Cambiando de tema (que más tarde, si me apetece, desarrollaré con más detalle), el viernes tocaba pelear desde primera hora. El calor parecía ser cada día más asfixiante, y esto a corto plazo, es algo que influye muchísimo sobre la resistencia. Por suerte, me había trazado un running order que me mantendría bien arriba de ánimos hasta el final.
Unleash the Archers: (crónica también disponible en RAFABASA.COM)
Se inauguraba, con los powermetaleros canadienses Unleash the Archers, la tercera jornada de este agotador y caluroso Leyendas del Rock 2024. Sin embargo, ni una cosa ni la otra echaron para atrás a la gente, que estaba decidida a verles cayese la que cayese, formándose ya un buen mogolló delante del escenario Jesús de la Rosa. Los arqueros estaban a punto de disparar. ¿Podrían sus flechas con el insoportable calor que azotaba Villena a aquellas horas? Lo que sí es indiscutible es que Unleash the Archers salieron a matar. Mucha gente con la que charlé me dijo que era uno de sus grupos imprescindibles del día, y me uno a dicha opinión. La maldita pandemia nos privó de ellos en la edición 2020, pero ahora muchos nos íbamos a quitar una buena espina, aunque tuviese que ser a pleno sol, y aunque por la duración del concierto nos fuésemos a quedar, casi con total seguridad, con ganas de más. Ese primer grito de guerra de Brittney Slayes al frente fue toda una declaración de intenciones a la hora de arrancar con el primer corte, Abyss, justo cuando el batería Scott Buchanan comenzaba a meterle sin piedad al doble pedal. Sobre todo las voces (Brittney y coros) se escuchaban realmente bien, tanto desde lejos como cerca del escenario, pero en general todo sonaba potente y compacto.
El escenario se llenaba de melodías épicas y baterías poderosas, de la mano de temas como la siguiente Spellbound. La ausencia de teclado les hizo tirar de samples, pero el resto fue 100% orgánico, mucho movimiento y desmelene, como aquel que mostraba el bajista Nick Miller pateando el escenario, muy emocionado e inquieto. Brittney, con una sonrisa casi perenne en su rostro, con su suprema elegancia, y con su prodigiosa voz, se ganaba al personal a pasos agigantados en Ghost in the Mist, mientras entre el resto de músicos, era un no parar: saltos entre Grant Truesdell y Nick, y alguna que otra broma entre vocalista y bajista cargada de buen rollo. A pesar del tórrido calor, cada vez se veían más muestras de apoyo desde el público, que ya levantaba los puños al compás en las primeras filas. Lo único que escuché más flojo fueron las voces corales del pelirrojo Andrew Saunders en cortes como Green & Glass (una de mis preferidas), eso sí, los dedos sobre su guitarra de 7 cuerdas corrían que se las pelaban, marcándose algunos de los mejores solos del concierto, y cogiendo mucha presencia conforme avanzaba este. Desde luego, cuánto se agradece que a aquellas mortales horas el escenario ya dé una buena sombra sobre el público. Sin duda, este es un aspecto del Leyendas del Rock que no me canso de alabar.
Eso no quiere decir que muchos no estuviésemos ya sudando tinta, al incansable ritmo que marcaba Scott con sus baquetas en Awakening (“Apex”, 2017), con una fuerza aplastante, que elevaba más puños desde el público, al mismo tiempo que Brittney, con mucha chulería, cantaba apoyando el pie en su micro, y luciendo melenaza en sus continuos headbangings. Concretamente este tema fue una de las mayores demostraciones de talento y resistencia vocal, llevando sus cuerdas al límite, y saliendo más que airosa. Sin duda, una cantante y frontwoman extraordinaria, con un carisma equiparable a su talento al cantar. En ninguna como en The Matriarch sonaron esas guitarras tan sólidas y crudas, y en muy pocas se vio a un público con tantas ganas de cantar, por supuesto, animados sin descanso por los gestos de la vocalista y el empuje de Andrew, que también pisoteaba ahora los monitores delanteros. Pero los verdaderos alardes llegaron con la última Tonight We Ride, con la que no pensaban dejar piedra sobre piedra. Los agudos imposibles de Brittney (mejores que en disco, incluso) y esos chulísimos dibujos de bajo nos condujeron al final, con Nick y Andrew intercambiando los dedos sobre sus respectivos mástiles al borde del escenario, algo que aplaudimos con todas nuestras fuerzas. Pero cuando más candente estaba el hierro… nos anunciaban que finalmente no tenían tiempo de tocar la última prevista, dejándonos con la miel en los labios en un concierto que se me pasó volando… demasiado.
