Conforme se acercaban las fechas de este Leyendas del Rock 2026, el “no” era cada vez más inevitable por diversas circunstancias. Debido a la parcial desilusión que me llevé con el cartel (entre otras cosas) de la edición 2024, en donde ya se atisbaba claramente el cambio forzado hacia estilos musicales más modernos, decidí que el 2025 le daría la espalda a un Leyendas al que, hasta entonces, solo había faltado en dos ocasiones. Fue una elección totalmente libre, meditada, e impulsada por un cartel que ni de lejos me merecía pagar el (en mi opinión) exagerado importe que ha alcanzado la entrada. Y aunque tuve la oportunidad por medio de varios colegas, ni siquiera compré la de esta presente edición. La cosa es que, en el adelanto, ya figuraban nombres gracias a los cuales el conjunto cobrara algo más de brillo e interés que el del pasado año, como Dark Moor, Hardline, Black Label Society, Dark Tranquillity o Chez Kane, por supuesto mis idolatrados Helloween, y muy por encima de todos ellos, los legendarios Savatage, a quienes me moría de ganas de ver desde que anunciaron su regreso a los escenarios. Ahora bien, ¿merecía la pena pagar casi 200 pavos solamente por 6 o 7 bandas? Para mí, ni de coña. Ni siquiera teniendo en cuenta que Villena me queda a 20 minutos de casa. Así pues, parecía que este año tampoco habría Leyendas, y de hecho, a una semana de la celebración, ya prácticamente lo había descartado. Tampoco es que me estuviese muriendo de pena, francamente, pero no voy a negar que seguía picándome el gusanillo de las mencionadas bandas y de alguna que otra más. Sin embargo, tres escasos días antes, se me puso a tiro una entrada a precio de salida ‘early’ que no quise rechazar.
Así pues, antes de continuar, agradecer a David de Alcoi que me la dejase por ese precio, cuando mucho iluso seguía vendiendo su abono a más de 200 euros incluso ya iniciado el festival (más de uno se lo comería con patatas). Sabía de antemano que allí me iba a cruzar con muchíiiiisim@s colegas, y disfruté todos y cada uno de esos encuentros, pero por supuesto, también me gustaría lanzar un agradecimiento masivo a mi amigo Kurro por haber compartido conmigo prácticamente todo el festival codo con codo. Igualmente, un saludo muy especial a Inma, Aitor y Chely por ser compañía y parte fundamental de esos momentos de charla y relax.
Nuestro primer contacto con la zona de acampada fue el martes, donde nos montamos el fortín más completo y espectacular de la historia del Leyendas, con toldo, malla de sombra, sofá cama, mesita, furgoneta y una nevera siempre llena de birras frías, requisitos imprescindible para sobrevivir los largos ratos del festival en los que no me interesaba ningún grupo. Pero ojo, porque el primer día (miércoles), la cosa empezó muy potente, y sería para mí, con mucho, la jornada más intensiva de las cuatro. Debido a un inevitable retraso, tuve que perderme la actuación de los Tailgunner, a quienes por suerte ya vi en enero teloneando a Hammerfall. ¿Cómo iba, entonces, a comenzar este Leyendas del Rock 2026 para mí? Desde luego, no con pataletas, gorraplanas y dilataciones estilo calamar a la romana, sino con auténtico Rock’n’Roll del que hace honor al nombre del festival, de parte de Thundermother.
Thundermother:
Aprovechamos el inicio para guardar cola y poder pillar las entradas del año que viene, pero mientras tanto, no le quité ojo de encima al concierto. Thunderous y Loud and Free, cantidad de marchosas y eléctricas, notas con feedback y un ritmo que nos atrapó de inmediato, fueron las primeras apuestas de las suecas, que como jovenzuelas, se desplegaban y desenvolvían por todo el escenario como si estuviesen en su propia casa. Nada mejor que abrir un festival con otros temazos de la talla de The Road is Ours, de evidente influencia ‘Rollingstoniana’ y gran fluidez, tanto en la batería de Joan Massing como en esos coros que daban sus tres compañeras, y que le dotaban de un rollo muy soul. Ya en nuestros puestos, preparados y listos, pudimos disfrutar del guitarreo ardiente de Take the Power, una de las más cañeras hasta ahora, con muy buenos agudos de Linnéa Vikström, que ya cumple tres añitos en la banda, y unos cuantos cruces entre esta y la guapísima bajista Majsan Lindberg, que nos dejó a todos embobados con sus dotes escénicos. Los riffs rockeros y adictivos eran una constante, ya fuese en Can't Put Out the Fire o en I Don’t Know You, aunque en esta última también dejaron ver su vertiente más melódica y pausada.
