viernes, 17 de julio de 2026

Last Call for Party!! (Zurbarán Rock 2026, sábado 11-07-2026, espacio El Plantío, Burgos)

El Antro del Metal - Zurbarán Rock 2026 - Heaven's Gate portada

Como dije en la primera parte, el descanso de aquella noche fue un tanto a medias. Mi mala ‘costumbre’ de no dormir bien fuera de casa, y la chatarrera cama en la que tuve que sobar no fueron factores demasiado reparadores, que digamos. Pero al menos, no me tuve que levantar a las 4 de la mañana con nervios y prisas. La mañana fue bastante tranquilita. Mientras mis compañeros se iban al mercado a comprar manduca y a tomar algo por los bares del centro de Burgos (donde siempre hay un ambientazo increíble, y especialmente, con la celebración de este evento), yo me quedé intentando alargar el descanso todo lo que pude, aunque también deseando que el festival arrancara en su segundo asalto. El cartel era, como mínimo, tan atractivo como el del viernes. Y si bien mi objetivo principal del festival eran los suecos Hardcore Superstar (que disfruté como un demente), Heaven’s Gate eran también un aliciente gigantesco. El brutal calor iba a ser inevitable, eso estaba más que claro, y no había indicios de que hoy estuviese parcialmente nublado como sucedió en la jornada anterior. Pero al menos, esperaba que el cansancio no hiciera tanta mella en mí. A partir de ahí, el día solo trajo que alegrías de las que hablaré largo y tendido en los siguientes párrafos, en forma de conciertazos y momentos inolvidables entre colegas. Mientras esperaba a mis amigos, me preparé mis bocatas y en general todo mi kit de supervivencia básica low cost festivalero. Y ya con toda la basca en casa, en unos 10 minutos de pateo nos plantamos a los pies de la majestuosa catedral de Burgos, y no solo para admirar su grandeza, sino para encarar aquella maratón festivalera de la mejor forma posible.

Este año, y siguiendo en su línea, el Zurbarán nos deparaba una gran sorpresa, aunque anunciada de antemano, con un concierto junto a los muros de la catedral, algo así como un suculento ‘vermouth’ antes del plato principal que fue en sí mismo la segunda jornada de festival. En colaboración con la Fundación Círculo (cuyo objetivo es promover actividades con fines culturales, económicos y sociales a favor de la ciudad de Burgos), la organización nos brindó algo totalmente exclusivo e irrepetible. Si en otros años el acústico de turno era un pasatiempo agradable para ir entrando en calor, en este se convertía en algo forzosamente imprescindible, todo un lujo impensable que ningún amante del Heavy Metal que se precie de serlo debería haberse perdido por nada del mundo… sobre todo, porque dudo que jamás podamos volver a vivir algo así. Y no estoy hablando de un espectáculo pomposo, con fuegos y escenografías o juegos de luces. Estoy hablando de una simple y pequeña carpa bajo el ardiente sol, a diferencia de otros años, situada en la parte denominada Llana de Afuera. Lo realmente importante fue quiénes estuvieron dentro de dicha carpa, y lo que allí se iba a representar: el primer acústico de la historia de Heaven’s Gate, en su primera visita a nuestro país desde su fundación, y cosas así, hay que saber valorarlas en su justa magnitud. Quién nos iba a decir que un pequeño concierto en ese formato tan íntimo y calmado iba a suponer (para muchos) uno de los momentos más mágicos de todo el festival.

Heaven’s Gate (acústico):

En la zona sombreada no cabía ya ni un solo alfiler, así que nos tuvimos que conformar con quedarnos de pie al sol de mediodía. Cero dramas: cualquier sacrificio era poco con tal de poder presenciar algo así. Cinco de los seis miembros que componen actualmente la formación (faltaba el guitarrista Bonny Bilski) salían al recogido escenario sin ninguna prisa, sonrientes y ataviados muy de estar por casa, con gorros, gafas, bermudas, chanclas y alguna barba sin afeitar. Y eso fue algo que, lejos de resultar cutre, le dio un rollo aún más cercano al show. Un show que brilló con luz propia en muchas facetas, pero sin duda, la que más disfruté fue la forma y gran creatividad con que casi todas esas canciones que tanto han perdurado en nuestra memoria fueron adaptadas al formato ‘desenchufado’.

