Sin embargo, escasos días antes la cosa pintaba muy mal. La venta de entradas fue a una velocidad de vértigo, y cuando me quise dar cuenta, ya estaban todas agotadas. Maldije mi suerte y me fui haciendo a la idea de que tampoco esta vez iba a poder gozármelos. Sin embargo, cosas del destino, supongo, la celebración de la final de la Eurocopa, que coincidía con ese mismo domingo, hizo que muchos se deshicieran de su ticket para poder presenciarla, así que finalmente, y gracias a mi amigo Frank Suz, pude obtener el mío. Y os mentiría si dijese que el concierto no mereció la pena hasta el último céntimo que pagué por él.
La llegada a Valencia fue mortal de necesidad. Acostumbrado a las temperaturas más amables de Burgos, lo de allí fue un auténtico infierno que, junto al cansancio, me dejó absolutamente triturado. Tanto, que a ratos pensaba que no sería capaz ni de terminar el concierto. El hecho de que comenzase como 20 minutos tarde, tampoco ayudó precisamente. Ya tendrían que molarme mucho los de Astbury y Duffy para mantenerme despierto siquiera. Suerte que me encontraba en tan buena compañía.
Temas muy reconocibles, como el Song To The Siren de This Mortal Coil, o Falling (Twin Peaks), todo muy ‘Lynchiano’, sonaban en los minutos previos, aunque se me hicieron eternos. Casi me estaba tambaleando ya, medio mareado por el calor y el agotamiento. De repente, salió uno de los pipas, con una especie de ‘palo santo’ para purificar el escenario con su humo. Pensábamos que, al fin, todo daría comienzo, pero no fue así, y todavía tuvimos que esperar otro buen rato. Ya estaba empezando a mosquearme seriamente cuando, al fin, La cabalgata de las Valkirias, de Richard Wagner, sonó a un volumen muy superior. ¡¡Llegó la hora!!
Al fin se hizo el Rock’n’Roll, rugían las guitarras, y retumbaban los tambores con el primer tema en caer, que fue In the Clouds, con la eternamente clásica figura de Ian Astbury ante nuestras narices, palmeando su aro de sonajas, ataviado con falda, pañuelo en la cabeza y gafas de sol. Fue un subidón, pero no tanto como esperaba. Lo cierto es que me resultó algo fría. Los músicos interpretaron de lujo, pero a nivel escénico, se dedicaron simplemente a cumplir. Afortunadamente, el concierto tuvo un crecimiento exponencial en todos los sentidos, y solo les faltaba calentar un poco para hacernos arder a todos. Con Rise, la gente empezó ya a venirse arriba, paladeando las melodías que brotaban de la guitarra de un Billy Duffy que, a su vez, fue ganando en consistencia hasta el infinito a lo largo del concierto, tanto física como musical. Sin embargo, no pude evitar que me irritase ver a gente, en mitad del fragor del concierto, viendo el puto fútbol en sus móviles, y además, en grupito, pasando olímpicamente de lo que sucedía encima del escenario. Pero bueno, allá cada uno, yo seguí a la mía, disfrutando de cada acorde, cada letra y cada ritmo. Wild Flower diría que fue el primer tema grande de verdad en el setlist, y eso se reflejó en los ánimos del personal. Ian Astbury ya no se mostró tan estático, soltándose y bailando, sin despegarse en ningún momento de su aro, y cantando cada vez mejor. Su voz ganaba cuerpo y vitalidad en temas como Star (único ejemplar interpretado de su “The Cult”) o Mirror (lo mismo, pero refiriéndonos a su último disco, “Under the Midnight Sun”).