Tras un sentido We Love You!!! de parte de Linnéa, Majsan y Joan establecían los primeros compases para meternos de lleno en I Left My License in the Future, otro estribillo cojonudo que pocos pudieron dejar de cantar, aderezado con buenos coros, y con la guitarra extra que se colgó la cantante, que mantendría durante unos cuantos temas. La intensidad creciente dio un paso adelante con Dog From Hell. Las armonías vocales con las que guitarrista y bajista apoyaban a la cantante, y el solo de Filippa Nässil, centrándose en el escenario y lanzando gestos al público, bordaron un corte al que sucedió, con brindis incluido, Cheers. Pero la guitarrista y líder de la banda, Linnéa Vikström, no se quedó tan solo en unos tragos, sino que además, empleó la botella para tocar con ella su instrumento, metiendo ruido y distorsión a saco. Un pequeño parón para cambiar guitarra y hablarnos sobre el actual tour, y seguía la fiesta con Whatever, adelantándose las tres músicas en línea hacia adelante. El tema dio para mucho. Majsan Lindberg nos hacía llegar toda su sensualidad y gran voz cantando partes del tema, apuntándonos con su bajo rollo Steve Harris, y Linnéa se subía a la plataforma de la batería para romper la calma con un estridente grito.
Un guiño instrumental a The Trooper (Iron Maiden) para subir aún más los humos, empalmó con Speaking of the Devil, que fue una auténtica danza de cruces y cambios de posición entre ellas, destacando el gran trabajo vocal, y el subidón final protagonizado por Joan Massing. No cederían más a la calma, ya que Try With Love salió como un tiro, y puso a cantante, bajista y guitarrista de rodillas mientras la batería ejecutaba unos redobles de lo más potente. Filippa Nässil tuvo un pequeño momento de lucimiento en solitario, al límite del escenario, con su solo de guitarra, que en seguida se convirtió en Hellevator. Al tiempo que se marcaba unos coros, Majsan también daba unos paseítos bien coordinados con su compañera a las seis cuerdas, desmarcándose como las grandes destacadas del concierto. Recordándonos lo mucho que nos querían, y el gran honor que suponía para ellas repetir en el Leyendas del Rock, lanzaron al galope Driving in Style, plagada de movimientos sexys, algún restregón por el suelo, riffs fulgurantes y mucha cercanía de sus componentes, tanto entre ellas, como con el público. Lo dicho. Un comienzo que, a falta de haber visto a los Tailgunner, fue difícilmente mejorable para un servidor.
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Orbit Culture:
El atrezo que mostraron en el escenario fue, sin duda, uno de los más vistosos de todo el festival, con un gigantesco telón de fondo, varios verticales más pequeños, y focos de luces de colores. La introducción retumbaba a lo bestia, mostrándonos el camino que iba a tomar el concierto en cuanto a sonido: una auténtica barbaridad. No tuvieron que hacer más esfuerzo que arrancar con Death About Life, y ya tenían a todo el mundo destrozándose los cuellos, que por suerte, todavía estaban en buen estado. Y es que ese riff… ¡joder! Implacable de todas, todas. Con algún elemento extra sampleado, las guitarras sonaban con una fuerza, una distorsión y un impacto que dejaron a más de uno boquiabierto en tan solo unos segundos. El vocalista Niklas Karlsson gritaba aquello de ‘make some fucking noise!!’ para emprender la segunda parte del tema y su aplastante ritmo. The Storm hizo honor a su título. Guitarras muy densas y pesadas no tardaron en crear moshpits importantes, con una afinación extremadamente grave y una electricidad que lograba hacerte zumbar los tímpanos. La atronadora batería a cargo de Christopher Wallerstedt también tenía su papelón, y tras incitarnos a dar saltos, golpeaba duro en The Tales of War. Eso sí, a veces la saturación era tan intensa que podía llegar a resultar incómoda.
