
Después de cuatro días de intenso festival metalero, y una semana entera recordándolo a través de las pertinentes crónicas, uno acaba sufriendo lo que se conoce clínicamente (o al menos, debería) como síndrome de bajón post-festivalero, echando de menos los conciertos, la música y los colegas que han formado parte de ti durante tantas horas. Entre unas cosas y otras, volvía a llegar el fin de semana. Era viernes, y sentía que me faltaba algo, o que estaba pasando por alto una cita importante. Al consultar mi agenda personal (que cada vez está más vacía por temas de pasta), me di cuenta de que ahí estaba en letras grandes el nombre de Frank Suz, cuyo concierto se antojaba perfecto para sobrellevar un aburrido fin de semana. El Pub Dublín fue, en esta ocasión, el garito que iba a albergar su show, y sin pensármelo dos veces, cogí el coche y me planté solo en Gandía. El artista ibense presentaba allí, acompañado de su saxo, su Hammond, y unos músicos de lujo, el último lanzamiento de su carrera, ese flamante “Callos de Wagyu” que no ha dejado de alucinarme desde que lo escuché por primera vez. Si entre sus anteriores trabajos (“Inferno”, “Mambo Voodoo” y “Reza Todo lo que Sepas”) ya se apreciaba una notable diferencia en términos de sonido y estilo, en este último le ha dado vuelta y media a todo, sin renunciar a su reconocible personalidad compositiva, pero creando algo fresco y rompedor. Un trabajo puramente instrumental, producido nada menos que por Hendrik Röver y grabado en directo de estudio, en el que Frank se revela, además de cómo el consabido gran teclista, como un saxofonista nato a la hora de inundar cada pieza de trabajadas armonías, y melodías que ya llegan para quedarse desde la primera escucha.
Veranito de agosto, y Rock’n’Roll surfero, clásico y bailable de la mano de Frank Suz & the Crazzy 88’s… ¿hay algo más apetecible? Pues eso mismo es lo que íbamos a tener, en cantidad y calidad, en aquella calurosa velada. Y no sería yo quien me fuese a perder uno de los conciertos más esperados de esta extensa gira del artista, tal vez la mayor de todas en las que se ha embarcado desde que decidió emprender su carrera en solitario. Sin duda, una buena muestra de trabajo y reconocimiento a partes iguales.
Salí con bastante antelación, pues todas las veces que he estado en Gandía de concierto han sido fuera de temporada alta, y miedo me daba cómo podía estar aquello para aparcar. Contra todo pronóstico, no me costó demasiado, y eso me permitió ganar un rato de ventaja para charlar con los músicos antes de su actuación. Y con gente tan de puta madre, eso siempre es un maldito gustazo. Se acercaba la media noche, y la exagerada humareda que comenzó a abarrotar el local, marcó el punto de inicio del show.
Frank Suz & the Crazzy 88´s:
La banda, formada además por Nando Insidious al bajo, Teto Adán a la guitarra, y el nuevo batería villenense Javi, ya había tenido tiempo de probar ecualización e instrumentos, por lo que ahora fueron directamente, y con muchísimo aplomo, a por Iron Loto. Frank ocupaba la parte central, explayándose a gusto en sus movimientos con una soltura que no hace sino reafirmar que el escenario es su medio natural por defecto. El estancamiento y la repetición no existen en su diccionario creativo, y en directo lo demuestra improvisando detalles en el tempo y en las notas de sus instrumentos, como sucedió ya en los primeros compases. Sus temas enganchan irremediablemente a la primera, pero no me creáis a mí, sino a toda la peña allí presente que bailó este single en toda su duración. Fantástico pistoletazo de salida, que prosiguió con la alborotada Kappa Shake, arrancada por Javi a la batería. Teto lucía aún sus gafas de sol, y muchísima chulería, cuando las primeras notas de teclado hicieron su aparición… ¡y de qué manera! Frank maltrataba su teclado, sacudiéndolo en todas direcciones, tocando de esa forma tan característica suya y, siempre que tenía un momento, dirigiendo a su banda. Y no porque todo no estuviese meticulosamente ensayado, sino para dar forma a la cadencia justa en el momento preciso.
Hiroshima Boom fue una de las más directas, empalmada, y luciendo continuas subidas y bajadas de intensidad. Teto y Nando iban cogiendo también el punto de movimiento, y en su parte final, Frank pateaba con nervio el escenario sin dejar de soplar su saxo. Los bailes ya eran una constante en la sala, y nadie podía, ni quería parar. Tras meter un trago a su mojito, el mismo Frank presentaba Uzendayo, esta vez destapada por los acordes de Teto a la guitarra, cuya distorsión estaba en el punto justo que requiere este Rock’n’Roll surfero. Nando se encargó de sus coros, y entre saxo y sección rítmica hubo una coordinación excelente. De nuevo, el local se llenaba de humo en el momento justo en que todos nos arrancábamos con palmas para animar la parte central del tema. La banda estaba gustando, y mucho. Si bien el sonido desde la barra era realmente bueno (de los mejores que he escuchado en el garito), el frontman se quejaba de un acople en el micro de su saxofón, que yo apenas escuchaba, pero que en el escenario debía ser bastante molesto. Esto, sin embargo, no les impidió continuar a tope y descargar cada apuesta con la entrega al 100%, como sucedió con Yakuza Lovers.
