Tenía
una deuda muy, muy grande con ManOwaR,
que más que una deuda, era ya una necesidad que me estaba quemando por dentro.
Después de una larga temporada en la que no dejaron de pasar por nuestro país
(entre 2009 y 2014), ha pasado la friolera de ocho años de golpe sin poder
verles en directo. Tras ese amago, hace unos años, de anunciar su retirada de los
escenarios (que afortunadamente, quedó en nada… o eso espero) y, peor todavía,
tras la puta jodienda que resultó ser la cancelación de su actuación por parte
del Rock Fest, cuando ellos fueron el motivo exclusivo por el que me compré aquella
entrada, prácticamente se desvanecieron mis esperanzas de volver a ver a la que
siempre fue y siempre será mi banda favorita de todos los tiempos. Y sí, aunque
por estos lares odiar a ManOwaR sea
de lo más ‘cool’, más por seguir la corriente borreguil que por razones
sólidas, y dejando al margen gustos y opiniones personales respetables de cada
uno (que no verdades absolutas, que más de un ‘ilustrado’ pretende inculcar), lo
digo de forma clara, concisa y con la cabeza muy alta. Respecto a lo musical en
los últimos 10 años, creo que necesitan apartarse urgentemente de esa flagrante
vagancia / negligencia compositiva, y no siempre sus decisiones me han parecido
del todo correctas, pero aún con todo ello, por lo que han significado en mi
vida, y no solamente a nivel musical, sino como una filosofía en sí misma, yo
les sigo venerando como a auténticos dioses del Olimpo del Heavy Metal. Y
todavía digo más: con conciertos tan increíblemente apabullantes como el que se
marcaron este pasado sábado en la ciudad de Berlín, cuando dan lo mejor de sí
mismos, para mí son sencillamente insuperables en directo.
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