Tarot: (crónica también disponible en RAFABASA.COM)
Marko Hietala abandonó, hace un par de años, y tras 20 de militancia, a sus Nightwish. Imagino que muchísimas cosas habrán cambiado en su vida desde aquel momento, pero por fortuna, todavía le queda una buena carrera en los escenarios por delante. Imparable músico, letrista, compositor, colaborador… son incontables los proyectos en los que ha participado desde que iniciase su carrera, a principios de los 80, con la banda Purgatory, que posteriormente, pasaría a llamarse Tarot. Y justo el pasado año, decidió reactivarla tras unos años en barbecho. En este Leyendas le tendríamos por partida doble, ya que también actuaría el sábado junto a su ex–compañera de banda, Tarja. Sin embargo, el concierto de Tarot me resultaba más apetecible todavía. Una buena dosis de Heavy Metal clásico, del que cada vez abunda menos en este festival. Bastante gente expectante para la ocasión, tras el magnífico bolo de Unleash the Archers. Salían a escena Zachary Hietala (con su cigarrito) y Tommi Salmela para dar el primer saludo, y rápidamente se unieron todos al unísono, interpretando Pyre of the Gods, primer tema de su set. El mismo Tommi tuvo un papel muy destacado desde el inicio, compartiendo las líneas vocales con Marco Hietala que, obviamente, acaparó muchísimas miradas. Por nuestra parte, les recibimos ya con los cuernos en alto. El sonido, vaya vaya, no estuvo nada mal. La batería sonaba fuerte y potente, atronando con el doble bombo tras ella Antero Seppänen, la incorporación más reciente al line-up. Muy temprana, pero muy bien recibida cayó esa Wings of Darkness, luciendo actitud el guitarrista Zachary (despatarramientos incluidos) y mostrándose Marco en bastante buena forma, llegando a los tonos altos con solvencia.
Al principio me parecieron algo sosos en cuanto a comunicación… pero como muchos sabréis, casi mejor que la cosa hubiese continuado así… De momento, llevaban buen ritmo, atacando seguidamente con esas guitarras heavys de Crows Fly Back, y terminándola con unas buenas armonías entre Marco y Tommi, cuyos samples tenían la presencia justa y necesaria. Tras él veíamos, elevado, al teclista Janne Tolsa, a quien le faltó algo de presencia sonora, al igual que sucedió con la voz de Marco. No sé si es que este último cantaba tan bajito como hablaba, o es que a su micro le faltaba volumen, pero lo cierto es que era complicado quedarse con los detalles de su trabajo. Me pasó, entre otros temas, con Lady Deceiver, que habría mejorado mucho de haber sonado ambas voces por igual. Eso sí, el solo de Zachary, fenomenal. A partir de aquí, empezaron los discursos por parte de Marco, cada vez más largos. Al principio disfrutamos de sus referencias e historias, pero luego se hicieron casi insoportables. Y este fue solo el primero. Además, a partir de este momento el setlist fue cayendo en picado, para mi gusto. Warhead, donde destacó el solo de teclas de Janne, y Hell Knows, aunque ambas tuvieron unas impecables bases rítmicas y un guitarrista que se movió bastante del sitio, se me hicieron muy anodinas y cargantes, perdiendo mucho el interesante ritmo con el que habían arrancado. Entre ambas, por cierto, hubo otro discurso que ya empezó a cansar.
Para más inri, como digo, a Marco se le escuchaba muy bajito. Con Traitor y su endiablada batería, junto a la pasión con la que Tommi cantaba, nos volvieron a subir el pulso, pero ya no era lo mismo. A la gente se le veía ya algo agotada, tal vez por el tute de dos días a las espaldas, quizás por el calor… o puede que por las constantes pérdidas de tiempo entre canción y canción. Y es algo que también se percibió incluso en un temazo como Rider of the Last Day, donde volvieron a resaltar, por méritos propios, esas bases rítmicas duras y consistentes, en las que el doble bombo sonó como una apisonadora. Pero con más conversaciones de por medio… el concierto ya no tenía remedio. Lo hicieron tan pastoso, que empecé a ver varios bostezos a mi alrededor, y a escuchar duras críticas. Parecía que Do You Wanna Live Forever iba a ser una nueva remontada. Desde luego, los músicos se esforzaron, de eso no me cabe duda. Las poses y virtuosismo de Zachary, los punteos tan rápidos en el bajo de Marco, la complejidad de esas baterías en la parte final… pero ya faltaba magia en el ambiente, y por desgracia, este fue el último tema, a pesar de figurar otro más en el setlist. Hasta tal punto malgastaron la hora que tenían de actuación, que un poco más y les cortan. Para mi gusto, de cuantos conciertos vi aquel viernes, el de Tarot fue el que menos huella me dejó. Y es una lástima, porque realmente les esperaba con ganas.
