
Antes de la primera retahíla de crónicas, traté de enumerar
los aspectos en los que creo que Rock Imperium ha ido un paso hacia adelante en
cada edición, a lo que añado la posibilidad de entrar agua y comida, la existencia
de fuentes y, aunque esto ya es más cosa del recinto, la disposición ascendente
del terreno. Ahora le toca a aquellos puntos en los que ha de seguir
esforzándose para proporcionarnos una experiencia que se acerque lo más posible
a la idónea. Empezamos por los precios. Entiendo, por una parte, que todo ha
subido, y que todos los festivales han ido adaptando de forma proporcional sus
tarifas. De hecho, creo que este en particular no ha modificado demasiado sus
precios en las últimas ediciones. Pero solo con esos argumentos, lo siento,
pero a mí no me van a vender la moto. También quiero referirme a los esperpénticos
importes de los food trucks. Por mucho que pudiese permitírmelo, que no es el
caso, jamás, JAMÁS pienso pagar, ni 10 euros por un litro de cerveza o
kalimotxo (a los cuales les deben sacar un rendimiento superior al 1000%), ni
muchísimo menos 13 o 14 euros por una hamburguesa. Cuestión de principios, ya. Preferiría
pasar un hambre atroz a pagar esas salvajadas, así que, un año más, mi objetivo
de gasto cero se cumplió. Bueno… casi. Porque otra cosa que me parece deplorable,
es que obliguen a quienes estamos acreditados como prensa a donar ‘voluntariamente’
10€ para una asociación protectora de animales. Cualquiera que me conozca,
sabrá que lo pago con muchísimo gusto, como amante acérrimo de los animales que
soy. Pero la palabra clave es ‘obligar’. Pueden sugerirte, pueden explicarte en
qué consiste y convencerte. Pero no puedes llegar a taquilla y que te digan,
simple, llanamente y sin preámbulos: ‘serán 10 euros’, porque eso roza la ilegalidad.