Sábado sabadete, pero no este, sino el anterior, fue cuando hicimos un nuevo viajecito a Madrid para, entre otras cosas, asistir al concierto que llevábamos tiempo planeando. Entre pitos y flautas, tuvimos que esperar hasta una semana antes para confirmar al 100% que iríamos, pero felizmente, al final llegó el día y, preparados para un entretenido viaje, mi chica y yo emprendimos la marcha deprisa y corriendo como siempre. Por suerte, nos ahorramos el alojamiento gracias a nuestra colega Rosa y sobamos en su casa todo el tiempo que pudimos, ya que el día siguiente iba a ser de lo más agotador. Tras una jornada entera de enormes pateos, compras eternas, visitas, cafés y cervezas, pasamos por la Sala Caracol horas antes del concierto para ver como estaba el percal. Mi primera sorpresa fue comprobar la longitud de la cola (insisto, horas antes del comienzo), algo que me chocó mucho cuando pensaba que la sala iba a estar medio vacía debido al gran número de conciertos que había ese fin de semana por la zona. Tras una última visita, y un poco acojonados, decidimos directamente pasar a la cola. Pero no todo iba a ser ilusión aquella tarde. Nada más llegar allí, nos informan de forma brusca (y traumática) que el concierto está… ¡¡en sold out!! La cara poker que se me quedó, ni os la podéis imaginar. La única forma de entrar, según nos dijo el maromo de la puerta, era esperar a que hubiese cancelaciones en la lista de invitados (gente VIP, prensa, pipas, etc.…). Con una ansiedad del copón, pasamos a la “cola de los marginados”, esperando noticias, que podían llegar en media hora, una hora, o directamente no llegar. Cada vez estaba más asqueado, nervioso y con una mala hostia que me recomía por dentro.