Zarpa: (crónica también disponible en RAFABASA.COM)
Las hordas heavymetaleras de Vicente Feijóo se preparaban ya, a la hora convenida, para hacer retumbar el escenario New Rock, siendo la segunda banda valenciana tras Sylvania, que inauguraron la mañana en la carpa. Zarpa es una de las bandas más míticas que tenemos en ‘la terreta’ en lo que a Heavy Metal clásico se refiere, unos pioneros en este rollo que siempre han conseguido salir adelante, contra viento y marea, gracias al esfuerzo y la lucha de su líder y fundador. Posiblemente, fue el concierto, de todos los que vi, en el que menos gente había. Ahora bien, la expresión ‘pocos, pero bien avenidos’ encajaría aquí perfectamente, ya que sus más acérrimos fans estuvieron dando cera en las primeras filas de principio a fin, sin descanso. Se presentaban a escena con un inicio estruendoso que rebotó estrepitosamente en toda la carpa, para enlazarlo, seguidamente, con Máquinas. Y no sé cómo se escucharían ellos arriba… pero desde luego, el sonido fue un auténtico horror, saturadísimo, molesto, inestable… nefasto. Tan solo sonaron bien ciertos instrumentos en ciertos temas, otras veces se comieron unos a otros, y otras, sencillamente, desaparecieron. Una catástrofe. Al menos, pensé, disfrutaré de esos estribillos guerrilleros y facilones. Y eso sí fue dicho y hecho, gracias a un setlist llenito de clásicos, donde tampoco faltaron incursiones de su nuevo y flamante disco titulado “999”, que salió a finales del año pasado. Pero antes, una retahíla de temas conocidos por todos los presentes, como la cañera Cuero y Cadenas y Cielo al Atardecer.
A nivel escénico, destacaban descaradamente las maneras y actitudes del Sr. Vicente Romero, que lleva ya más de 20 años formando parte de Zarpa, y no ha perdido un ápice de pasión con el tiempo, y no solo me refiero a su perpetuo movimiento sobre el escenario, sino también a su acalorada forma de tocar y golpear su bajo. Esto contrastaba con la visible apatía, al menos en los primeros temas, de su actual guitarrista Marcos Sáez, aunque su interpretación de riffs y solos fue más que correcta. Olvidaba decir que también se nos trepanaron los oídos con algún que otro acople bastante irritante, aunque por suerte, fueron puntuales. Tal como sucede en la introducción en disco, Vicente Feijóo arrancó Buscando un nuevo mundo descontando en inglés. Bastante subido de humos, el batería Miquel Alejandro le zurraba con ganas a los parches, y Feijóo demostró que sigue siendo un maestro a la hora de tocar su guitarra, y no solo eso, también de transmitir con su profunda y clásica voz. Se le veía muy contento de estar, una vez más, en el Leyendas del Rock, y a nosotros de tenerle allí. Según nos contó, en principio tenían pensado tocar todo el “999”, pero finalmente solo quedaron 3 de sus temas en el setlist, que ejecutarían a continuación. Sea material nuevo o viejo, los cánticos desde el público no dejaron de sonar, algo que motivó todavía más al bajista. Este último y Feijóo se enfrentaban y daban pasos coordinados en partes de El heavy es mi destino, la facilona En Pie de Guerra fue cantada enteramente por Vicente Romero (‘amenazando’ a continuación con cantarse otra jeje), y por último, Dioses del Metal completó el triplete, y en ella, Miquel Alejandro ya se mostró más integrado en el escenario.
Los temas fueron recibidos con mucha algarabía y manos en el aire, ofreciéndoles nada más terminar una sentida ovación y gritos de ¡Zarpa! ¡Zarpa!. En verdad, éramos mucha gente de Valencia y alrededores, y eso creo un ambientazo muy festivo e íntimo, digno de ser vivido. “Herederos de un Imperio” está considerado, por derecho propio, uno de los discos de Heavy Metal clásico más míticos jamás escritos en nuestro país, y por supuesto, se guardaban varios ases de este bajo la manga para el final. Una de ellas fue Ojo por Ojo, y a parte de un mar de cánticos, tampoco faltaron las coreografías en el escenario, con Feijóo, Romero y Marcos alineándose, y metiendo un solo a pachas entre ambos guitarristas, mientras Miquel sudaba tinta a la batería. El escenario se cubría de humo para el envite final, y desde su séptimo LP, “El yunque contra el martillo” llegaba la también cañera Fantasía, para regocijo de todos sus fans, que finalmente quedaron satisfechos (aunque no saciados) con Herederos de un Imperio. Para dejar el pabellón bien alto, Feijóo nos invitaba a cantar… aunque era algo innecesario, ya que nuestras voces se escucharon casi más altas que la suya durante todo el concierto, con las primeras filas gritando y echando chispas. Con un sonoro ¡hasta siempre! Vicente se despidió por todos sus compañeros, dejándonos con buen sabor de boca en lo que respecta a su actuación, pero con las orejas doloridas ante tal despropósito de ecualización sonora.