Eso no frenó a nadie, y los gritos del público se escuchaban cada vez más fuertes, tal como las voces limpias que daba el bajista Fredrik Lennartsson, y que ponían el puntito ‘melódico’ (si es que eso existe en la música de Orbit Culture). Ritmos cruzados, una pegada grandiosa y unos riffs de locura continuaban sucediéndose en North Star of Nija, sobresaliendo un doble bombo que era más bien un muro de destrucción masiva. Con From the Inside llegó el que, para mí, fue el momento cumbre de lucimiento del vocalista Niklas Karlsson, que además de castigarnos con sus demoledores riffs, mostró un aguante envidiable en esos maratonianos fraseos graves y amenazantes. Me encantó ese cambio al final del tema, creando algo distinto, ayudándose también de partes disparadas, mientras el circle pit no dejaba de crecer y crecer peligrosamente. Los gritos de ¡¡Orbit Culture!! a granel no fueron inmerecidos, y es que aquí nadie se quedaba atrás: cada cual brilló al máximo en su rol. De nuevo mirando hacia su último álbum, “Death Above Life”, nos deleitaban / trituraban los tímpanos y las cervicales con Bloodhound en esa demoníaca y machacona atmósfera que continuaban haciendo grande. Tremendamente brutal fue ese breakdown, que poco después sucedió a Rasen, tema que dio título a su segundo CD.
Richard Hansson, a las seis cuerdas, se abalanzaba hasta la parte delantera del escenario, y apoyándose en un monitor, se metía unos melenazos salvajes que acompañaban perfectamente al implacable ritmo marcado por Christopher Wallerstedt. De este, escuchamos también algún amago de guitarra limpia, que rápidamente enmudeció bajo la matraca de While We Serve y su avasallador doble pedal, que sonaba sin compasión. Motivado por este y otros factores, un wall of death era el reflejo de cómo estaban los humos entre el público, y desde arriba, el bajista Fredrik Lennartsson daba caña y nos miraba con semblante satisfecho. Ni siquiera paraban para dejarnos asimilar los momentos, y Hydra saltó con partes de blast beats y unos riffs como cuchillas. Por si fuese poco, Niklas echaba más leña al fuego, vociferando, gesticulando, y más tarde, dedicándonos unas sentidas palabras antes de dar la estocada final con Vultures of North. Y yo no sé si lo que el batería Christopher Wallerstedt pretendía era dejar su instrumento hecho trizas, pero a buen seguro que, en esa recta final, estuvo a punto de conseguirlo con esa pegada tan agresiva. Muy, muy recomendables Orbit Culture, sobre todo, si te molan los riffs ultra densos y lentos, las afinaciones gravísimas, los growls más terroríficos, y una distorsión al límite de la salud auditiva.
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Black Label Society:
Mientras sonaba el opening de Dragon Ball Z (sí, habéis escuchado bien), podíamos apreciar ya el espectacular montaje escénico, y la no menos vistosa decoración del soporte del micrófono principal, y posteriormente, tras la escucha del War Pigs, los músicos no tardaron en salir a escena con las campanas de fondo que anunciaban esa primera Funeral Bell. Humo a chorros para recibirles y un sonido todavía un tanto difuso, algo que no impidió que la banda, especialmente el inconmensurable Zakk Wylde, mostrasen su mejor cara. Los ritmos al trote y las poses más enérgicas nos llevaron hasta Name in Blood, no sin antes suceder el primer cambio de instrumentos. Y para no estar toda la crónica repitiéndome, solo decir que Zakk ostentó un modelo diferente en prácticamente cada tema. Esta vez tirando de feedback y unos ritmos muy contundentes, comandados por Jeff Fabb a la batería y John DeServio, con su bajo de cuerdas verdes, el frontman subía a la plataforma delantera con el mástil en alto para darnos a probar las mieles de su habilidad con la guitarra, pero esto solo sería el principio. La potencia se disparó en Destroy & Conquer, mientras la peña se iba sumergiendo en el concierto poco a poco. Extrañamente, pudimos coger un buen sitio, con excelente visibilidad, y sin agobios, algo que no hubiese imaginado tratándose de Black Label Society.