Y digo casi todas, porque la primera de ellas fue rescatada de su EP del 97, precisamente la que dio título al redondo In the Mood, un tema bastante escondido en su discografía que se presentó tal cual fue compuesta en su momento. Guitarra acústica para Sascha, al bajo Robert Hunecke-Rizzo, el gran Thorsten Müller dándole al cajón, Corvin Bahn a las teclas, y al frente de ellos, el siempre pluriempleado Herbie Langhans defendiendo lo mejor posible cada tema de cada etapa de la banda. Aquí fue donde nos revelaron que era la primera vez en su historia que hacían algo así. No tardaron en caer grandes hits, pero como nunca antes los habíamos escuchado. In Control, nada menos, levantó muchas palmas, elevando los ánimos Sascha Paeth con ese chulísimo punteo que sonó, como todo el conjunto instrumental, realmente limpio y elegante. Hubo momentos que me emocionaron incluso más de lo que podría haber imaginado, hasta límites lacrimógenos. Uno de ellos sucedió cuando Herbie se dirigió a nosotros, diciéndonos que ya habría tiempo para bailar más tarde, entonando seguidamente las primeras estrofas de The Children Play. ¿Qué voy a decir? Teclados maravillosos, manos ondeando en el aire, un Thorsten Müller disfrutando con cada palmada, y unos arreglos soberbios, junto a alguna que otra leve brisa que nos aliviaba muy puntualmente el calor.

Sí, sin duda ese fue otro de esos MOMENTOS que siempre recordaré de esta edición. Otra de las tochas, Livin’ in Hysteria, sonó totalmente irreconocible hasta el momento de entrar Herbie. La adaptación, los matices y el tempo le infundieron al tema un toque muy sureño, muy bailable incluso, arropado por esos coros del bajista Robert y esa magnífica interpretación del combo Sascha / Corvin. No voy a negar que los teclados de este último fueron una de las cosas que más me fascinaron de aquel concierto. Cobraron mucho más protagonismo que en su vertiente eléctrica, y con esas mismas teclas, abría el músico para otro de esos instantes de sensaciones desbordadas. Así fue Best Days of My Life, tremendamente emotiva, como una flecha directa al corazón, con una entrega palpable de Herbie Langhans al cantarla, y unas percusiones que también destacaron por sus variados ritmos. El vocalista hablaba muy orgulloso de quienes fueron sus héroes, y con los que actualmente tenía el honor de compartir escenario.

Creo que muchos pensamos igual y es algo lógico. La ausencia de Thomas Rettke fue, con todos mis respetos y admiración por Herbie, uno de los más sonoros ‘bluffs’ de esta reunión. Pero al menos en estas tesituras acústicas, el también integrante de Avantasia y ex-Firewind lo hizo de auténtico lujo, derrochando feeling y visiblemente contento. Haría falta ver cómo se desenvolvía con las tonalidades originales… pero eso lo dejaremos para más adelante. Incluso Sascha se levantaba por unos segundos de su taburete para dar la bienvenida a Hell for Sale!, del disco homónimo. Fue una de las más bailadas de todo el concierto, y de nuevo, el teclado tuvo un peso mayor que en la original, caminando esta vez por unos derroteros casi jazzísticos que a mí personalmente me conquistaron. Entre aplausos y aclamaciones, nos decían un ‘hasta luego’ con toda una Gate of Heaven, que tuvo probablemente la mejor interpretación de Sascha a las seis cuerdas, pero sin menospreciar tanto los coros como esas bases rítmicas tan fluidas y bien implementadas de Thorsten y Robert, entre los que hubo mucha química.

Un directo muy corto, pero muy especial, que al menos a mí me caló muy hondo. Un pequeño adelanto y con un sorprendente lavado de cara de algunos de los cortes que unas horas más tarde volveríamos a escuchar en su forma nativa. De vuelta al hogar, y con gula africana, nos zampamos una comilona de las que te quitan el sentido, con unos chuletones como dos manos juntas y unos acompañamientos de la hostia, cortesía de nuestras grandes cocineras Ángela e Inma, jeje.