Temperance: (crónica también disponible en RAFABASA.COM)
Si bien ya hace tiempo que conocí a los Even Flow de Marco Pastorino y Luca Negro, tanto en disco como en directo, no fue hasta el año pasado cuando descubrí en vivo a estos Temperance, su nueva banda, que resultó ser una de las mayores sorpresas del Zurbarán 2023. Este año, asaltaban el Leyendas del Rock por primera vez en sus ya más de 10 años de carrera, siendo una de las grandes atracciones del escenario pequeño en aquella tercera jornada. Y lo digo, fundamentalmente, a tenor de la enorme cantidad de público que lograron congregar allí. El pabellón se iba llenando cada vez más y más, algunos curiosos, y otros ya sabedores del considerable espectáculo que los italianos saben dar en sus directos. Usando samples para la ocasión (algo muy habitual en Temperance), la cosa arrancó con mucha fuerza, casi ya al punto de ebullición, algo que tuvo especial mérito tratándose de un tema de su último disco “Hermitage - Daruma's Eyes Pt. 2”. Dicho tema fue Daruma, y el despliegue de energía y euforia que se desató sobre las tablas tuvo pocos precedentes. Exprimiendo cada centímetro del escenario, rápidamente sus dos vocalistas, Gabriele Gozzi y la neoyorkina Kristin Starkey tomaron el control, y el protagonismo, con sus grandes interpretaciones, imparables, derrochando talento y ganas. Recorrían las primeras filas, de lado a lado, estimulando, empatizando constantemente con el público, y parándose frente a frente para ejecutar unas armonías vocales muy pulidas, como sucedió en la siguiente The Last Hope in a World of Hopes.
A la hora de animar, no había quien les tosiera, y es que incluso el batería Marco Sacchetto, entre golpe y golpe, nos lanzaba miradas y sonrisas que complementaban ese clima de buen rollo. Ese estremecedor grito de Kristin al final del tema dio paso, sin demasiados preámbulos, a No Return, cuya melodía, muy bien interpretada por todos, nos enganchó inmediatamente. Y es que esa es una de las grandes virtudes de la formación. Sin poner márgenes demasiado encorsetados a su música, pero habiéndose labrado un sonido muy propio, sus temas entran como la seda, y todavía más en directo. Tampoco son mancos en cuanto a técnica. Los constantes punteos del bajista Luca Negro, y las partes más enrevesadas y cruzadas en la batería son una muestra de ello. Continuaban a saco con Start Another Round, con paseos constantes por el escenario de Luca, e interacciones de ambos vocalistas, tanto entre ellos, como con el público, ganándonos más y más con cada canción, y provocando ya unos saltos generales. Dicho todo esto, fue una verdadera lástima el sonido que tuvieron. Las voces sonaban súper engorrinadas, era casi imposible distinguir las letras o los detalles, y esto es casi trágico tratándose de dos excelentes vocalistas como ellos. Tal vez la de Marco Pastorino, que también hizo un papelón a la hora de cantar, sonaba algo más clara, pero no lo suficiente. Regresando a su último disco hasta el momento, en A Hero Reborn nos incitaban a cantar los coros, por lo que la carpa se llenó inmediatamente con nuestras voces.
La prodigiosa voz de Kristin Starkey, haciendo gala de un rango para quitarse el sombrero, fue una de las grandes destacadas del tema, tanto en solitario, como combinada con el no menos atractivo timbre del gran Marco Pastorino, un músico incansable que actualmente también milita en Virtual Symmetry, Even Flow, Serenity… La próxima Diamanti fue, sin duda, la más bailada de todo el concierto, y es que a ver quién se resiste a su ritmo. Todos los músicos comenzaron lanzando ese gesto tan típicamente italiano, y de hecho, el tema está cantado en dicho idioma. Una melodía que, en otra época y contexto, bien habría encajado en el italo-disco. El impresionante agudo sostenido al final de Gabriele Gozzi fue precedido de unos escandalosos y bien ganados aplausos por parte de todo el mundo. Y es que la gente estaba que ardía ya. No contentos con el ambientazo, todavía nos harían participar más. Kristin Starkey nos pedía ahora que cantásemos el siguiente estribillo, pero que lo hiciésemos en español. Así, I’m the Fire sonaba, pero nosotros clamábamos a pleno pulmón aquello de ‘Yo soy el fuego’. El buen rollo reinante era también patente en el escenario, con ambos cantantes cada vez haciendo más coreografías, y Marco Pastorino sonriéndonos a cada nota que salía de su instrumento. Con Of Jupiter And Moons continuaron elevando la temperatura festiva, marcada por unas bases muy pulcras y bien ejecutadas, tanto por parte de Marco como de Luca y su bajo de 5 cuerdas. Y para terminar, y levantarlo todo por el aire, en Pure Life Unfolds, nosotros pusimos esa cuarta voz junto a Marco, Kristin y Gabriele, cantando incluso a capela esa parte final ante la insistencia de los músicos. Power sinfónico, moderno y melódico que en directo no defrauda. Muy, pero que muy recomendables.
