lunes, 13 de julio de 2026

The Brotherhood (The Black Crowes + Los Enemigos, Miércoles 08-07-2026, Area 12, Alicante)

El Antro del Metal - The Black Crowes portada

Ante una banda como The Black Crowes… solo cabe rendirse a la evidencia. Sus casi cuarenta años de carrera, y su descomunal triunfo a nivel de ventas y seguidores, los convierte por ende en lo que más de uno etiquetaría como monstruos del Rock’n’Roll. Tal vez nunca alcanzaron el desmesurado éxito de muchos de aquellos de quienes tomaron inspiración musical. Quizá no volvieron a sacar discos tan excelsos como los dos o tres primeros. Pero en sus inicios, mientras algún mequetrefe chupatintas les acusaba de desperdiciar su enorme talento haciendo música “pasada de moda”, The Black Crowes emprendían un ascenso imparable y meteórico hacia las más altas esferas del Rock en todos los sentidos. Ha habido muchos parones, muchas despedidas y regresos. También conflictos y polémicas, tanto en el seno de la banda como fuera de él (sin ir más lejos, hace muy poco, la liaron guapa en USA con unas frases que no gustaron demasiado entre tanto “banderófilo”). Y han sido tantos cambios en su formación, que sería toda una odisea trazar un mapa con todos los músicos que han compartido escenario y grabaciones con la santísima hermandad formada por Chris y Rich Robinson. Sin embargo, y a pesar de todo, esa noche quedó más que patente que muy pocas bandas con su historia, currículum y pedigrí pueden enorgullecerse de seguir dando, después de tantas décadas, conciertos del puto nivelón como el que nos ofrecieron en Alicante, y eso es lo que al final verdaderamente importa. Una fecha anunciada junto a las de Barcelona y Madrid en su pequeño periplo por nuestro país que, sinceramente, me dejó patidifuso, ya que no es en absoluto habitual tener la ocasión de ver a bandas de Rock de esta envergadura en la capital alicantina. Para mí, fue un estreno por partida triple.

De una parte, era la primera vez que acudía al Area 12 del espacio Rabasa, sí, ese gigantesco escenario que tantas veces he visto desde la carretera, y que siempre me pregunté qué diantres sería. Un lugar idóneo para celebrar acontecimientos de masas como el del pasado miércoles, amplísimo, más o menos bien adecuado, con varias barras, baños, y diversas zonas de actividades, como un segundo escenario que acogería a la última banda, The Empty Bottles. Seguidamente, y más importante, supuso mi bautismo con The Black Crowes, muy tardío, pero infinitamente satisfactorio. Las ganas que les tenía, después de tantos y tantos años, eran casi obscenas. Y por último, también primer contacto con Los Enemigos en directo, una banda que no necesita ninguna presentación tras una carrera a reventar de hits y recuerdos inolvidables para muchos.

Es preciso señalar que, para la ocasión, tuve el privilegio de contar con una compañía de lujo, y nunca mejor dicho. Parada en el camino para quedar con mis colegas Frank Suz (un artista al que, como sabéis de sobra, admiro mogollón) y su chica Susu, y desde Villena, derechos a la “capi”. Allí nos encontramos con lo que ya sospechábamos: un calor absolutamente inhumano, a lo que hay que añadir la humedad de la costa que lo hacía aún más insoportable, y que no nos quitaríamos de encima hasta el regreso a casa. Puesto que todavía no habían abierto puertas, nos acercamos a un asador cercano para sentarnos, charlar, y tomarnos unas birritas.

Llegamos a la cola y allí nos encontramos a otros amiguetes como Benja y Gema, que hicieron la espera mucho más amena. No me sorprendió que de momento tampoco hubiese demasiada peña, pues ya intuía que la atracción que pueden generar The Black Crowes en Alicante sería más tibia que en otras grandes ciudades. Pero yo, por mi parte, no podía esperar a que salieran a escena. Antes, sin embargo, tocaría ver qué tal lo hacían los madrileños.

Sé que más de uno me despellejaría por esto, pero reconozco que no les presté la debida atención. Nunca estuvieron entre mis grupos favoritos, y tan solo controlo unos cuantos temas de su discografía, por lo que no voy a alargar demasiado su crónica. Con el alegrón de ver a otros tantos colegas como Yannick, Paula, Teto, Alan… la verdad es que estuve casi más tiempo de palique que viendo el bolo, pero al menos pude hacerme una breve idea.