Pasado un tiempo, volvía la hora de la verdad, esta vez ya en plan non-stop hasta el final. Tras reposar la digestión con musicón y buenas conversaciones de todo tipo, la próxima parada designada era el concierto de The Poodles, que volvieron a pisar los escenarios no hace mucho después de ocho años de parón de actividad (casualmente, los mismos que Hardcore Superstar llevaban sin tocar aquí). Otra ilusión que me quedaba por cumplir desde que les conocí hace la tira, y otro de las grandes medallas que se podía colgar con orgullo esta edición del Zurbarán Rock. Desgraciadamente, la incompetencia de mi sentido de la orientación jugó una mala pasada aquí, y al final tuvimos que tomar otro bus distinto con el que llegamos casi a mitad de concierto. Mea culpa, así que no hay quejas que valgan.

The Poodles:

Bastante calientes estaban ya las cosas cuando traspasamos, por segundo día consecutivo, las puertas del Zurbarán Rock 2026. El escenario derecho (bueno, y en realidad todo el recinto) presentaba una asistencia la mar de agobiante ya, y tampoco nos quisimos meter en el meollo de delante. Desde la carpa (al menos, con sombra), y bailando al son de sus temas, vi un concierto que mantuvo un notable nivel, pero que no puedo juzgar con total exactitud debido al retraso que tuvimos. Acababa de empezar Thunderball, y aquello sonaba de puta madre. Sobre el escenario se atisbaba mucho ánimo, mucho movimiento, con los correteos del rubio Jakob Samuel y sus ademanes hacia el público. Cada estribillo era un subidón de manos en alto, y todo el mundo parecía estar pasándolo en grande a pesar de las elevadísimas temperaturas. Without you, con su refrescante estribillo, vino que ni pintada. Jakob no dejaba de pedir palmas y más palmas mientras ocupaba todo el espacio posible, y el bajista Pontus Egberg (todo un nombre en la escena, ojo), se desmelenaba a gusto en la parte central, contagiándonos sus cabeceos.

Tiempo de la balada Crying, de lo más emotivo del show, con sonoridad más bien electro-acústica y unas vibraciones muy positivas que supieron transmitirnos con ella. La pareja de guitarristas, Henrik Bergqvist y Pontus Norgren se posicionaba codo con codo para darle más empaque si cabe al tema, y posteriormente, intercambiaban posiciones mientras se lucían con ese solo a medias. No dejaron ni un segundo entre medias, enlazando en seguida con Line of Fire. Jakob, ahora vestido de riguroso blanco, estuvo muy acertado a la hora de afinar, obsequiándonos con un gran agudo al final tras unas cuantas carreras de lado a lado. En sus divertidos duelos de guitarra, Pontus y Henrik también lo pasaban a lo grande. Unos cuantos ánimos más hacia el público, y el punto álgido de aquella gran fiesta llegaba, como no, con Like no Tomorrow, única elección del disco “Clash of the Elements” con el que les conocí. Y la peña, venga a saltar. Y el bajista Pontus Egberg, previo cambio de modelo, haciendo el zángano por el escenario con total desparpajo. Muy divertida y festiva, fue como otro soplo de aire fresco en aquel infernal calor.

Era el turno de Henrik Bergqvist para arrancar Seven Seas tirando de un currado solo. Aquí Jakob Samuel trató de pedir toda la participación posible del respetable, dando un pequeño discurso, y lanzándose a por esos tonos altos a los que, en esta ocasión, le costó bastante llegar. Repitiendo y repitiendo el estribillo, llegábamos hasta la culminación del concierto, de la mano de la rítmica Night of Passion. Precisamente fueron Pontus Egberb y Christian Lundqvist (batería) dos de los músicos más destacados, luciendo estilazo y dándolo todo hasta el final, que llegó con un gran grito de Jakob, y el posterior lanzamiento, a mala hostia, del micro contra el suelo. Realmente puso cara de enfado, aunque no sé exactamente por qué. La cosa es que creo que nos dejaron bastante satisfechos después de tantos años de sequía, pero si os soy totalmente sincero, su directo no me resultó TAN impresionante y desmadrado como imaginaba. Tal vez les falte tiempo para recuperar todo el rodaje, pero ya digo, alguien que llegó justo a la mitad del concierto, como fue el caso, tampoco puede emitir una valoración 100% fidedigna.

Dando un voltio por el recinto con tranquilidad, escuchábamos a Khorea de fondo. Aunque por estilo musical no me dijeron nada, se notaba que poco a poco iban creando vínculo con el público, y por lo que se percibía desde donde estábamos, sonaron bastante bien. Y esto último, algo muy fundamental para mí, fue la nota dominante en todo el festival. No es algo que se pueda decir de todos, ni mucho menos, así que bravo por los técnicos y los responsables del equipo del Zurbarán, que hicieron que la música cobrase plena vida.