Vhäldemar:
Cuando se trata de los Vhäldemar, uno sabe de antemano que su concierto va a ser una juerga por todo lo alto, que va a ver a algunos de los mejores músicos de todo el festival (toquen donde toquen), y ante todo, uno sabe que va a ser una actuación rebosante de actitud. Les vi, por última vez, hace un mes en Burgos, y estas tres máximas se cumplieron de nuevo. Son uno de los más grandes defensores del Verdadero Metal en nuestro país, y lo hacen mejor que nadie. Están donde están por méritos propios, y por ello, me resulta más difícil aún entender por qué este año les han relegado de vuelta al escenario pequeño. Sin embargo, esto no dejó de ser un detalle nimio cuando las hordas de Baracaldo, con el incombustible Carlos Escudero al frente, asaltaron sin piedad del escenario de la carpa, dejando bien claro que tras 25 años de carrera, están más fuertes que nunca. Dreambreaker fue el primer tiro que nos lanzaron entre ceja y ceja, a piñón, mostrando todos una entrega, una pasión, y una calidad técnica de otra división. El humo que inundaba el escenario apenas nos dejaba verles, pero su lluvia torrencial de Metal caía sobre nuestras cabezas con una fuerza destructiva. Las teclas de Jonkol Tera sonaron exageradamente altas en estos primeros compases, pero fue algo que se solventó rápidamente, dejándoles con un sonido muy saturado pero pasable, mejor que el de muchas bandas que tocaron allí.
Golpeaba demoledor el doble bombo de Jandro ‘Tukutake’, y fue uno de los principales protagonistas, junto a esas armonías y chillidos de guitarra, en Devil's Child. Su estribillo nos engatusó a todos inmediatamente, y tras unos primeros tragos a su botella de whisky, Carlos Escudero se lanzó al foso, primer indicio de que el escenario se les iba a quedar minúsculo. Fuertes y clamorosos ‘¡eh!’ ‘¡eh!’ brotaron desde el público ante la clara tendencia al desmadre que tenía el vocalista, y el concierto en general. Entonces, llegó la colosal Metalizer, y todo se vino arriba. Absolutamente todo. La gente enloqueció cantando cada estrofa, y las voces llenaron por completo el pabellón junto a la de Carlos, que estaba siendo, además, muy pródigo en gritos. Saltos, alaridos, headbanging a muerte… una comunión entre público y banda que cada vez se hacía más estrecha, gracias en gran parte al buen rollo y sensación de jolgorio que transmiten, pero sin dejar de pisar el acelerador y meter caña (atrás quedan otras bandas que lo hacen a base de hacer el payaso y sacar muñequitos al escenario). El insuperable Pedro J. Monge se adelantaba para ostentar un solo que nos dejó el cerebro frito de tal velocidad, y tras un fuerte bastonazo al suelo por parte de Carlos, la emprendían con Death to the Wizard!. Pedro se convirtió en el centro de muchas atenciones, abriendo a toda hostia para el tema, con una actitud gloriosa y una bravuconería incontenible, recorriéndose después todo el escenario.
Tan solo un gesto por parte de Carlos, y todo el lugar se convertía en un mar de palmas siguiendo el ritmo que marcaba el implacable Jonkol con sus baquetas, culminándose el tema un estremecedor grito del vocalista. Este último empezó a soltar de las suyas, a cada cual más desternillante, con el consiguiente descojone generalizado, exigiendo otra botella de whisky y acordándose de su señora madre. Sin embargo, no se pasó de la raya hablando. Continuaban exprimiendo a tope el horario, todos a una, con Old King's Visions (Part VII). La coordinación entre Raúl y Pedro, codo con codo, fue digna de libro, y con un virtuosismo por parte de ambos imparable. También el bajista, junto al teclista Jonkol, se encargaba de los coros, pero sus grandes voces (porque las tienen) todavía darían mucho más de sí. Carlos seguía zarandeando su pie de micro, dando hostias en el suelo, y entregándose a cantar como si no hubiese mañana. Cuando le ves en acción, parece un auténtico animal descontrolado, pero rara vez olvida una letra, su dicción en inglés es realmente buena, y su inmersión en el concierto, total. Una de sus favoritas, como es The Old Man, sonaba a continuación, un verdadero temazo que de inmediato nos hizo volver a levantar la voz y los puños en su estribillo. Con el bombo de Jandro marcando, el vocalista aprovechaba para presentar a la banda (aludiendo a la tranca de Jandro, jejeje), y tras un amago guitarrero del Crazy Train, volvían a la carga con el que posiblemente es el mejor tema de su “Against All Kings”.
