La noche del miércoles llegué a casa antes de la hora prevista
(prescindiendo del concierto de In Extremo), pero con un nivel de cansancio peligrosamente
mayor del previsto. El madrugón, los nervios, y el insomnio de esa misma mañana
me jugaron una mala pasada, y fue algo que me pasó factura. Para colmo, el
jueves, este segundo día de festival, tuvo un factor con el que yo no contaba.
Justo al lado de la vivienda, se estaban llevando a cabo obras, por lo que, por
mucho que quise estirar hasta el mediodía en la cama, a las 8 tenía ya los ojos
como platos. En fin… descansé todo lo que pude y tras prepararme el ‘condumio’
de papeo para sobrevivir la jornada, emprendí la marcha hacia el Parque del
Batel a paso lento, con muchísima ilusión, pero con dudas sobre en qué estado
terminaría la noche. Sea como sea, a muerte siempre. Por desgracia, la cosa en
cuanto al clima no pintaba bien. Las nubes que de forma continua (incluso
regalándonos alguna gotita) habían cubierto el cielo de Cartagena durante el
día anterior, habían desaparecido radicalmente, y caía un sol de justicia, de
los que notas cómo te quema la piel incluso de buena mañana, y de hecho, estuve
en el recinto ya desde primera hora. La cola esta vez fluía que daba gusto,
solo un dato más de la grandísima organización que tuvo este Rock Imperium, si
cabe, mejor que el anterior. La peña, antes de que comenzaran los conciertos,
se apiñaba en el puesto de merchandising a ver qué pillaba. Yo, que ando
siempre con la cartera llena de telarañas, no me lo pude permitir, y fui
directo a la zona de prensa, a pillar un botellín de agua, y al escenario
‘Cartagena’, donde arrancaría todo de nuevo.