
Hace ya la friolera de 22 años exactos, tuve la ocasión de ver a Suffocation por primera vez. En aquel entonces, reconozco que no andaba nada metido en el Metal extremo. Mi cultura musical era aún muy básica, y concretamente acerca de este rollo, apenas conocía o había escuchado bandas. De hecho, junto con alguno muy esporádico, se podría decir que fue uno de mis primeros contactos en directo con el Brutal Death. Y aunque desde entonces he tenido varias ocasiones de ver a los americanos (por ejemplo, hace unos cuantos Leyendas del Rock), aquella de hace dos décadas continuó siendo la única hasta este pasado fin de semana. Y además, debido a una de esas grandes e inesperadas casualidades de la vida, en la misma provincia de Alicante donde me estrené con ellos. Aquello sucedió justo un año antes de abrir las puertas de este Antro del Metal, por tanto no hay crónica, y aunque tampoco conservo fotos, sí tengo en el recuerdo imágenes bastante nítidas de una sala Stereo completamente abarrotada (no me explico cómo cojones pudieron meterles allí), un público muy entregado, y una banda que me impactó profundamente por la novedad que supusieron para un servidor. A principios de esa década, no eran tan raros los conciertos extremos por la zona, pero a día de hoy, la escena ha cambiado muchísimo para peor. Y ese fue, precisamente, uno de los motivos que más tiró de mí para acudir a la cita. Para una cosa así que se hace en Alicante (más concretamente, en Sant Vicent del Raspeig), había que hacer acto de presencia y dar el callo. Cuatro bandazas que se movieron entre el Death Metal más clásico y el más brutal, y que transformaron la nunca bien valorada sala The One en un auténtico infierno sobre la Tierra.
Había otras opciones para la misma noche y relativamente cerca, algunas de las cuales incluso me atraían más en lo que a gustos personales se refiere, incluso alguna quedada con colegas, pero nada tan interesante y especial como esta movida.
Pero sin duda, si pude estar allí esa noche, fue gracias a mi amiga Tere. Sin su acompañamiento y generosidad, me habría visto forzado a perderme (por la misma mierda de siempre) uno de los acontecimientos más estrictamente imprescindibles, a nivel de este 2026 y de toda la península, para cualquier fan del sonido extremo que se precie de serlo. Una compañía muy agradable, a la que pronto se unieron más. Porque vi y conocí a mogollón de peña durante la noche, pero dos de las personalidades con quienes más me alegré de coincidir fueron Aitor y su padre, Juan, junto a quienes tuvimos el honor de compartir unas birras, escasos momentos antes del inicio del primer concierto, además de unas cuantas charlas a lo largo de la velada.
Otra gran alegría fue contemplar como los alrededores y la propia sala mostraban una concurrencia más que digna para una tarde / noche de estas características, y ya desde la misma apertura de puertas. En el lado negativo, sin embargo, estuvo la política de la sala, prohibiendo la salida más allá de los límites de esta, restringiendo la entrada de comida, y obligando a los asistentes a comprarla dentro, cosa que estoy seguro de que es ilegal.
En cualquier caso, las puertas de la The One se abrían de par en par, y todo estaba preparado para el desmadre. Así que, sin más dilación, ¡que empiece la mandanga!
Eternal:
Accedimos a la sala justitos para escuchar sonar esos órganos macabros (Doorway to Tribulation) que sirven de introducción a su LP “Cryptic Lust”, y que hicieron lo propio con el concierto. Lo de los americanos Eternal se nos antojaba como la etapa más rematadamente clásica de la noche, y eso para mí son palabras mayores. De hecho, fue uno de los bolos que más disfruté, pero no solo por dicha condición, sino también porque sobre el escenario vi a una banda con muchísima hambre, y a unos músicos de un nivel y talento mayores de lo que su juventud y aún corta carrera podrían haber dado a entender en un principio. Shards of Morbid Judgement, tema todavía no registrado en disco, nos trajo de pleno ese aroma clásico a base de riffs pesados, compases lentos, guturales espeluznantes y mucha contundencia, la misma con la que el bajista Raymond Robert martilleaba el aire con su bajo. A nivel de actuación fue, sin duda, una de las figuras destacadas del show, tocando de puta madre y dando el espectáculo con sus melenazos y movimientos constantes. Otra cosa que me sorprendió, ya de primeras, fue la magnífica iluminación de la que gozaríamos durante toda la noche, con un montonazo de focos de todo tipo, tanto superiores como inferiores.