La maravillosa Howling at the Moon, precedida por las ensoñadoras teclas de Jonkol (que ahora se escuchaban de lujo), contó también con su flexible voz en una de las partes, y también con la de Raúl en su tramo final, ambos luciéndose a lo grande. Respecto a Pedro, está clarísimo que toca lo que le sale de los huevos y cuando le da la gana, y es algo que no paró de demostrar, también en 1366 Old King's Visions (Part V), donde diría que el nivel de desfase llegó a su clímax. Carlos se volvía loco, dando patadas, levantando el puño y pateando el escenario, y todo con esa sonrisa entre el disfrute y la enajenación del momento que se reflejaba en su rostro. Absolutamente todo por el aire. Eso sí, en este última parte, el sonido sonaba extremadamente embarullado, una bola indistinguible a un volumen atronador que fue sin duda lo peor del show. ¿¡A MUERTE, O QUÉ!? esputaba Carlos, animándonos a dar el resto con su gran clásico Energy, en la que se lanzó al público (y no es que se lo pensase mucho…) para surfear sobre nuestras cabezas. Terminó dándose un paseo por las gradas, saludando a sus fans, y todo sin dejar de cantar. Mientras tanto, Pedro seguía dejándonos atónitos con sus virguerías, con interminables solos en primera línea, e incluso tocándolos con la guitarra a sus espaldas. Miles de papelitos dorados caían para terminar de engalanar la actuación, entre ensordecedores gritos de ¡Vhäldemar! ¡Vhäldemar!... y si algo me dejó esto claro, aparte del abarrotamiento del lugar, es que esta banda debe volver obligatoriamente al sitio que les corresponde: el escenario principal.
Con el cerebro aturdido todavía tras la masiva descarga de puro Metal a cargo de Vhäldemar, me apuré a acudir, junto a mi colega Kurro, al escenario Azuzena, donde se estaba llevando a cabo la actuación de otros imprescindibles para mí. Lástima del solapamiento… pero todavía llegué a ver la mayor parte de su setlist, incluidos, claro está, los temazos más gordos.
Blind Guardian:
De hecho, tras la dulzona, medieval y armoniosa Nightfall, cuyas notas fluían y se desperdigaban como el viento por todo el Leyendas, junto a las miles de voces que la coreaban, llegó una de las partes más moviditas del show, en la que no dieron concesiones a la caña. De hecho, no sé cuánto me perdería del concierto, pero no creo que fuesen demasiados temas. La anticipadamente vencedora The Script for My Requiem arrasó, con una fulgurante batería de Frederik Ehmke, a quien se le veía muy enérgico y peleón, y con unas voces realmente buenas de Hansi Kürsch. El paso de más y más temas me confirmó que, aquella noche se encontraba en un estado vocal mejor que en la media de veces que le he visto. La no menos trallera Violent Shadows me permitió ver, aunque solo fuese un tema, de ese último disco que tanto me gustó, llamado “The God Machine”, en el que se atisba un punto medio entre la velocidad de sus primeras obras, y los tecnicismos que llegaron a partir del “Nightfall in Middle-Earth” en adelante. Una banda que, pese a sus 40 años de carrera (se dice pronto), todavía no ha dicho su última palabra, ni en disco, ni en directo. Y como muestra, ahí les teníamos, conquistando al Leyendas entero, tocando de maravilla, y por supuesto, haciendo aflorar nuestros más gratos y nostálgicos recuerdos con sus grandes clásicos. Pero también temas más recientes, como Skalds and Shadows, fueron muy bien recibidos, a pesar de su carácter de medio tiempo. André Olbrich, el más activo y protagonista de los dos guitarras de la banda, se colgaba su acústica, y sentado, nos regalaba esos arpegios tan bonitos y que tantas palmas levantaron.