Un tema que me flipa a lo grande, con ese rollazo casi onírico que le aportan las líneas de Hammond, y que Frank alternó con el saxo (y porque no tiene más manos, que si no…). Los punteos de Teto (¡vaya chulada de guitarra!), y los dibujos de Nando, también brillaron a gran altura. Continuaban desgranando ese suculento “Callos de Wagyu” (que desde aquí animo a todo el mundo a escuchar) con Kamikaze Blind, literalmente empalmada con la anterior, y esto último fue un recurso muy utilizado durante todo el concierto para que no decayese la marcha. En mi opinión, estuvimos ante uno de los más grandes momentos del concierto, por esos acercamientos entre Frank y Teto, por el feeling entre Nando y Javi (que se miraban buscando plena sincronía), y sobre todo, por esa fastuosa parte prolongada e improvisada. Sencillamente genial cómo ese Hammond vibraba y se nos metía directo al tímpano, o cómo progresaba esa meticulosa subida de intensidad tan bien formada que acabó conquistando a todo el mundo. Y es que, en eso de crear y modular las intensidades a su antojo, Frank es un verdadero maestro.
Aunque sea completamente instrumental, y por mucho que el conjunto se mueva dentro de un mismo estilo, los temas del “Callos de Wagyu” están plagados de matices, tiempos y armonías que les dan una grandísima personalidad, y de entre ellos, Sumbala destaca por esos aires más étnicos y orientales. Espectacular ese saxo de inicio, con el músico elevando el instrumento, arqueando la espalda y dejándose llevar por la pasión, al que se unió el resto de sus compañeros con toda su habilidad por delante, y los coros de Nando como extra. A gatillo, la enlazaron con Surfing Fukushima, que si no recuerdo mal fue el primer single de adelanto (no os perdáis el videoclip, jeje) por ser una de las más representativas del redondo. Era algo que ya se veía venir, que el escenario se le quedaba demasiado pequeño, cuando Frank ‘saltó’ de este para mezclarse entre la gente, sin dejar de tocar, y con el arrope de sus compañeros formando unas sólidas bases y arreglos. Las poses y enorme clase de Teto alimentaban el espectáculo, y Javi se marcaba una de sus mejores actuaciones con gran precisión. Me pareció, en este primer contacto, uno de los mejores baterías que han pasado por la banda, con la lección muy bien aprendida, y siguiendo en todo momento a Frank con la mirada para no fallar un solo compás.
Este último presentaba a sus compañeros, y hacía mención al merchandising, momento que precedió a la llegada de una de mis favoritas, ya no del último disco, sino de toda su carrera: The Revenge of the Renegade Samurai. Bailable hasta la extenuación, fue una de las grandes triunfales del repertorio, y la gente se arrancó con ella más que nunca, con palmas, contoneos y mucho entusiasmo, siguiendo esa cadencia tan viva. Personalmente no podía parar, y su final fue de órdago, con esos teclados a toda hostia que competían con la batería de Javi por ver quién sonaba más ruidoso. Fue aderezada, al final, con una improvisación de saxo, de la cual se escapó por ahí un amago del In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, y no se permitieron ni un segundo de descanso para unirla con Atomic Organ from Hell… ¡otra de mis grandes favoritas! Cuando el tema metió la directa, Frank se vino arriba, poniéndose de rodillas y, más que tocando, aplastando las teclas con sus dedos al mismo ritmo al que Javi machacaba sus parches. La cosa en el Dublín estaba que ardía, y no era para menos, porque la banda se estaba marcando un conciertazo mayúsculo. Para relajar un poco los ánimos, y mostrar la vertiente más intimista del disco, Vampire Nights fue la elección perfecta.
Un corte que me transmite a raudales, casi ambiental comparado con la caña que irradian otros, y con la sutileza en sus melodías por bandera. En muchas de sus partes mandaba el bajo de Nando, que sin parar de cabecear, no falló ni una de esas notas que tan bien sonaban. Igualmente, los cambios de intensidad estuvieron muy bien llevados por Javi, que se adaptaba a las directrices que le marcaba Frank en algunos momentos. El primer adiós no coló, y el Rock’n’Roll continuó rugiendo, pero esta vez, con una canción nueva que fue la gran sorpresa del repertorio. The Killer Wasp, que así se llama, nos volvió a meter la marcha en el cuerpo, y tras imitar el zumbido de la avispa con su saxo como parte de la melodía, Frank se desmadró saliendo del escenario, y terminando de ‘surfear’ el tema desde encima de la barra, para jolgorio y deleite del personal. Ahora sí, la despedida iba en serio, pero ante la insistencia de todo el local (‘¡otra! ¡otra!’), no tuvieron más remedio que sacarse el último as de la manga con S.O.S Rock and Roll, puro surfin’ Rock guitarrero en donde las cuerdas de Teto tuvieron una gran importancia, las percusiones de Javi, entre el surf y el jazz, nos pusieron a movernos hasta el final, y las teclas de Frank, compaginadas con el saxo, remataron la faena a lo grande, dejando solo el ensordecedor sonido de los aplausos con los que nos despedimos de ellos.
Uno de esos conciertos que te motivan a ir, a sabiendas de lo que vas a disfrutar, y te mantienen bien despierto y contento para la vuelta a casa, que en mi caso, fue poco después de terminar, pero no sin antes despedirme de todos ellos y darles mi enhorabuena por un curro tan bien hecho. Debo insistir: si los Frank Suz & The Crazzy 88´s pasan cerca de tu ciudad, no dudes en darle una oportunidad a su concierto, porque a partir de ahí, te aseguro que no será la última. Para finalizar, muchas gracias al pub Dublín de Gandía por contar con ellos y dejarnos otra noche de Rock’n’Roll para el recuerdo, y a los propios músicos por su amabilidad.
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