Entre tanto, tampoco se anduvieron con romances, exprimiendo el tiempo al máximo, y empalmando la mayoría de los cortes, como hicieron con la machacona Cryptic Lust. El desmelene empezaba a adueñarse del escenario, pero también del público, al que se le intuían muchas ganas de jarana. El músico que se ocupó de las seis cuerdas, tras la más o menos reciente salida de Sofie Nabboud, fue Gavin Wessel, un chaval ya bastante rodado en la escena que cubrió sobradamente con su cometido. De nuevo, no dejaron un solo segundo de respiro para arremeter con otra delicia, como fue Torture Chapel. Emilio Ortega, guitarra solista, cantante, líder y fundador de Eternal, fue quien se encargó del solo entre la vorágine que marcaba el batería Xander Bridge, pluriempleado aquella noche. Raymond concluía aquel largo maratón de tralla dándole de puñetazos a su bajo, y durante estos primeros cortes, hubo un detalle que me encantó: las luces del escenario también funcionaban al compás de la propia música. Turno ahora de Spectral Immolation, plagada de guturales muy profundos y cavernosos, ritmos muy bien medidos (destacando el trabajo de Xander con los platos), y un volumen y ecualización prácticamente perfectas, lo que fue muy de agradecer. Desde primera fila, el concierto se escuchaba de puto lujo, sin acoples ni inestabilidades, con todos los instrumentos al mismo nivel.
Por lo visto, la banda está valiéndose de esta gira para presentar algunos temas nuevos, como ya hicieron con el de apertura, y Before the Altar fue otro de los grandes estrenos. Mucho doble pedal, y también una buena dosis de blast beats (de nuevo, clavados por Xander) desencadenaron los hasta ahora contenidos moshpits, bajo un escenario completamente teñido de rojo, y unos músicos ya bastante crecidos que ponían toda su pasión y mala leche sobre las tablas. Cada uno de los ritmos que se sacaban de la manga nos iban gustando y atrapando más, y así lo hicimos saber con las pertinentes ovaciones en los pocos descansos que nos dejaron. Remarcar que Emilio, de vez en cuando, utilizaba el español para expresarse, y eso nos creó más apego hacia ellos. Unos arrolladores blast beats llegaron para arrasarlo todo de la mano de Hammer of Eternal Torment, con la iluminación parpadeando sin cesar. Los guturales de Emilio parecían tornarse cada vez más bestias y oscuros, Raymond continuaba demostrando una actitud de puro Metal, dejándose la piel en cada cambio rítmico, que fueron perfectos, y de esa forma, se ganaron todas esas manos en alto que se alzaban desde el público. Pedíamos más guerra, y por supuesto, esa última somanta de hostias sonoras a base de frenéticos blast beats y gritos desbocados, nos dio lo que estábamos buscando.
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Fue una verdadera lástima que el concierto no llegase ni a la media hora, porque como digo, me encantaron, y para mí se llevaron la medalla de plata. Y creo no ser el único que les consideró unos teloneros más que dignos para uno de los nombres más importantes jamás salidos de la movida del Metal extremo.
En esos momentos, nos encontramos con una buena retahíla de colegas, como Juanvi, Félix, Raúl, Mauricio, Lucas… gentuza de la buena a la que siempre es un placer saludar, y con quienes es casi obligatorio compartir un buen rato de charla. Echando unas birras, nos sentamos mi amiga Tere y yo junto a algunos de ellos, haciendo tiempo hasta el segundo round, que vendría apadrinado por los también americanos Undeath.
