
Aunque
este verano va a haber otras tradiciones que se rompan para mí después de
muuuuuchos años, la de arrancar la temporada festivalera con el Rock Imperium es
una de las que se ha vuelto a cumplir. Y aunque desgraciadamente este año va a
ser una temporada bastante escueta (se hace lo que se puede con lo que se
tiene), me alegro que un año más haya arrancado a través de este festival. Un
festival que ha ido, en sus ya cuatro ediciones, de menos a más, y a pasos
bastante grandes. Todos los años se ha notado un consistente esfuerzo por
mejorar en casi todo, y aunque aún dista de ser la experiencia perfecta, lo
cierto es que este año también se han apreciado muchos detalles positivos, de
esos que lo convierten, hoy por hoy, en mi macrofestival favorito de cuantos se
hacen en este país. Entre sus puntos fuertes, destaca la limpieza de los baños
y las zonas útiles en general. El personal parece ser cada año más eficiente, y
por ello, se gana el agradecimiento y los ánimos de decenas y decenas de
metaleros, que incluso se paran a hacerse fotos con ellos. Mientras otros son
tan roñicas que te cobran por cagar a gusto, en este es difícil entrar a un Toi
Toi y encontrártelo sucio. El resto de empleados y encargados de barras,
negocios y seguridad, también suelen hacer bastante bien su curro. Este año, ni
siquiera se formaron las grandes colas en la puerta de otros años en el momento
de acceder al recinto. Pero una de las principales mejoras de esta edición ha
sido la disposición de mesas y sillas en la amplia zona de sombra, que permiten
tomarse un momento de relax y descanso, aunque no nos salven del mortal calor
en los conciertos.