El fuerte regustillo a Stoner en los riffs pantanosos (especialmente la última parte), y el virtuoso solo compartido entre Zakk y su ya inseparable Dario Lorina fue elevando la temperatura. Cambiaron las tesituras en Love Unreal, que si bien me parece un buen tema, igual sus aires melancólicos no fueron lo mejor para mantener la intensidad, y aunque llevaban buen ritmo hasta el momento, la cosa todavía no terminaba de estallar como estaba previsto. No interpretaron esa introducción de arpegios en vivo, pero lo que sí resonó a todo volumen fueron las cuerdas de Zakk Wylde y Dario, destacando enormemente en sus respectivos papeles. Riffs ondulantes y petados de wah que nos iban sumiendo en un trance cada vez más profundo del que nos sacaban ocasionalmente esos manguerazos lanzados desde la valla. Mientras el bajista golpeaba enérgicamente sus cuerdas con el pulgar, hubo un corte abrupto en el sonido, algo que me alarmó bastante (sobre todo, tratándose del Leyendas), pero que afortunadamente quedó en una anécdota. La peña, poco a poco, iba coreando más los temas, y Zakk lucía ahora su modelo de guitarra más conocido, el de los círculos concéntricos. Desde lo alto de la plataforma, nos miraba con los brazos cruzados, deleitándose con el griterío, y proponiendo un juego vocal. Un pequeño y simpático paroncete que prosiguió con Heart of Darkness.
El sonido no me pareció excelente en ningún momento, pero tal vez aquí llegó a sus mayores niveles de calidad, y pudimos escuchar con bastante definición esos registros más rasgados y gritones del vocalista, que no dejaba de zarandear su guitarra durante el solo. Desde luego, de estos últimos tuvimos para parar un tren. Cuando Zakk se centraba ante nosotros, se abría de piernas y agitaba su melena, era el momento de callar, escuchar con atención sus virguerías, y empaparse de su enorme habilidad, actitud y contundencia, tres de las principales cualidades que le han hecho llegar a donde está. Su figura impone, su mirada intimida, y sus formas sobre el escenario son salvajes e impredecibles. En este Leyendas, a pesar de ser en general uno de los más flojos en los que he estado, hubo momentos de ponerte la piel de gallina, y la caída del No More Tears fue uno de los mejores. Empalmada con la anterior, cantamos a pleno pulmón hasta los punteos de su inicio, en todo un estallido de emociones, recordando una tragedia todavía muy reciente: el adiós de nuestro amado Ozzy Osbourne. No fue extraño ver, entre las primeras filas, algunas lágrimas brotando sin remedio. El solo del guitarrista principal, ejecutado con muchísimo feeling, contribuyó a ello, y volvía a saltar a la plataforma para regalarnos esa Set You Free (con arpegios de nuevo disparados) de su “Doom Crew Inc.”.
No fue de las más celebradas, pero los constantes cruces entre John y Dario, y el ostentoso solo de Wylde en primera línea de ataque resultaron motivadores. La parte más intensa del show, sin duda, llegó con Fire It Up, y de forma inmediata, surgieron las palmas de entre el público, cientos de puños en el aire, y un montonazo de globos cayendo sobre nuestras cabezas que pusieron el toque festivo. Para mí, lo mejor fueron esos solos alargados, primero tocados de forma ‘convencional’ (que no es poco), y después de espaldas, perfectamente coordinados y a toda hostia, Zakk y Dario, codo con codo, en una impresionante sacada de rabo que nos dejó ojipláticos. Ahora sí, supieron aprovechar de maravilla la cresta de la ola para descargar uno de sus cortes más míticos, nada menos que Suicide Messiah, y más allá de los cánticos, de su envolvente melodía, y de su fangosa cadencia, me molaron esos virtuosos punteos del bajista John DeServio, y ese aguante de Zakk en lo vocal. La sorpresa la puso una tercera persona, que subió al escenario con un megáfono a cantar partes de la letra. La última guitarra que mostró el cantante fue, posiblemente, la más espectacular de todas. Con ella, y bajo las imágenes proyectadas en pantalla del inmortal Ozzy Osbourne (porque sus temas estarán siempre con nosotros), improvisaron un fragmento instrumental que derivó en Stillborn, para jolgorio del respetable, siendo su último asalto de la tarde.
