
Un buen concierto de Rock, una sala pequeña y familiar, y tal vez alguna cerveza, era todo lo que necesitaba el sábado para escapar del tedio que ha sido esta semana. Y si esta temporada está dándose una buena racha de conciertos, ¿por qué romperla? En mi agenda particular, figuraba algo que encajaba perfectamente con ello, la visita de los hardrockeros madrileños WildHärd a la terreta, concretamente, a la población de Gandía. Y además, el acceso gratuito… era una oferta que no podía rechazar, a pesar de tener que acudir más solo que la una. Afortunadamente, solo una hora y cuarto me separaba de allí, y sin duda, la banda valía ese pequeño esfuerzo y más. Y lo sé de buena tinta porque ya tuve el inmenso placer de verles en León, como antesala (el mismo día) del Lion Rock Fest 2025, un festival que más allá de su propio evento, nos da alegrías como esas. El triunfo de aquella actuación fue rotundo, y habiéndome empapado ya por completo de su primer disco, “Love N' Lies”, también pude comprobar que la banda apunta unas maneras extraordinarias en sus directos. Al final, como quien no quiere la cosa, me voy a acabar aficionando al Pub Dublín. Un local pequeño, muy activo en cuanto a actuaciones en directo, con mucha solera y buena música. Mi anterior pasada por allí (con el concierto de los también muy recomendables The Sleeping Circus), fue prácticamente inmejorable, pero la diferencia es que esta vez el local estaba muchísimo más frecuentado, con un ambientazo de lo más bullicioso. Llegué (para variar), con el tiempo pegado a la supuesta hora de inicio, pero por suerte, esta se retrasó lo justo para entrar al garito sin agobios y poder saludar a toda la peña conocida que me encontré.
Y mucha alegría que me dio poder hacerlo. En principio, apenas esperaba ver a nadie, pero la cosa fue muy distinta, y mogollón de colegas ya andaban por allí embutidos entre el personal. Vicent, Alan, Suni, Diego, Juani, Camilo… y a tod@s l@s presentes que conocí allí. Muchas gracias, sencillamente, por ser gente tan cercana y de puta madre. Cómo mola cuando una noche, que ya se adivina fantástica, lo acabe siendo aún más por encontrarte con tantos colegas. ¡Visca la terreta, i visca la seua gent!
Las ganas aumentaban al mismo ritmo al que el escenario se petaba de humo. Con la introducción sonando, segundos antes del arranque, solo las luces led del bombo y los teclados iluminaban el escenario, aunque la oscuridad si nos permitía ver ya a todos los componentes, en línea, y encarados hacia la batería. Gafas de sol, melenas cardadas, camisas de lunares, sombreros cowboy… la cosa está bien clara, ¿no? Unos músicos muy jóvenes, y sin embargo, acérrimos enamorados de la estética, melodía, y estilo de hace cuatro décadas. Gracias a bandas como esta, el Hard de los 80 sigue vivo, y eso, para quienes seguimos disfrutándolo al 100%, es todo un regalo. Uno de los mejores ejemplos fue esa Rider of the Cold Night, su primera apuesta sobre el escenario. La expectación entre el personal rápidamente se transformó en coros y apoyo al tema, con los primeros ‘¡eh, eh!’ ya sonando bien fuertes, y la peña acercándose todo lo posible al grupo, que mostraba una actitud de 10 ya de primeras. Esa misma dirección, pero todavía más acentuada, siguió Ready for the Night. Con muchos coros armónicos, y un solo hasta arriba de chulería, en el que Rikk Flame y Adrián Viper se veían las caras, se levantaban puños ante ellos, y esos tonos vocales altos tan bien medidos caldeaban el ambiente cada vez más.
Mostrando siempre una gran simpatía (y paciencia con algún plasta), el vocalista Icy Blaze no solamente saludaba y agradecía, sino que también nos hacía dejarnos los pulmones a grito pelao, aprovechando la resolución de ciertos problemillas técnicos por parte de Adrián. Un intento que, desafortunadamente, todavía no palió las carencias sonoras, por ejemplo, de las guitarras, que sonaban demasiado bajas. En el caso de What’s Getting On My Way, el bombo prevaleció demasiado y el solo de Adrián apenas se escuchó, pero su pasión al ejecutarlo, saltando a mitad de escenario, nos llegó al alma. Ese fin con aroma a blues, nos llevó hasta la siguiente Gone Forever, pero no sin antes dejar un pequeño espacio para que Icy nos presentase su nuevo disco. “Love N' Lies” fue, sin duda, uno de los mejores trabajos nacionales de Rock que se lanzó en nuestro país el pasado año. El aluvión de críticas positivas, y la recepción del mismo, para nada han sido exageradas. Es prácticamente un disco de singles, en donde cada tema, sin pretender inventar nada, tiene fuerza y personalidad suficiente para sostener el conjunto. Si siguen pisando así de fuerte, su destino es convertirse en uno de los mejores exponentes que ha dado el Hard melódico en nuestro país, en muchos años.
