
Como dije en la primera parte, el descanso de aquella noche fue un tanto a medias. Mi mala ‘costumbre’ de no dormir bien fuera de casa, y la chatarrera cama en la que tuve que sobar no fueron factores demasiado reparadores, que digamos. Pero al menos, no me tuve que levantar a las 4 de la mañana con nervios y prisas. La mañana fue bastante tranquilita. Mientras mis compañeros se iban al mercado a comprar manduca y a tomar algo por los bares del centro de Burgos (donde siempre hay un ambientazo increíble, y especialmente, con la celebración de este evento), yo me quedé intentando alargar el descanso todo lo que pude, aunque también deseando que el festival arrancara en su segundo asalto. El cartel era, como mínimo, tan atractivo como el del viernes. Y si bien mi objetivo principal del festival eran los suecos Hardcore Superstar (que disfruté como un demente), Heaven’s Gate eran también un aliciente gigantesco. El brutal calor iba a ser inevitable, eso estaba más que claro, y no había indicios de que hoy estuviese parcialmente nublado como sucedió en la jornada anterior. Pero al menos, esperaba que el cansancio no hiciera tanta mella en mí. A partir de ahí, el día solo trajo que alegrías de las que hablaré largo y tendido en los siguientes párrafos, en forma de conciertazos y momentos inolvidables entre colegas. Mientras esperaba a mis amigos, me preparé mis bocatas y en general todo mi kit de supervivencia básica low cost festivalero. Y ya con toda la basca en casa, en unos 10 minutos de pateo nos plantamos a los pies de la majestuosa catedral de Burgos, y no solo para admirar su grandeza, sino para encarar aquella maratón festivalera de la mejor forma posible.