En momentos puntuales, Zakk no mostró su mejor faceta vocal. El setlist pudo ser mejor, igual que el sonido. Puede que me gustasen más hace cuatro años en el Rock Imperium, pero aun así, muy buen concierto en el que yo al menos disfruté como un cosaco. Y es que con musicazos de tamaño nivel, es muy difícil no hacerlo.
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Y vaya por delante que no voy a hablar de un concierto sumamente perfecto, porque no lo fue. Hubo varias cosas mejorables, a nivel de rodaje, a nivel de repertorio, a nivel de sonido, etc. Pero ya os digo que las emociones que lograron despertarme algunos momentos y canciones… fueron de las más poderosas que he vivido jamás delante de un escenario. Como sucedió en Black Label Society, había huecos incluso en la parte delantera donde poder situarse con comodidad. Y, o bien la gente es muy ignorante, musicalmente hablando, y no saben apreciar lo que supone estar ante el regreso de estas leyendas del Heavy Metal… o sucede algo más que se escapa a mi entendimiento. Pero qué diablos, más espacio para nosotros.
Savatage:
Una guitarra se elevaba ante un muro de piedra en la pantalla mientras, disparada, sonaba Morphine Child, y las ganas contenidas estaban a punto de hacer explosión. Han sido muchos años esperando este momento, y por fin, con Dead Winter Dead, empezó a espolvorearse la magia. Al fondo, los dos (sí, dos) teclistas de directo, Paulo Cuevas y Shawn McNair se encargaban de dar las primeras notas a la par que, ante un gran alboroto, entraba el gran Zak Stevens. Entre contundentes riffs y animaciones en pantalla que iluminaban el escenario, los ‘¡eh eh!’ salieron inmediatamente de entre el público, alentados por el carismático vocalista, que estuvo muy dado a animar el cotarro en todo momento. Jesus Saves, para mí, fue un auténtico pelotazo, y es que, aunque soy consciente de que no fue su mejor trabajo “Streets: A Rock Opera” fue mi primer disco de Savatage, y le sigo guardando mucho aprecio. Las palmas del respetable continuaban incesantes, mientras Zak y el guitarrista Al Pitrelli (¡ojo!) se apoyaban entre ellos en medio del escenario. Pronto ocuparía esa misma posición el gran Chris Caffery para dar paso, tras su solo, a la potente Taunting Cobra, pura esencia noventera de la segunda etapa de la banda.
Los músicos empezaban a soltarse, pero lo de Shawn McNair, golpeando su teclado a puñetazos, ya fue toda una declaración de intenciones. El montaje lucía estupendo. La pantalla se aprovechó a cada instante (y no nos podíamos ni imaginar lo que emitiría un buen rato después), y las luces estaban a la altura del espectáculo. El vocalista saludaba y presentaba a su compañero Johnny Lee Middleton, bajista y corista, antes de arremeter con The Wake of Magellanes. El tema título del penúltimo LP que grabaron nos ofreció partes más progresivas, pulcramente interpretadas, en donde destacó ese solo de Pitrelli, mientras los teclados establecían las segundas líneas musicales. Unas teclas que también cobraron mucho peso en Strange Wings, de las más celebradas hasta el momento. Cualquier corte de sus primeros tiempos, nos sabía a gloria bendita, y cuando anunciaron uno relativo al mar, muchos ya intuimos que se trataba nada menos que Sirens, en la que no faltó detalle. Después de dar sus arpegios limpios, Chris Caffery, al que se le veía con bastante energía, se lio a dar botes, y mientras tanto, a sus espaldas, sus compañeros se cruzaban a la carrera.
Todo el movimiento, incluyendo también el de Z. Stevens, fue motivando más y más a la peña, que respondía con palmas y cantando cada estribillo. Como digo, no éramos tantos como esperaba, pero desde luego, estuvimos entregados al 100%. Caffery, dando coros de forma efectiva, no nos quitó ojo en Lights Out, pendiente de lo bien que lo estábamos pasando. Como anécdota, las luces estuvieron muy bien acompasadas, apagándose tan punto llegaba el estribillo. Aquí hubo un cambio completo de instrumentos para Chris, Johnny y Al, que siguieron metiendo cera, ahora con la lenta pero agradable Handful of Rain, de uno de mis discos favoritos. Desde luego, el que también lo estaba pasando en grande era el teclista Shawn McNair, que no dejaba de dar cabezazos y despatarrarse con cada pulsación. Gran tema, que precedió a uno todavía más esperado, y sin salir del mismo disco. Una imprescindible como Chance permitió a los músicos explayarse en todo su talento, dejándonos esos correteos de Johnny, los magníficos coros de Chris, y la soberbia entonación de Zak que, personalmente, creo que se salió en este tema. Al final, los riffs volvían a golpear duro en esa parte más operística, mientras la pantalla se llenaba de banderas del mundo. La coordinación entre músicos fue loable, pero más a nivel técnico que escénico.