Undeath:
Con una carrera ligeramente más dilatada que sus anteriores compañeros, Undeath consiguieron llenar todavía más la sala, sin bajarse del tren del más clásico y ortodoxo Death Metal de cuna 80 / 90s, y presentándose justo a la hora convenida. No nos perdimos más que un pequeño fragmento del primer tema, y rápidamente nos adelantamos hasta las primeras posiciones, aun a riesgo de poner en peligro nuestra integridad física. Y lo digo porque, ya desde ese disparo inicial llamado Lord of the Grave, empezó a haber bastante movimiento… aunque fue solo el principio. Con todo el aluvión de caña ya haciendo temblar la sala, al frente veíamos a un (muy) motivado Alex Sason que, micrófono en mano, presentaba a la banda sobre la marcha, metía headbanging a cuello partido, y pateaba el suelo del escenario, sin dejar de animar el ambiente. A grito pelao anunciaba el segundo corte, Necrobionics, en donde se destacó entre otros el bajista Tommy Wall con unas estructuras muy rápidas y enérgicas, lo mismo que sus cabeceos. Con el pie apoyado sobre el monitor, se jactaba de la polvareda que estaban levantando, y que continuó creciendo con Disputatious Malignancy. Como hicieron con algún otro tema, dejaron sonar antes una intro de lo más rayante y confusa, para atacar al cuello sin piedad, tirando Kyle Beam y Jared Welch (la pareja de hachas) de riffs cortantes y muy veloces.
Cera muy, muy burra en donde los blast beats no dejaron un segundo de tregua a nuestras cervicales, que empezaban a echar humo. Tras la batería, por cierto, repetía Xander Bridge, que demostró ser tan hábil y portentoso en sus cambios como lo fue con Eternal. Estos últimos fueron uno de los puntos fuertes del concierto, y es que cada tema solía constar de varios tempos muy marcados, todos ellos de lo más aplastante. No quisieron seguir sin, por medio de su vocalista, saludar al resto de las bandas de este line up, con quienes llevan ya unas semanas arrasando toda Europa. ‘¡Muchas gracias, buenas noches, Alicante!’ nos gritaba, en buen castellano (y remarcando que esta era su primera actuación en nuestro país), antes de lanzar un nuevo y demoledor ataque titulado Human Chandelier. El empuje de Alex llegó a uno de sus puntos culminantes en ella, provocando, acercándose a los monitores con mucha agresividad, y respondiendo a esos brutales cambios de Xander con retorcimientos de espalda, sin dejar de gritar como un salvaje. He de decir que me fliparon las imágenes de la pantalla de fondo (de la que se hizo uso por primera vez en la noche), que mostraba el logo de la banda recorriendo los pasillos del juego Doom. Inicio fiero como pocos el de Trampled Headstones, a gatillo vivo, con Xander aporreando sus parches, formando una muralla infranqueable de doble pedal que nos arrastró a todos con ella, para después, pasar a formar un enorme circle pit.
El sonido volvía a ser casi inmejorable, escuchándose perfectamente esos crujidos en el bajo de Tommy, o esos detalles concebidos entre Kyle y Jared. Si no habían fallado hasta ahora, era imposible que lo hicieran con los tres ases que guardaban en la manga para la demolición final, comenzando por Rise from the Grave. Las tan bien llevadas armonías de cuerdas entre ambos guitarristas le dieron la nota de color, que fue rápidamente enmascarada por los monstruosos guturales de Alex y unas bases rítmicas implacables. Por supuesto, tampoco podía faltar una de las más deseadas / celebradas como fue Lesions of a Different Kind, cuyo título coincide con el de su primer y aclamado LP del 2020. Pura oscuridad asfixiante a ratos, y frenética locura en otros, que además contó con una iluminación dinámica y a la altura. Subió la temperatura hasta cotas casi peligrosas, y transformó la parte delantera de la sala en un lugar solo apto para temerarios. Tampoco se enredaron en demasiado diálogo a la hora de despedirse, y dejaron que Brandish the Blade hablase por ellos. El torrente de blast beats y doble pedal nos pilló de pleno y casi sin avisar, dando lugar a un clima muy desmadrado abajo, pero también sobre el escenario, donde ambos guitarristas se dejaban el pescuezo mientras, en un último arranque de violencia, el bajista Tommy Wall castigaba su instrumento a puñetazo limpio.