Lo que sí eché de menos fue una mayor teatralidad por parte de Hansi Kürsch en ella, aunque en este aspecto, suele limitarse a cumplir, y poco más. Sin embargo, como ya he dicho, en cuanto a voz se mostró potente y muy atrevido en partes que rara vez se le escucha cantar de esa forma. Estuvo, por ejemplo, espléndido en Time Stands Still (At the Iron Hill) (joder, qué nostalgia me trae este tema…), mirando muy emocionado todas esas manos en el aire desde el público, escuchando los coros… la inmensa batería de Frederik Ehmke, por cierto, sonó de puta locura de principio a fin, destacándose este como uno de los grandes músicos del concierto, sudando cada golpe y sin fallar un solo compás. Así lo hizo, con un currazo monumental, en las partes más rápidas y cambiantes de Bright Eyes, mientras su colega André Olbrich lucía con el solo, y unos enormes ojos nos miraban desde la pantalla de fondo. Antes de llegar los bises, un pronunciado contraste entre dos de sus más grandes temas. The Bard's Song - In the Forest, siempre representa uno de los momentos más especiales en cualquier evento. Las mil voces de quienes la interpretamos, casi a capela, los arpegios de Marcus y André (que volvía a coger su acústica), esa subyugante melodía… aquello me puso los pelos como escarpias, y es algo que siempre se repetirá mientras la toquen en directo. Y tras la calma, llegó la brutal tempestad de Traveler in Time, del que siempre fue mi disco favorito “Tales From the Twilight World”. Pura caña power/speed con Frederik Ehmke deslomándose en su batería, Marcus lanzando su canosa melena al viento, e incluso el bajista Johan van Stratum, que siempre ocupó un segundo plano en el escenario, dándolo todo desde las sombras.
Llegó la recta final, precedida de una pieza instrumental, en donde solo quedaron sobre el escenario el teclista Kenneth Berger y el batería. Recuperaron un ritmo frenético con Sacred Worlds, con una batería arrolladora, y unos gritos muy inspirados de Hansi, y volvieron a frenar casi en seco con Lord of the Rings. Aunque decir esto último, con ese temazo, es más un elogio que un defecto, ya que de nuevo, las palmas y los cánticos dominaron todo el Leyendas. El teclado de Kenneth sonó mejor que nunca en ella, igual que esos arpegios acústicos y subidón final, que todos celebramos dando saltos. Todos conocíamos el final de la historia, y no por ello dejamos a un lado nuestra pasión. Hansi volvió a sorprendernos con tonos muy elevados en Valhalla (hacía tiempo que no le veía cantar así), y había tantas manos en el aire, que apenas se podía ver el escenario. ¡Si hasta André se bajó al foso en la última parte! E incluso si esta última ya fue la juerga padre, nada que ver con la siguiente y última, Mirror Mirror. Nunca me cansaré de insistir en el ambiente de alegría, de celebración, de comunidad, que nace entre el público siempre que la tocan, sobre todo, en esa parte instrumental que tanto nos encanta, y en la cual, todos los músicos funcionaron como la seda, perfectamente engrasados. Y lo mismo que dije de Hansi en la anterior, es válido para esta. Muy, muy bien por él. Y un gigantesco BRAVO por esta fenomenal actuación. Siempre salgo de sus conciertos con una enorme sonrisa, y nunca es por casualidad.
Me encontraba hecho auténtico puré, y la verdad, no me apetecían excesivamente las dos opciones que el cartel ofrecía a continuación. Me habría quedado con el dúo Tarja / Marko, por aquello de rememorar viejos tiempos con clásicos de Nightwish, de quienes escuché de lejos algunos como Dead to the World (nostalgia pura para mí), Phantom of the Opera o Wish I Had an Angel. La otra alternativa, me resultaba mucho menos apetecible, a tenor de lo que me dijeron que iba a ser el bolo de Jero / Santa. Si quería aguantar hasta Lèpoka, necesitaba sentar el culo un rato y tomármelo con calma hasta que arrancaran su show.
Lèpoka: (crónica también disponible en RAFABASA.COM)
Casi a las dos de la madrugada en una tercera jornada del Leyendas del Rock, solo hay un lema válido: fiesta, o muerte. Y desde luego, del primer concepto, los Lèpoka entienden un poquito. Para la ocasión, nos tenían preparado un setlist completo, que abarcó temas de prácticamente todos sus discos (dejando fuera tan solo el primero “Folkoholic Metal”), mucha parafernalia, trucos escénicos… y alguna sorpresa que ni siquiera alguno de ellos se esperaba. Con bastante gente aguantando el tirón para verles y, visto lo visto, muchísimas ganas de sarao, destaparon su setlist con la incisiva Dios está Borracho, entre las llamas que ya brotaban del escenario y mucho movimiento. Una banda muy entregada, activa y con algunos de sus músicos, como el violinista Daniel Fuentes o el guitarra Dio, especialmente motivados y danzarines. Antes del Amanecer trajo consigo una lluvia de papelitos multicolor, con sus toques celtas, y también saltos y mucho jolgorio desde el público, mientras los músicos estaban flanqueados por dos enormes barriles de cerveza, santo y seña de Lèpoka. Con un estruendoso ¡Buenas noches, Leyendas! Dani Nogués nos dedicaba unas breves palabras, haciendo hincapié en que no querían perder demasiado tiempo. Y volvieron al trote con Brindo por verte, y ahora columnas de fuego emergían del borde del escenario mientras Dani Nogués se daba unas vueltas sobre sí mismo, sin dejar de cantar.