Entonces… ocurrió. Zak, y sus compañeros nos dejaron con un mensaje. Un mensaje del mismísimo Jon Oliva, tras el cual, por pantalla, él mismo interpretó las primeras notas de Believe. Recordarlo incluso ahora me pone los pelos de punta. Pero en ese instante… fue un auténtico reventón emocional ante el que no pude contenerme, y no me voy a andar con eufemismos al decir que lloré a moco tendido, como pocas veces me ha pasado en un concierto. La entrada de la banda en formato ya eléctrico, las imágenes de Criss Oliva, ese contexto tan brutalmente emotivo, esa melodía tan ensoñadora… fueron sencillamente demasiado como para aguantar las lágrimas. Os aseguro que no fui el único a mi alrededor, y al menos yo, siempre lo recordaré como uno de los momentos más mágicos que he vivido en cualquier concierto. Porque sí, al final Helloween dieron para mí el mejor concierto del festival, pero estos cinco minutos en concreto… fueron imposibles de superar. Todavía convaleciente de semejante impacto en las tripas, ‘volví a la Tierra’ con Gutter Ballet de la mano de ese solo flipante de Al Pitrelli, y las no menos evocadoras teclas de Shawn, que al rato empalmaron sin tregua con la tope cañera Edge of Thorns.
Conforme el concierto había ido avanzando, el sonido se fue asentando, y aquí todo llegó a sonar realmente bien y compacto. Los instrumentos se distinguían perfectamente, sin interferencias ni solapamientos, y para mí, Jeff Plate se coronó aquí con su mejor actuación de la noche en la batería. Un currazo tremendo, sin desmerecer esa chulería con la que Johnny (sudando a mares) se desenvolvía, o el virtuoso solo de Caffery. Desgraciadamente, la cosa iba llegando a su fin, pero todavía quedaban sorpresas. Y una de las mayores, fue Power of the Night, que no me esperaba para nada. Rugían de nuevo las guitarras con furia, sobresaliendo en esta ocasión el bueno de Zak Stevens, que siempre relevó a Jon Oliva con mucha dignidad. Un 10 para todos ellos, por no perder tiempo, y pasar sin descanso a Hall of the Mountain King que, como podréis imaginar… fue otra explosión de adrenalina generalizada. Con Paulo Cuevas levantando su puño, el bajista alimentando el desmadre, y Caffery acercándose a primeras líneas, en ningún otro momento se escucharon tan fuertes las voces del público, dejando entre unos y otros un final de reverencia. Sí, igual que la que les brindamos tras la última nota: gritos de ¡Savatage! ¡Savatage!... hasta quedarnos sin voz.
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Chained Saint:
Fue mi colega Kurro quien me los recomendó, y de verdad mereció mucho la pena acercarme a verles, en mi primera incursión del festival hasta el escenario New Rock. Chained Saint es una jovencísima banda, tanto en cuanto a carrera como en la edad de sus músicos, proveniente de las costas de Florida. Pese a tener tan solo un disco en el mercado, y algunos singles grabados, ya han captado la atención de dioses del Metal como Dave Mustaine o Rob Halford, quienes les han definido como posible parte del futuro del Thrash. Ahí es nada. Su esfuerzo durante estos dos años que han estado activos, y su proliferación en distintos festivales, hacen que su nombre ya no sea un gran desconocido, y en el Leyendas del Rock 2026, demostraron de qué pasta están hechos. Cuando llegué a la carpa, ya estaban liando la del copón. Su vocalista, Sean Sterling, se desataba como un auténtico torbellino sobre las tablas, agachándose, dando bandazos, metiendo headbanging y recorriendo cada centímetro del espacio disponible. Este se descamisaba del tirón, para proseguir con la mandanga, arropado en todo momento por unas guitarras cortantes, unos bajos poderosos, y unas baterías rápidas y mortíferas de puro Thrash clásico, nada de breakdowns, bermuditas ni chiquilladas varias. Riffs y solos desmadrados como los de Dark Side of the Cross hicieron estragos, con un sonido muy a lo Testament en este corte que provocó empujones y altercados varios entre las primeras filas.