El Area 12 presentaba una asistencia moderada, con los fans más acérrimos de Los Enemigos ocupando las primeras filas, y el resto de asistentes desperdigados por todo el recinto, lo que creaba una situación ideal para verles sin agobios desde cualquier parte. Sombra, eso sí, había poca, y parecía que cada vez hacía más calor. El mítico Josele Santiago y los suyos destapaban aquella gran fiesta tirando de cortes como John Wayne, Brindis, o su reconocida y cañera versión de Joan Manuel Serrat, Señora. La banda, con presentación sobria y sin alardes de ningún tipo, desgranó tema a tema su setlist sin perder demasiado tiempo, aprovechando bien la hora que tenían para actuar. Con esa actitud tan marcada de tipos de calle, ese estilo tan reconocible, y los estribillos de Esta mañana he vuelto al barrio, No se lo cuentes, o Dentro, atraían cada vez más a un público que se iba soltando a cantar y moverse a pesar del asfixiante calor. Alternaron temas de todas sus épocas, aunque predominaron por encima los clásicos, algunos de los cuales disfruté especialmente como Desde el jergón, que me trajo muy buenos recuerdos de aquellos tiempos de local, colegas, canutos y radiocassette. Como contraste, una de rabiosa actualidad como es Canciones chulas encauzaba el concierto hacia su recta final, sin que la banda dejase de saludar y agradecer a sus fans. Entre conversaciones y encuentros, me centré en su último disparo, que correspondió a Paracaídas, echándome los últimos bailes con ellos. El sonido, al menos desde donde estaba un servidor, fue lo suficientemente bueno como para poder apreciar debidamente todos los instrumentos. Siento no poder extenderme más, ni profundizar en detalles, porque estuve demasiado lejos como para ello. Lo que sí me molaría es volver a verles en un futuro poniendo los cinco sentidos en su actuación.

Un rato después de terminar Los Enemigos, pero antes de que la pista del recinto se abarrotase de mala manera, fui tirando hacia adentro, aun siendo consciente del soporífero calor que iba a tener que aguantar rodeado de tanta peña durante la espera. Fue un sacrificio necesario y que valió mucho la pena, ya que con un poco de esfuerzo pude colarme entre las cuatro o cinco primeras filas, donde el escenario se alzaba muy cerca y en todo su esplendor, con un telón de The Black Crowes ya engalanándolo. El resto, lo pasé mordiéndome las uñas con una mezcla de inevitable emoción e impaciencia, que llegaron a su máximo apogeo cuando el escenario estalló, nada menos, que con Remedy. Difícilmente podría haber deseado un temazo más flipante, un inicio más fogoso, y un sonido más explosivo. La perfección comprimida en poco más de cinco minutos de tema que, por sí solos, ya fueron merecedores de haber comprado la entrada. El incomparable Chris Robinson, acaparando las primeras filas, y dándose un buen baño de masas, se comportó como un auténtico chaval, jugueteando con el palo del micro, dándole vueltas, calzando un sombrero de alas y con un empuje que no hubiese imaginado a día de hoy. Además, se lució vocalmente ya desde este primer asalto, arropado por las armonías de todos sus compañeros, que incluían a ambas coristas situadas al fondo del escenario. Una de ellas hacía sonar el aro para dar paso a It’s Like That, dando un salto de 34 años en su discografía hasta su último trabajo, “A Pound of Feathers”.

Con más vueltas, poses y ademanes varios por parte de Chris (que era un no parar), el músico de directo Nico Bereciartua metía un ruido y una distorsión considerables, haciendo que su guitarra se colara entre los instrumentos protagonistas en más de una ocasión. Este último disco, “A Pound of Feathers”, confirma lo que ya pensé con “Happiness Bastards”. Tras su reunión en 2019, y dejando atrás tres discos que, en mi humildísima opinión, fueron los menos buenos de su carrera, la banda ha regresado pisando muy fuerte tanto en el plano compositivo como en el de directo. Claro está, la gente alcanzaba su grado máximo de alboroto en clásicos de la talla de Sting Me, a la que dieron la bienvenida un sinfín de palmas y voces. Ante la desafiante actitud de Chris, que no cesaba en su empeño de animar al personal, y los sugerentes movimientos de ambas coristas, las voces bajo el escenario iban cobrando cada vez más consistencia, al mismo ritmo al que la banda se asentaba de forma más y más sólida sobre las tablas. El sonido era tremendo. A parte de un volumen elevado, cada golpe de parche, cada cuerda de bajo y cada armonía sonaban a gloria, perfectamente aisladas y al mismo tiempo formando el conjunto de un “todo” arrollador. En Jealous Again, la banda empezó a dar rienda suelta a una de sus facetas más atractivas e inmersivas: las partes de improvisación.