Lo que más me moló fue ese sable de luz roja con el que Daniel Fuentes tocaba su violín. Desde luego, si no conquistaban al público a base de sus contagiosas melodías (algo que sin duda consiguieron), lo iban a hacer a base de atrezo y espectacularidad. Entre bailes y bailes, se iba formando un enorme circle pit en medio del público, que por culpa del ya bastante deteriorado césped, iba levantando una molesta nube de polvo en temas como Pandemonium (donde, en disco, colaboró Pul Pul de Ska-P en las voces) y la saltona Dónde vas. No sé si fue mi impresión, pero esta vez le noté la voz un pelín cascada a Dani, que no obstante, se defendió de maravilla. El resto de los músicos, incluso cuando descansaban de sus instrumentos, continuaban moviéndose y pasándolo teta, extra motivados, sin duda, por el jolgorio que estaban montando. A las calles fue otra mirada hacia su último álbum. Antes de iniciarla, Dani la dedicó a su amigo Adán Moreno, víctima mortal de la privatización del sistema sanitario. Las letras reivindicativas y el espíritu combativo se han ido abriendo paso en su música desde sus inicios, pero en este último disco es donde más terreno han ganado. Enlazando con esta última, aparecían en pantalla imágenes del Tetris con la consabida melodía, que sirvió de introducción a El Baile de los Caídos.
La polvareda que se estaba formando era realmente incómoda, obligándonos a algunos a retroceder. Tanto en esta, como en Un Año Más, las guitarras me parecieron sonar mucho más heavys que en otros temas, a pesar de la suavidad que le imprimen a los temas tanto el violín como la gaita, manejada por Zarach, el multiinstrumentista de la banda. Dani ocupaba unos segundos entre los temas para agradecer infinitamente al Leyendas el haber contado con ellos un año más. La cachonda El Picorsito, que nos volvió a contagiar con ese ritmo imparable que marcaban Zaph al bajo y Jaume a las baterías, derivó en una de las más celebradas como es su clásica Chupito, en su vena más alcohólica. Mucha caña aquí, y mucho desparpajo por parte del guitarrista Dio, cuya energía en sus carreras y movimientos parecía no tener límite. A partir de aquí, sus canciones más conocidas empezaron a tomar cada vez más protagonismo, pero también hubo lugar para más temas recientes, como La Nit es Nostra, que me llegó a la patata por estar cantada en su lengua natal (que también es la mía), con buenos coros de Zaph.
Precisamente este último lanzaba a continuación un discurso contra las guerras, y una sesión de beatbox, apoyado por su compañero Zarach a la gaita, antes de emprenderla con la bailonga Goliardos, en donde también salieron a escena un par de enormes muñecotes hinchables. El concierto encauzaba la recta final con El Dorado y Contando al Andar, donde no faltaron las patadas al aire de Dio, y los apoyos, espalda contra espalda, entre Zaph y Dani Fuentes. Los bailes, los saltos y los cánticos seguían entre el público, que parecía no cansarse nunca. Así, llegaron los bises, que aparte de más temas, también incluyeron una enorme sorpresa para el vocalista. Inesperadamente, apareció su chica en el escenario, con una tarta, para felicitarle el cumpleaños… ¡y pedirle matrimonio allí mismo! Dani quedó atónito por la emoción de la sorpresa, y tras un SÍ QUIERO, volvió a liarla junto a sus compañeros con Seguimos en Pie, provocando una sentada multitudinaria y deshaciéndola a ritmo de ska, Contra viento y marea (donde cientos de papelitos todavía volaban por el aire) y, tras pedir un aplauso para todo su equipo técnico, zanjar la faena con la trallera Yo Controlo, en la que el escenario se llenó de humo, bailes locos, y color.
Ya no se podía apurar más el día, porque era imposible, a no ser que nos diera por cogernos una buena taja para despedirlo. Cosa que, por supuesto, no fue así, ya que una buena resaca habría sido lo último que necesitaría al día siguiente. La verdad es que el concierto de Lèpoka se me hizo algo largo, y casi más que andando, llegué a rastras a nuestro ‘puesto de mandos’ en la zona de acampada. Sin entretenernos mucho, y deseando llegar ya a casa y darle un buen meneo a la cama, nos hicimos rápidamente los 20 minutos que nos separaban de allí. Al día siguiente, nos esperaba el reto definitivo de este Leyendas del Rock 2024, y había que afrontarlo con las reservas finales.
_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_

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