Tras la batería, un músico extraordinario como es John Tempesta, cuyos inicios se remontan al más frenético Thrash Metal, le aportaba una pegada inmensa a los temas, pero también muchísima elegancia en sus movimientos y gestos. El problema aquí es que a veces costaba incluso distinguir a los músicos, debido a la exagerada humareda que invadía el escenario. También el sonido me pareció algo inestable en este primer tercio del show. Los bajos subían de sopetón, eclipsando parcialmente a las guitarras, aunque baterías y voces sí sonaron en todo momento realmente bien, muy definidas. Ian nos saludaba con ese ‘¡ándale!’ tan característico, y se empleaba a fondo para interpretar The Witch, con mucho más nervio que hasta ahora, volteando su micro desde el cable, dando vueltas sobre sí mismo y cruzándose con su compañero Charlie Jones al bajo. En directo, el tema me sonó distinto a la versión que conozco, obviamente, bastante más eléctrico. Sea como sea, fue muy celebrado, con ‘oes’ que inundaron por completo el parque de Vivers, e hicieron subir unos cuantos grados más en el termómetro. Ian ya no paraba, estaba pletórico. Caminatas a un lado y a otro, y ademanes varios, al ritmo casi psicodélico de Phoenix, primer tema en caer de su aclamadísimo “Love”. Espectacular esa parte central de batería, con Tempesta exudando calidad por cada uno de sus poros. Entonces llegó otro parón por el dichoso fútbol de los cojones, con gente celebrando el resultado, que por suerte, no demoró el siguiente tema en exceso.
Bajo un aura de luz verde, sonaba Resurrection Joe, que fue para mí toda una sorpresa en el setlist, aunque por otra parte, no me encajó como otras. Muy divertido ese lanzamiento de aro desde un lateral del escenario hasta las manos de Astbury, que lo agitaba siempre con mucha pasión, poniendo su parte rítmica, acompañando a la contundente batería de Tempesta. El vocalista felicitaba a los seguidores de la selección, entre quienes NO me incluyo, para sumergirnos en una de las partes más especiales de todo el concierto. Tan solo él y Billy Duffy, en el centro del escenario, y alumbrados por los focos, se marcaron toda una versión acústica de su mítico Edie (Ciao Baby). Sí, eché algunas cosas de menos como el solo, pero hay que decir que Duffy estuvo sencillamente perfecto a la acústica, y Astbury cantó de puto miedo, adaptándola perfectamente a su rango actual, acercándonos el micro, dejándonos los coros, e incluso dando algún que otro salto al final. Uno de esos momentos para no olvidar, que para más inri, se perpetuó con nada menos que Sweet Soul Sister. Billy Duffy cogió muchísimos ánimos con ella que le duraron ya hasta el final, tocando con gestos muy contundentes, agitando el mástil con fiereza, punteando con un feeling enorme… el tema, como era de esperar, desató mil y un cánticos y palmas desde el público. Solo de recordarlo, se me eriza la piel, y solo por este trozo de show, ya valió la pena todo el sacrificio.
Ya no iban a permitir bajo ningún concepto que bajase la intensidad, y tenían, para ello, muy buenos ases bajo la manga, como por ejemplo, la caliente Lucifer, que Charlie Jones se encargó de abrir con gran clase, y que volvió a excitar considerablemente al público, con saltos instantáneos. Las luces rojo profundo que alumbraban el escenario fueron ideales para encubrir el tema y los gestos tan teatrales de Astbury. También Fire Woman, evidentemente, fue uno de los pesos pesados, ensalzada aún más por los ensordecedores coros de la peña, que ya estaba inmersa en el concierto al 100%, dejándose de tonterías, y disfrutando de esa intensidad en la forma de tocar de Charlie (que tuvo uno de sus momentos más destacables aquí), y de esas continuas poses de Duffy. Con los primeros golpes de bombo, ya reconocimos otro de los grandes pepinazos (si no el que más…) del setlist, como fue Rain. Aunque me faltó algo de presencia sonora en esas guitarras limpias, la locura fue absoluta, poniéndolo todo patas arriba, con todo el recinto botando sin parar durante casi todo el tema. Una de esas piezas fundamentales en la historia del Rock, en su vertiente más ecléctica, de sabor oscuro y esencia vibrante. Continuaban sin muchos preámbulos con otro tema de su primer obra, “Dreamtime”, Spiritwalker. La gente andaba tan entusiasmada que coreó hasta la melodía del inicio, bien ejecutada por Duffy a las seis cuerdas. Ian Astbury, cuya voz me resultó algo bajita aquí, lanzaba una y otra vez su aro por los aires para que se estrellara contra el suelo, lo que alimentó todavía más el desmadre, que se hizo todavía más patente en una inmensa Love Removal Machine, versionada muchos años después por los Great White.