Tampoco podíamos encantarnos demasiado, porque el momento absolutamente clave del día estaba por llegar a continuación. Tras pillar víveres, vaciar vejigas, etc., nos acercamos todo lo posible al escenario aprovechando los minutos que restaban, y el hecho de que todavía había algunos huecos.

Heaven’s Gate:

Haber visto ya a Heaven’s Gate en su acústico no fue en absoluto excusa para no repetir, y la gran multitud estaba deseando ver qué podían ofrecernos después de 26 años de relativa inactividad (salvo alguna grabación o acto muy puntual). Lo de los alemanes, como digo, fue un gancho enorme desde el momento en el que pasaron a formar parte del cartel. Una de esas bandas con las que, mirando al pasado, nunca pensé que vería jamás en vivo, y me hace recordar inevitablemente los buenos momentos escuchando sus dos primeros discos, o aquella fastuosa Opera Metal llamada Aina constituida por Sascha Paeth y Robert Hunecke-Rizzo entre otros. Esperaba que, en esta ocasión probablemente irrepetible, muchas de aquellas sensaciones volviesen a aflorar. Eso sí, si bien es cierto que superó con nota el acústico, mi mayores dudas se centraban sobre todo en Herbie Langhans, cuya amplitud de registro está muy lejos del incomparable Thomas Rettke.

Fueron presentados con todos los honores, y no es para menos, ya que la expectación que generaron fue, posiblemente, la mayor de todo el festival. Tampoco nuestra ovación se quedo corta cuando salieron al escenario, y sin más demora, fueron a saco con Under Fire, con Sascha encargado de dar las primeras notas. Para quien todavía no lo hubiese podido comprobar, Herbie Langhans demostró con creces que su aplomo y soltura en el escenario son indiscutibles. Cantó de maravilla, aunque eso sí, hay que decir que el setlist pareció estar configurado con una dificultad creciente en lo que a las voces se refiere. De momento, todo OK. Con una gran sonrisa en su rostro, el cantante lanzaba un ¡Hola!, mostrándose siempre muy cercano, para proseguir con We Got the Time, uno de esos cortes que preserva en cada nota esa esencia pura y dura del Heavy / Power germano de finales de los 80. Ante un sonido (¡aleluya!) que rozaba la perfección en todos los instrumentos, el disfrute generalizado era más que obvio en estos primeros compases. El guitarrista Bonny Bilski (al que no vimos en el acústico) y el bajista Robert Hunecke-Rizzo formaban piña cada dos por tres, muy compaginados, y siempre ocupando el espacio del escenario a nuestra derecha. Al tiempo, Herbie subía un grado en chulería pisando el monitor, y con su gran carisma, nos hacía venirnos arriba con solo unos gestos.

Nos daba una pequeña explicación sobre el regreso de la banda con los cambios de formación, recordándonos que está muy orgulloso de estar tocando entre quienes fueron sus ídolos. Antes de iniciar Hell for Sale!, y con el bajo de Robert marcando fuerte, nos animaban a practicar el estribillo para gritarlo bien fuerte, y cuando las guitarras estallaron de nuevo, Sascha se adelantaba unos pasos para tocarnos bien de cerca su solo. Los coreos de ‘¡Heaven’s Gate! ¡Heaven’s Gate!’ eran un reflejo de satisfacción, y la banda volvió a pisar el acelerador de los riffs con Path of Glory de su primer LP “In Control”, que estaba rezando que tocaran. Subidón a lo bestia con ella, disfrutando a muerte esa caña que metía Corvin Bahn al teclado (tal vez le faltaba algo de volumen), y deleitándome con los bien insertados coros de Sascha y Robert que llenaban el recinto. Después de aquel poderoso ascenso, llegó la calma con Best Days of My Life, que por suerte repitieron aquel día en ambos setlist. Y digo por suerte, porque en esta segunda vuelta me volvió a emocionar igual o más que en la primera.