Pelo al viento, Rich se soltaba poco a poco también en sus movimientos, aunque su hermano seguía haciéndose el dueño del espacio, y ya se arrancaban todos a saltar en esa parte central, o ya compartían micrófono para los coros. Rich y Nico, para niquelar la jugada con un solo a medias, dejaban bien clara su compenetración y entusiasmo. Parece exagerado, pero algunas composiciones me gustaron todavía más en directo que en estudio. Fue el caso, por ejemplo, de Hotel Illness (vuelta al “The Southern Harmony and Musical Companion”), a la que dieron una vida tremenda, tanto Mark "Muddy" Dutton y Cully Symington a la sección rítmica (bastante crecido ya, este último), como Erik Deutsch a las teclas. Pero de todos ellos, fue Chris el que se volvió a coronar, esta vez, con una interpretación vocal que fue una auténtica delicia para los oídos, con un feeling electrizante en cada estrofa. Entre Muddy y Nico surgían miradas y acercamientos cómplices que no eran sino un indicativo de que todo rodaba con una naturalidad pasmosa. Con inicio tranquilo, sin coristas, pero esparciendo magia a raudales, entraba Cursed Diamond. Rich Robinson daba un paso adelante en lo escénico y lo musical, bordando sus riffs y sus coros con un caché al alcance de muy pocos, y siempre respaldado por la sublime sincronía entre bajo y batería, que se juntaban cara a cara en uno de los fragmentos. Aunque las pulsaciones fuesen descendiendo en esta parte del show, la cercanía entre los músicos no dejaba de crecer.

Paralelamente a esto, también aumentaba hacía el calor, y no solo me refiero al clima, también al que desprendía el público en esas constantes palmas, estribillos a pleno pulmón, e incluso tandas de oes, como las que les dedicaron justo antes de Wiser Time. Con el escenario ahora dominado por tonalidades verdes, lo que más me flipó fue, al margen de esos duelos que entre Nico y Rich, la elevación de las teclas de Erik Deutsch, que en determinado punto nos sumergieron a todos en una sensación casi ensoñadora para, de repente, volver a emprender una vertiginosa subida de intensidad, de las que aportaron un carácter muy especial al concierto. Sin embargo, lo mejor en este sentido aún estaba por llegar hasta niveles de puro éxtasis. De momento, tenían el triunfo y la algarabía aseguradas con un hit de la talla de Hard to Handle, que prácticamente hicieron suya en aquel “Shake your Money Maker”, siendo una de las grandes culpables de su veloz ascenso a la fama. No hace ni falta decir que fue un pelotazo de los gordos. No hubo nadie que no se desmelenara con ella, y mientras Nico Bereciartua sonreía al vernos disfrutar como cosacos, el bueno de Chris Robinson enloquecía de lado a lado del escenario sin parar ni a respirar, pero sin perder el aliento ni por un solo segundo. Sin duda, marcó un punto y aparte del concierto, a la que prosiguió Soul Singing, única representante del “Lions” en el setlist.

Gracias a la fantástica ecualización, pudimos escuchar de maravilla esos dibujos que Mark "Muddy" Dutton (y su imagen tan setentera) nos regalaba a las cuatro cuerdas, así como las distintas alturas de intensidad en las que Cully Symington jugaba con un control perfecto. Tampoco hay que olvidar el color que le dieron las chicas con sus voces. No es nada extraño que The Black Crowes incluyan en sus sets algún tema de alguna de esas bandas que tanto les marcaron. En este caso, sonaron los Velvet Underground y su relajada Oh! Sweet Nuthin', Fue íntegramente cantada (y muy bien, por cierto) por Rich Robinson para la ocasión, alternando su parte del solo con la de su compañero a las seis cuerdas, mientras este último se encaraba con el bajista, elevando el ritmo escénico dentro de la calma reinante. Con excelentes coros, y esas merecidas y espontáneas palmas que brotaron desde el público, Cully seguía haciendo del ‘menos es más’ un verdadero arte con su gran clase, alargando más y más el tema, y conquistándonos con cada golpe. A nivel instrumental, el tema estuvo formidable, y fue una de las partes que más disfruté, llevándonos con ella hasta Wanting and Waiting. Se me ocurre alguna elección mejor del “Happiness Bastards”, pero no se puede negar que dio mucho juego en directo, con esa melodía central tan comercial y bailable, sonando clásica por sus cuatro costados. Una de las mejores secciones corales y de percusión fueron su mayor aporte.