La batería ultra clásica de Tempesta, que fue un jodido metrónomo durante todo el bolo, nos obligaba a no parar quietos con el pie, ¡y cómo quemaban esas guitarras de Duffy! Nos emocionábamos al mismo ritmo al que tanto este, como Charlie y John, metían unos coros que sonaron espectaculares y en su sitio. Por no hablar del final acelerado, que nos puso cardíacos. Con tanta intensidad y caña, y la paliza que llevaba yo encima, pensaba que iba a caer redondo de un momento al otro, pero lo cierto es que no podía dejar de moverme… ¡¡era imposible!! Solo la salida del escenario de la banda lo consiguió. Pero por supuesto, todavía quedaba la arremetida final, cuya elección de temas estuvo entre la sorpresa y lo imprescindible. Por una parte, no me esperaba jamás la espiritual Brother Wolf, Sister Moon, posiblemente la mayor sorpresa del set, lentita, cadenciosa, con feeling a borbotones y con una base rítmica perpetrada por Charlie y John completamente impecable. Y la guitarra de Duffy, en esa segunda parte más eléctrica… más que sonar, hablaba. Hasta durante unos segundos, el viento se puso a nuestro favor, con suaves ráfagas que nos aliviaban ligeramente del calor. Y llegaba, para cerrar por todo lo alto, la siempre maravillosa She Sells Sanctuary, en donde las palmas desde el público fueron una constante desde el momento en que Astbury nos incitó a ello, bordándola con su voz, y acompañado por unas bases rítmicas, de nuevo, inmaculadas. También Billy Duffy lo dio todo hasta el final, apasionado e inquieto, con actitud y elegancia, como si de repente hubiésemos vuelto 30 años atrás en el tiempo.
Incluso tratándose de The Cult, y teniendo en cuenta las ganas que tenía de verles tras tantos años de ocasiones perdidas, pensaba que el concierto se me haría largo por el factor cansancio, que pesaba a unos niveles que no podéis ni imaginar. Y sin embargo… terminó sucediéndome todo lo contrario. Me faltaron minutos, y me faltaron temas. El setlist, aunque por poco, no me pareció perfecto. Nunca lo es cuando se trata de bandas con una carrera tan nutrida e inmensa en cuanto a éxitos y calidad, pero aun así, fue encomiable. Hicieron un repaso de casi toda su carrera, y lo disfruté mucho. Tampoco el sonido me convenció al 100% en determinados momentos, especialmente aquellos en los que el bajo de Charlie se comía gran parte del resto de instrumentos. Y por poner otra pega, creo que el equipo de iluminación podría haber sido muchísimo mejor. Por otra parte, aunque en su inicio les vi algo parados, la cosa subió vertiginosamente desde el segundo o tercer tema, y llegó a un clímax permanente a partir de la primera mitad. Con todo, un concierto espectacular a muchos niveles, que me dejó un sabor de boca excelente. Y siendo esta mi primera vez frente a ellos, era lo mínimo que cabía desear. Misión cumplida, pues, y una espina gigantesca que al fin pude quitarme. Espero que no sea la última.
A aquellas horas, y debido al fútbol (¡¡ODIO A MUERTE EL PUTO FÚTBOL!!), Valencia era tal hervidero de banderitas y gente borracha por las calles, que daba asco. No os digo más que mientras buscaba la salida, hasta en dos ocasiones, una pandilla de imbéciles me cortó el paso, en medio de avenidas principales, toreando mi coche con sus respectivas banderas. En fin, menos mal que no di rienda suelta a mis instintos de hacer un ‘Carmageddon’ con ellos. Ojalá saliese la mitad de gente, y con la mitad de ganas, a reivindicar justicia para otras cosas. Una vez abandoné la capital, incluso con un Monster en la mano para combatir el sueño, el camino se me hizo interminable, realmente pesado y jodido. Por suerte, esta ya era la última prueba de resistencia de aquel maravilloso e inolvidable fin de semana.
P.D. Moltes gràcies a l'amic Alan per les fantàstiques fotos del concert.
_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Si te ha gustado la crónica, estuviste allí o quieres sugerir alguna corrección, ¡comenta!