La apertura de teclado, las palmas del público, la noche ya cayendo, los ‘cruces visuales’ entre bajista y batería, o ese solo tan apasionado… bordaron un momento que deseé que no terminase nunca, y creedme que ahora, mientras escribo estas líneas, estoy más allí que aquí. Por cierto, hasta el momento, Herbie lo supo llevar muy bien, supliendo los momentos difíciles con habilidad, pero también aquí comenzó lo verdaderamente jodido para él, con un escollo a superar de la talla de Livin’ in Hysteria que, por supuesto, no podía faltar. De hecho, sin ningún complejo, advirtió que necesitaría nuestra ayuda. Sin dudarlo, se la prestamos, pero aun así, las pasó canutas. La caída de la homónima de su segundo álbum fue un auténtico bombazo de manos elevadas, cuellos ardiendo, y cánticos por doquier, y es que fueron putos temazos como este los que le otorgaron un valor diferencial a Heaven’s Gate respecto al batallón de bandas alemanas nacidas en aquellos años. Thorsten Müller aporreaba con pura energía, y el escenario presentaba un movimiento perpetuo, con el cantante aproximándose a nosotros, y Sascha y Bonny Bilski repartiéndose el solo, y haciéndonos vibrar a piñón en esas partes técnicamente más complejas. El buen rollo entre los músicos quedó asimismo patente en Hot Fever.

Sin dejar nosotros de cantar, Robert y Bonny se marcaban su fiesta particular a base de headbanging, miradas y coros con mucha ilusión. Herbie afilaba sus agudos en la parte final, que nos llevarían hasta otra de sabor muy, muy añejo, el más puro Heavy Metal clásico llevado a su máximo exponente como es Tyrant. Con la batería atronando que daba gusto, y esos riffs haciendo sacar humo de las cuerdas, los parones fueron calculados al milímetro, y Herbie dio el callo tirando de sus mejores registros. Todo se estaba pasando en un suspiro, la intensidad no dejaba de subir, y la comunión entre público y banda se encontraba ya en su punto más alto. Solo les hicieron falta los primeros acordes de esa Can't Stop Rockin' para que todos nos pusiéramos en marcha, miles de melenas cabeceando al unísono sin parar, al ritmo al que Thorsten machacaba implacable sus parches. Junto a los del bajista, nuestros coros sonaban fuertes y claros, aunque hay que decir que Herbie se volvió a quedar aquí muy justito en los agudos. Las limitaciones tenían que surgir en un momento u otro, y eso era algo que debíamos tener asimilado de antemano, pero quitando esos puntos concretos, lo cierto es que se desenvolvió como el gran cantante que no deja de ser.

Las revoluciones volvían al límite con Gate of Heaven, entre elevaciones de mástiles y un solo perfectamente clavado por parte de Bonny Bilski. Aquella que puso punto y final al acústico de forma pausada, sonó aquí como un trueno, en todo su esplendor, igual que sucedió con In Control del 1989. Herbie encontró en ella a su mayor desafío de la noche, y con ayuda de los coros y su experiencia, la llevó adelante como buenamente pudo. Una de las grandes triunfadoras del setlist en la que volvió a quedar patente esa gran coordinación entre Robert y Bonny, hombro contra hombro, mástil contra mástil. Solo restaba un último envite, que fue de lo más sorprendente e inesperado. La banda tiró de su particular versión de la conocida This Flight Tonight de Joni Mitchell, más conocida en el mundo del Rock por el cover que hicieron los Nazareth en aquel tremendo Loud ‘N’ Proud. Siendo esta la más acelerada de todas ellas, nos puso las vértebras a caldo con sus riffs cabalgantes bien sincronizados entre Sascha y Bonny, alternando partes más Hard y Heavy en un escenario (¿intencionadamente?) oscuro que no desentonaba con la noche que ya había caído.

¿Fue, en verdad, un concierto tan bueno como yo lo vi? ¿O en parte me nublaron la vista las incontenibles ganas que tenía de escuchar esos temas en directo con gran parte de sus miembros originales? Me encantaría saber vuestra opinión, pero sea como sea, lo que está fuera de toda cuestión es que me lo pasé como un puto enano.

Los siguientes ODC no me sonaron nada interesantes, y no estaba yo ya para muchos trotes. Planteándonos qué hacer, nos salimos del mogollón (la cosa empezaba a ponerse MUY agobiante) y nos acercamos hasta el borde del río a respirar un poco de tranquilidad, saludando de paso a la peña con la que nos íbamos encontrando. La temperatura en aquel momento era un gustazo, ya tocaba, después de haberlas pasado tan putas de calor. La alternativa era quedarse a ver a Doro, o directamente retirarse, pero al final optamos por disfrutar de la Reina del Metal en toda su gloria.