Continuando con el set, Fue Rikk Flame quien se lanzó ahora al centro del escenario para introducir el susodicho tema, con mucho tino en esas notas. Entre los muy buenos coros de Adrián, y una interpretación soberbia del vocalista, destacaban también esos mamporrazos de Edgar Venturela, un músico con el que ya flipé en aquel concierto de León, y que cada vez iba cogiendo más carrerilla y pegada. Tras el final, de lo más contundente, Adrián Viper cambiaba de guitarra, y con ello, llegó una mejor calidad sonora al concierto. Poco a poco se habían ido puliendo las deficiencias, y ahora el conjunto sonaba lo mejor que se podía con las condiciones del local. La peña estaba disfrutando mucho, y cantando cada vez más alto, algo que no es de extrañar si nos referimos a maravillosos estribillos como el de Take me Back. Casi sin dejarme degustar el placer de la espera, llegaba ya el que es mi tema favorito del disco. Además, en él destacó otra pieza absolutamente fundamental en la banda, como son los teclados operados por Tommy Guns, quien fue el último miembro en incorporarse al grupo, pero que ya se desenvuelve como pez en el agua. Lástima que no tuviese la misma presencia en todos los temas, debido al sonido.
También veíamos cada vez más desinhibido al bajista Sergio Hunter, quien ocupando siempre la posición central, mostraba una buena técnica pulsando con los dedos, juntando hombros con Adrián, y afianzando de lujo las bases rítmicas con su colega Edgar. Una buena sesión de palmas (durante y después del tema), dio continuación a Take my Heart Away, con el vocalista sosteniendo su tan merecida cerveza. En ella, veo rasgos heredados de bandas como Whitesnake, Skid Row, y sobre todo Winger, algo muy coherente si nos ceñimos al estilo que practican. Tras clavar las líneas vocales cada vez con más aplomo, afinación y seguridad, Icy dejó paso a una parte final dedicada al lucimiento y al gran virtuosismo de los músicos, en donde destacó ese astro llamado Adrián Viper. Y es que es una puta flipada verle tocar y desparramar una actitud gigantesca al mismo tiempo. Siendo conocedor de la que se iba a liar, el cantante nos preguntaba ‘¿Estáis listos?’ Y allá que arrancaba, nada menos, que el Born to Be my Baby de Bon Jovi. Habría sido bordada con un poco más de volumen en los teclados, pero aún así, los imprescindibles coros, la cohesión entre ambos guitarristas, y el sólido ritmo marcado por Sergio y Edgar, acabaron con la sala entera dando saltos, desde las primeras filas, a aquellos que se encontraban más rezagados. Hasta Icy se animó a dar unos pasos fuera del escenario.
Claro que, ¿qué se podía esperar de un hitazo de este nivel, además, tan bien interpretado? Y sin embargo, la intensidad no bajó un ápice (ni lo haría hasta el final del bolo), llegando a uno de sus puntos álgidos en Sweet Cheater Viper. La tremenda pasión que destilaban Icy y Rikk Flame (aportando este último sus coros), no era menor que aquella con la que Edgar reventaba sus parches, y con el sonido general ya luciendo un nivel más que aceptable. Por suerte, siguió siendo así con un nuevo cambio de guitarra por parte de Adrián, quien ahora se colgaba la acústica para acercarnos uno de los momentos más sensibles del show. Endlessly, que también es uno de mis temas favoritos del disco (llamadme blandengue, si queréis), estuvo protagonizada, además de por la tonelada de humo que se vertió sobre el escenario, por un feeling tremendo de la mano de todos sus músicos. Pero para mí, lo mejor fue la parte vocal tan curtida que se marcó Icy, dando lo mejor de sí mismo en cada tono, y dejando bien claro que, más incluso que un frontman carismático, es un cantante de primera. Iniciada solo con voz y acústica, al final le dieron caña al pedal, y tanto Icy, como Rikk y Adrián, terminaron formando línea al ‘borde’ del pequeño ‘escenario’.
Al margen de que alguno de entre el público no entendiese aquello de “lo poco gusta, y lo mucho cansa”, el ambiente seguía siendo fenomenal, todo el mundo se volcaba con la banda, y el cansancio no existía. Muy a nuestro pesar, el final se acercaba, pero aún quedaban un par de cartuchos en la recámara, y uno de ellos, lógicamente, fue Chase of Love. Poderosamente adictiva, rabiosamente ochentera, con ella se presentaron en sociedad, y con ella casi terminaban el concierto, arropados por mil voces y un ánimo bestial, lo que parecía enfurecer todavía más los hostiazos de Edgar, que se estaba viniendo muy arriba en esta parte. Hasta nos dedicó un pequeño solo antes de arremeter a muerte con Midnight Lover. El parcialmente fallido intento de que todos la cantásemos a capela, fue de lo más divertido al fin y al cabo, y con un temazo de altura como este, los pasos, movimientos y elevaciones de mástil de A. Viper (eso es actitud, joder), y dibujos muy guapos de bajo, daban por finalizada su actuación, previa foto-finish, una ovación de lo más calurosa y multitudinaria, y gritos de ‘¡otra, otra!’ que tardaron en extinguirse.
Cerca del escenario, tenían improvisado el puesto de merchandising, donde había discos y camisetas. Los músicos se quedaron un buen rato saludando a la peña, gente muy maja y agradecida con la que fue un placer enorme poder charlar. La verdad es que me habría quedado un ratillo más entre mi gente, pero empezaba a tener hambre, y estaba completamente tieso de pasta, así que tras despedirme de todos los que pude, fui deshaciendo el camino hasta casa.
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