante uno de los mejores carteles que este Rock’n’Pola ha presentado en toda su historia, incluyendo, por primera vez, una banda internacional. Otros años me he quedado con la curiosidad, pero a este era muy difícil decirle que no. El auditorio de El Palmeral acogió una vez más el evento, y me pareció perfecto para algo de estas características.













