Aquel día, dejamos la casa a una hora bastante temprana, tal
como nos había indicado la propietaria. La estancia resultó fantástica, una
casa limpia, ordenada, y con todas las comodidades, conexión a Internet incluida.
Pudimos levantarnos, por fin, a una hora medio decente, pero tampoco teníamos
demasiado tiempo para volver a empaquetar las maletas y asegurarnos de que no
dejábamos nada olvidado. Teníamos unas horas ociosas en Miami por delante,
aunque nada comparado con el último día, que dejamos el barco a las 10 y
nuestro avión salía 12 horas después. Sea como fuere, tampoco debíamos
encantarnos, el horario de embarque era bastante estricto y, por otra parte,
ardíamos en deseos de estar por fin a bordo de ese coloso llamado Freedom of
the Seas. Por fuera resultaba realmente imponente debido a su enorme tamaño, y
teníamos muchísima curiosidad por ver sus interiores y orientarnos cuanto
antes, algo bastante complicado en mi caso jeje. La primera jornada, como tal,
del festival, estaba a tan solo un tiro de piedra, y se inauguraría con una
banda ‘sorpresa’ con la que veríamos en vivo y en directo zarpar el crucero
mientras vivíamos el primer show del día, de entre unos cuantos que teníamos
programados si todo salía bien. Al entrar a la cuarta planta del barco,
quedamos ojipláticos. Aquello es un puto palacio, literalmente. Escaleras de mármol,
lámparas de araña, unos balcones impresionantes, ascensores, moquetas,
decoración… una pasada, pero de primeras me dio la sensación de que aquello era
excesivamente pijeras para mí. De todas formas, uno siempre puede acostumbrarse
a esas comodidades, pero por encima de todo, mi interés primordial seguían
siendo los conciertos. Si eso fallaba, para mí fallaba todo, así qué, tras las
brutales cancelaciones ya sufridas, fui cruzando los dedos para que no hubiese
más. Desgraciadamente, no funcionó.