Doro:

La incombustible Doro Pesch regresaba a nuestro país por enésima vez (no creo que ni ella misma sepa cuántas veces ha tocado aquí), revestida de cuero, tachuelas y flecos, para saciar las ansias de sus seguidores. Si hablásemos de las personalidades más auténticas de nuestro rollo, pero auténticas de verdad, no cabe duda de que Doro figuraría en lo alto de un hipotético listado. Su absoluta devoción por el Heavy Metal, al que consagró su vida desde tan joven, su inconmensurable amor por los fans, que demuestra concierto tras concierto, y su incansable ritmo a la hora de componer discos y cantar en directo, la han convertido en una de las figuras más icónicas de la historia desde los tiempos de Warlock. Puede que esté ‘muy vista’, y tal vez su repertorio ha variado muy poco en los últimos, pongamos, 20 años, pero aun así lo sigue dando absolutamente todo cuando se sube a un escenario. Y eso es lo único que no debe cambiar jamás.

Llegamos con el concierto ya bastante avanzado, y nos acercamos hasta donde pudimos. El recinto estaba tan exageradamente petado que el escenario quedaba muy lejos tras aquel mar de gente. La idea era marcarse unos cabezazos con esos temas tan emblemáticos hasta cansarse, pero lo cierto es que aguantamos prácticamente hasta el final. Es lo que tiene Doro, te acaba enganchando y haciéndote partícipe de sus inmortales himnos casi sin querer. Hablando del setlist, me pareció que la mezcla entre canciones de Warlock y propias era más homogénea que otras veces. Llegamos, de hecho, con Fight for Rock, y ahí estaba ella, con los mismos movimientos de siempre, con su mismo empuje, y con el desbordante carisma que la hace única entre un millón. Los gritos de ¡Doro! ¡Doro!’ no cesaban entre tema y tema, y ella tan agradecida y amable como siempre, hasta que llegaba un nuevo tema y se convertía otra vez en la fiera que se come el escenario a bocados. Me alegré especialmente de llegar a tiempo de ver una de mis favoritas de su propia discografía, ese trallazo llamado Raise your Fist in the Air que siempre me trae grandes recuerdos, y que me incitaba a doblegar el cuello con cada estribillo al mismo ritmo con que Doro se asoma al público y lanza su melena hacia adelante.

Sus habituales guitarristas, Brey Hudson y Bas Maas, lejos de ser actores secundarios en esta función, ejercían su curro con muchísima pasión, rondando a la cantante, metiendo headbanging y apuntando arriba con sus mástiles. Músicos, sin duda, de una calidad más que digna de acompañar a la rubia alemana. El ambiente era sencillamente espectacular. Doro Pesch tenía a todo el mundo ya metido en el bolsillo, pero no es de extrañar. El nivel de sus conciertos, después de más de 40 años saliendo a escena, es intachable, tanto como su talento como vocalista. Continuando con su última época, apostaban por ese single solitario, Warriors of the Sea, para seguir caldeando el ambiente. Un tema muy facilón para arrancarnos coros, alentado por el continuo headbanging del bajista Nick Douglas y tremendos mamporrazos del infalible y polifacético Johnny Dee, que lleva ya casi 30 años en la formación.

Con la noche cerrada, y aquella algarabía que nos rodeaba, Für Immer fue un momento casi idílico, perfecto para terminar de redondear la atmósfera. Johnny contaba en ella con unos ecos para su batería que retumbaban en los cuatro límites del recinto. Mientras tanto, las palmas no dejaban de sonar y Doro hacía ejercicios de destreza vocal para sortear con mucha gracia los picos difíciles. La parte alargada, con frase en español incluida, resultó en un sonoro ¡¡Os quiero!! por parte de la artista. Pisándole al pedal de golpe, entraba como un tiro Fire in the Sky, mostrándonos a un Brey Hudson casi enloquecido, dando patadas vueltas y patadas en el aire entre los fogonazos que salían del escenario. La pasión escénica fue una constante también en Bas Maas y en Nick, que no pararon quietos ni a la de tres, dando una cera tremenda en Metal Racer. Su final empalmó con un solo de batería para lucimiento total de Johnny Dee, del que también nos hizo partícipes. Puede que fuese algo largo, pero al menos, fue más divertido de lo habitual.