El concierto llevaba una curva ascendente, imparable y constante a cualquier efecto, pero mucho ojo, porque lo de Thorn in my Pride fue subir un nivel entero de golpe. El sonido era ahora mejor, si cabe, y aquí nos hicieron disfrutar hasta alturas inimaginables. Chris volvía a la primera línea de ataque como si fuese el primer tema, sudando la camiseta, girando su soporte, saltando, pavoneándose, y echándose un solo de armónica a mitad del tema. Nico estuvo pletórico, siempre sonriente y muy activo con las poses, y las teclas de Erik sobresalían en determinados momentos aportando una sonoridad increíble. Cada cambio, cada ‘beat’, cada ejercicio de improvisación pura y dura, rozó una perfección milimétrica, creando una comunión con el público casi trascendental, una explosión sísmica de puro Rock’n’Roll del que se nos metía más y más en las venas conforme alargaban el corte hasta llegar a los 10 minutos. Sin duda alguna, fue la cima del concierto en cuanto a pasión, musicalidad y talento, de esos que no se olvidan ni queriendo. La ovación fue de verdadero estruendo, y la continuación inmejorable, con She Talks to Angels… ¡Agüita!. Triunfadora ya de antemano, con tesituras más acústicas, y con una sección vocal de fábula, desde el primer acorde fue magia envuelta en las luces azules del escenario, a lo que contribuían las prolongadas bases de Erik Deutsch.

Tras el enésimo cambio de guitarras, caía Stare it Cold, vuelta a esos orígenes que siempre implicaban emociones fuertes (¡y las que estaban por llegar!). Un compendio de lo mejorcito que gozaríamos aquella noche, tirando de las virguerías y crudos movimientos de Chris, elevaciones de mástiles, aros sonando, elegancia colosal, y una caña desbocada en su recta final que, gracias al prístino sonido, nos hizo venirnos muy arriba. Esto último se reflejó en el mar de palmas que acompañaron gran parte del tema, y qué mejor forma de rematar esta tremenda explosión de adrenalina, que con Twice as Hard. Solo os digo que llegado el momento me volví completamente loco, y se me ponen los pelos de punta solo con recordar el momento. Una bestialidad liderada en su mayor parte por esa sección de cuerdas, esos potentes riffs de carácter sureño, y esa electricidad que transmitió el enfrentamiento entre Nico y Rich (este último tirando de slider) a la hora de interpretar el solo. Creo que fue la gota que colmó el vaso, el final más ardiente posible para que este concierto quedase como el primero en mi ranking de cuantos he visto en lo que va de año. Impresionante. Insuperable. Clase nivel Dios.

Ah… ¿he dicho final? Pues agarraos a la silla, porque todavía quedaba una de las mayores sorpresas del setlist. Tras una corta desaparición, los músicos regresaron y las guitarras volvieron a rugir a lo bestia, estampándonos en toda la cara uno de esos riffs que marcaron para siempre la historia del Rock, nada menos que el puto Riff Raff de los AC/DC. Muchos apenas dábamos crédito a la que acababan de liar, y el desmelene, y los bailes generalizados, pasaron desde las primeras filas hasta la parte más alejada del escenario, inundando el Area 12 con un clima de fiesta que es imposible de imaginar para alguien que no estuviese allí. Guitarras pletóricas de energía, un incombustible Chris hecho una fiera, y una batería que sonó como una jodida tormenta nos dejaron (ahora sí), con una conclusión sencillamente apabullante, rematado por varias series de interminables ‘oes’.

Como decía mi colega, la época para verles fueron aquellos principios / mediados de los noventa, en los que The Black Crowes alcanzaron su máximo grado de apogeo y esplendor, y eso es algo indiscutible. Pero la mayor alegría de todas las que me llevé aquella velada de miércoles no estuvo el goloso setlist, ni en el inconmensurable sonido, ni siquiera en esos fragmentos instrumentales que tantísimo brillo dieron a los temas, sino en el hecho mismo de ver por primera vez a una banda tan compacta, tan enérgica y tan bien engrasada, que parece que el tiempo apenas haya pasado por ellos. Y joder, ya lo creo que volvería a verles, una y mil veces más. Lógicamente, la mayoría de peña curraba al día siguiente, por lo que tras las pertinentes despedidas, fuimos emprendiendo la marcha de vuelta a casa antes de que comenzasen The Empty Bottles.

Sé que esta crónica llega más tarde de lo que es habitual en este blog, pero el día siguiente fue una locura que apenas me permitió escribir unas horas, con la cabeza ya enfocada en los preparativos para el Zurbarán Rock Burgos 2026, que arrancaría aquel próximo viernes. Aun así, espero que os haya gustado, y sobre todo, que lo descrito haya conseguido hacer justicia a un concierto tan petadísimo de clase maestra como el de los míticos americanos.

_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_

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