Con una batería a cargo de Cameron Cottrell que daba comienzo como una jodida locomotora, y el bajista Sebastian de Avila partiéndose el lomo, podíamos disfrutar, además, de un sonido bastante decente en la siguiente Free Reign, que se pudo aplicar a todo el concierto (cosa rara, en este escenario). No solamente incluyeron cortes de su “Blindside” en el repertorio, que por cierto, fue producido completamente en analógico por William DuVall (Alice in Chains). Igualmente, tuvieron a bien presentarnos algunos nuevos, como Rize, que fue otro envite de furia contenida, partes casi blast beat a los parches, y unos gritos extra graves por parte de Sean. Los saltos, subidas a plataformas y carrerillas eran constantes, desplegando toda su energía a marchas forzadas para impedir que aquello se enfriase ni un ápice. Y vaya si lo estaban consiguiendo, porque cada vez más peña se acercaba delante. Hasta las luces del escenario enloquecían a parpadeos cuando llegaba Animosity, una que me gustó especialmente por sus partes más complejas, y tan bien llevadas al directo. El cuello del guitarrista Ethan Kahn (al igual que sus cuerdas) sacaba humo, y tampoco se le vio parar quieto ni un segundo, completamente entusiasmado y metido en su papel. Por desgracia, el tiempo jugaba en mi contra, ya que quería ver el concierto completo de Sepultura, así que a golpe de headbanging, me fui alejando de allí para buscar a mi colega de parranda, que debía andar ya por el escenario principal. Allí mismo, también me encontré con otras colegas como Tere y Lluïsa, dispuestas a darlo todo.
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Sepultura:
Se valieron de War Pigs (al igual que Black Label Society) y de Polícia (del grupo Titãs) como introducción, y tras un brevísimo calentamiento, y un ruido infernal muy apropiado, saltaban al ruedo con Inner Self, así, sin vaselina. A Andreas Kisser se le vio (y con creces) lleno de energía, con melenazos constantes y esa tremenda actitud que no ha perdido a lo largo de los años, mientras el vocalista hacía lo propio dominando las primeras líneas del escenario. Distintas imágenes y animaciones por pantalla acompañaban a los temas, y a veces, alguna pequeña pista disparada, como pasó con All Souls Rising. Batería a muerte, y excelentes coros por parte de Andreas no bajaron precisamente el ritmo en aquel frenético inicio, abriendo ya grandes espacios que se llenarían posteriormente de bofetones, topetazos varios, y gritos de ¡Sepultura!, ¡Sepultura!. Saltando hasta su “Arise”, mi disco favorito junto al “Beneath the Remains”, nos estampaban en todo el jeto la tralla de Desperate Cry, sin ningún tipo de piedad. Los cambios rítmicos estuvieron perfectamente plasmados, incluyendo esos arpegios acústicos de guitarra, y las partes finales de batería simplemente espectaculares. Actualmente, y desde hace un par de años, es el jovencísimo Greyson Nekrutman quien empuña las baquetas, tras la marcha del titánico Eloy Casagrande a Slipknot. Y si queréis mi opinión, lo hizo de puta madre, entregando hasta la última gota de sudor en cada asalto.
El siguiente, correspondió a Kairos, accediendo a terrenos ya más modernos, pero sin perder de algún modo esa brutalidad y contundencia intrínseca a la banda. De hecho, su estribillo fue gritado como un clásico más, seguramente envalentonados por Andreas Kisser, que no dejó de provocar con ademanes de principio a fin. Más actual todavía, llegaba Means to an End, y Derrick Green se ensañaba a gusto con ella, berrido tras berrido, pateo tras pateo, un hombre que es puro nervio e inquietud y sabe transmitirlo después de tantas décadas al frente del conjunto. Y es que, por muchos cambios que haya habido a lo largo de los años en su formación, y por muchos distintos caminos musicales que hayan tomado, nunca nadie podrá negar que Sepultura es la banda de Metal más importante e influyente jamás nacida en Brasil. Eso es algo que no está abierto a debate. De regreso al show, esos sonidos tribales pregrabados nos acercaban irremisiblemente a Attitude, del disco que, para bien o para mal, marcó un punto y aparte en su carrera (“Roots”).