Mas caña con Hellbound, y nosotros tan contentos, viviendo y gritando esos estribillos y melodías 100% ochenteras que Warlock nos dejaron para la posteridad. Lástima que no llegamos a escuchar nada del “Triumph and Agony”, mi preferido, pero cortes como la siguiente Revenge tienen poco que envidiarle. Doble pedal a muerte por parte de Johnny, y una Doro desquitándose a gusto con una letra que, según sabemos, tiene mucho significado personal para ella. Llevó su voz al límite, y ostentó una resistencia digna de quitarse el sombrero, entre el solo de Maas, y los fuegos de color rojo que adornaban la parte delantera. Tirando de la introducción de For Whom The Bell Tolls (Metallica), llegaba uno de los instantes más celebrados, la siempre fiestera All We Are, que también marcaba la recta final del show. Nos quedamos un rato canturreándola, viendo cómo los músicos apoyaban con coros, y cómo Doro sonreía con su mirada clavada en nosotros. Y en la parte más repetitiva (que taaaaantas veces hemos visto ya)… decidimos dar media vuelta, abandonar definitivamente El Plantío, e ir haciendo los 45 minutos de camino a casa. De haber sabido que después caería un tema que tanto me mola como el True As Steel, me habría esperado uno rato más. De todas formas, me da a mí que no tardaremos demasiado en volver a tener la ocasión de verla. ¡¡Larga vida a la Reina!!

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Haciendo un pequeño resumen de lo visto, este año me empleé un poco menos a fondo a la hora de ver bandas, sobre todo por factores parcialmente ajenos. En mi opinión, Hardcore Superstar y Heaven’s Gate se llevaron la corona de laureles en cuanto a directos, dejando lugares destacados para otros como los de The Poodles, Overkill o Doro. Ha sido un cartel bastante variado en estilos, en el que se ha colado por primera vez algo de moderneo (espero que no terminen haciendo como el Leyendas…), y han acertado de pleno al contar con algunos caramelos poco vistos, como es habitual en la política del festival. La forma en la que ha golpeado el calor ha sido terrible, salvo en ciertos momentos de nubes densas, y eso me ha condicionado más de lo que pensaba. La masificación empieza hacerse de notar más de lo deseable, y ha habido mucha gente a la que ni siquiera he visto, pero he disfrutado un montón de mis colegas de viaje, de los de festival, y de todos aquellos con los que he podido coincidir. Este año me he saltado las clásicas sesiones de ‘tapeo social’ por los barrios del centro, mayormente, porque no tenía ni un puto duro jeje. Pero es lo que hay: otro festival low cost para el currículum, ¡y yo ni tan feliz!

Las opiniones fueron casi unánimes. El Zurbarán Rock se ha salido de madre un año más, y eso ha sido gracias al incondicional apoyo del público, al enorme e impagable trabajo de las asociaciones responsables, y a la ardua voluntad de mejorar año tras año en todos los aspectos. El impacto al entrar por primera vez en el nuevo recinto me dejó asombrado debido a los cambios respecto a las anteriores ediciones. Lo vi irreconocible. Dos escenarios gigantes en lugar de uno y medio, un espacio inmenso con zonas techadas, varias barras de comida y bebida, personal eficiente y un sonido prácticamente de 10. Y por supuesto, como ya nos tienen acostumbrados año tras año, un cartel irresistible. Ahora bien. Yo creo que, llegados a este punto, deberían de reflexionar sobre el tema del acceso. A pesar de que el recinto de El Plantío (instalaciones deportivas para el resto del año) tiene unas dimensiones considerables, y puede acoger a muchísima más gente, este año ha llegado a límites de agobio ya similares a los macrofestivales. Me parece genial que quieran seguir creciendo y adoptando ese modelo, pero creo sinceramente que deberían plantearse empezar a cobrar entrada, aunque sea un precio simbólico, aunque solo sea por el hecho de poner un límite de asistentes. Porque si no… es muy probable que se les acabe yendo de las manos, como casi ha pasado en este 2026.

Sea como sea, lo positivo ha superado con mucho a lo negativo, y reconozco que ya estoy esperando en candeleta que aparezcan las nuevas confirmaciones para el año que viene. Con solo tres ediciones a las que he acudido, el Zurbarán Rock es un festival que se ha ganado mi cariño incondicional por su buen hacer y su esencia. Y mientras eso no cambie, me dé la cartera, y siga habiendo bandazas como las que siempre nos han ofrecido, allí estaré tan pronto como pueda volver.

_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_

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