Y más que llegarían de este último, pero tendríamos que esperar hasta el final. Lo cierto es que, al principio, me vine bastante arriba con el setlist escogido, pero de un rato a esta parte, me sentía algo desubicado. The Place, con introducción disparada, y esos tonos tan bajos y calmados en su inicio, no cambió precisamente mi estado. Entiendo que quisieran dar cancha a material nuevo, pero temas como este fueron un bajón considerable. Por suerte, el arranque final volvió a despertar la jarana, y tras este, Andreas Kisser nos comentaba, en perfecto castellano, lo que salía por pantalla. Eran imágenes de estudio de los días del “Chaos AD”, del que curiosamente rescataron la instrumental Kaiowas. La sorpresa llegó cuando un segundo guitarrista, portando una acústica, se unió a la banda, y fue seguido de mucha más gente que se apuntó a la fiesta aporreando tambores al frente del escenario. No fue como aquel espectáculo de Sepultura and Les Tambours Du Bronx que presencié en Wacken 2012, pero tuvo su gracia como acto extraordinario. Y por supuesto, también contaron con el apoyo del público. Los primeros guitarrazos de Dead Embryonic Cells… joder… ¡ahí sí que me dieron en todo el hígado!
Vuelta de golpe al sonido más burro y thrasher de aquellos primeros Sepultura que tanto me molaban, batería tormentosa, y un solo absolutamente frenético y apasionado de parte de Kisser. Volvían los moshpits, y volvían los puños arriba en todo el recinto. Andreas sería también el gran protagonista de Beyond the Dream, mucho más contenida pero musicalmente interesante gracias a los arpegios y el inmenso feeling que destilaba el hacha de São Paulo. Las imágenes de la pantalla le daban como un toque psicodélico extra. Pero a partir de aquí, se acabaron los medios tiempos, las experimentaciones y los vaivenes rítmicos. Empalmada nota con nota, Territory llegó como una de las mayores locuras del show, con peña saltando y berreando como si no hubiese mañana mientras Derrick Green se dejaba las cuerdas vocales en ella. Si bien el bajista Paulo Jr. se mostró más sosegado hasta ahora, también se le vio venirse arriba en estos últimos compases del show: el tiempo se les acababa, la despedida era inminente, y había que dejar el listón muy alto en todos los sentidos. Todo lo dicho para la anterior, vale doblemente para Refuse / Resist. Andreas se acercaba a primera fila, con mirada desafiante mientras castigaba su guitarra, los gritos de Derrick parecían volverse más agresivos y guturales por momentos (como el que dio al final), y las imágenes de la p**a policía en pantalla nos encabronaban aún más con el dedo en alto.
Sin embargo, en lugar de acelerar ya hasta el mismo final, hicieron a estas alturas un parón, cosa bastante inusual, para echarse una foto con el público. Menos mal que no tardaron demasiado, y por otra parte, la violenta Arise volvió a poner las cosas en su sitio, es decir, al rojo vivo… ¡pensaba que se me iba a caer la cabeza al suelo! Aprovecharon un pequeño solo de batería para introducir en el set Ratamahatta, en la cual también Andreas Kisser se lanzó al micro para acompañar a su colega Derrick en las voces, pero si hubo alguien que en verdad destacó ahí, ese fue Greyson, con un currazo de baterías considerable. No había tiempo para más despedidas, y Roots Bloody Roots acaparó el final del show sin dejar ni un segundo de por medio, liándola muy, pero que muy parda, y dejándonos las vértebras hechas tabaco con ese final ultra denso y ralentizado. Fijando la vista sobre los músicos, mientras daban su último adiós a los fans españoles, pensaba que se echará de menos verles en los carteles… pero todo lo bueno tiene su final, y en cualquier caso, no me extrañaría que alguno de ellos volviese a visitarnos con futuros proyectos individuales.
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