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Tampoco, a nivel de duración, me quedé del todo saciado (apenas otra media hora) y valorando las dos actuaciones hasta el momento, creo que me quedo un poquito más con la de Eternal. Pero desde luego, no cabe duda de que ambas lograron que el inicio de la velada fuese muy ardiente, intenso, y difícilmente superable.
Punto y aparte fue lo de la siguiente banda, Ingested, los únicos europeos que figuraban en el cartel. Porque si bien me flipa el Death Metal más primitivo en casi todas sus formas, el Deathcore se encuentra justo en las antípodas de mis gustos personales. Es algo con lo que no puedo. No me gusta absolutamente nada ni su música, ni su estética, ni su actitud. Con esto no quiero decir que diesen un mal concierto (eso siempre hay que saber reconocerlo), pero de lejos, fue el conjunto que menos me llegó.
Ingested:
También muy puntuales, aparecían sobre el escenario con una formación parcialmente renovada para esta gira. Su intensa agresividad, tanto visual como sonora, quedó más que patente en esa muralla de doble pedal con la que arrancó Skinned and Fucked, poniendo en marcha una maquinaria que funcionó a la perfección desde la primera nota. Esto incluye, por supuesto, a su nuevo frontman, Adam Mercer, quien hizo gala de un surtido elenco de registros vocales, entre variaciones de tiempos y ralentizaciones meticulosamente ejecutadas. De hecho, otro de los grandes protagonistas del show fue otra incorporación reciente, la de René Gerbrandy, a quien vimos en lugar del habitual Lyn Jeffs (creo que de forma temporal). Un chaval que me dejó totalmente boquiabierto por su exquisito y perfecto dominio del doble pedal. Aunque esto a la larga fue un arma de doble filo, ya que esta saturación, típica de su género, empezó a cargarme demasiado pronto. Su impecable técnica continuó haciendo estragos en Oaths Betrayed (para la que apenas se detuvieron), a lo que hubo que añadir esos continuos y tajantes headbangings de ambos guitarristas, y el paso firme con el que Adam se subía a la plataforma delantera. Los cambios tan radicales enloquecían al personal (yo les veo menos gracia), y si en unos instantes se podía contemplar la sala entera arqueando la espalda, en otros se convertía en un tormento de empujones, pisotones y codazos, de los cuales recibí unos cuantos.
Y aunque me temo que la ecualización general no era tan buena como en los dos anteriores grupos, la bajísima afinación era de las que nos retumbaba en el pecho, algo notorio especialmente en cortes como Merciless Reflection o Impending Dominance. Esta última, sobre todo, fue uno de los pistoletazos más sonados de su actuación. No era ni necesario, pero por si acaso, su vocalista Adam Mercer (un mastuerzo de los que te hace retroceder si se te pone delante) no paraba de incitar al desfase, pidiendo walls of death y moshpits a destajo, desde una plataforma a la que sacó mucho partido. Ante el escenario teñido de rojo sangre, y con algunos de los guturales más salvajes de la noche, la velocidad se disparaba hasta cotas impensables en algunos momentos, tirando René Gerbrandy de ritmos rompe-cuellos y unos blast beats que se salían de toda gráfica. Técnicos, bastante técnicos, de hecho, y eso sí me gusta. Realmente, gracias a esta faceta aguanté el concierto entero, porque como digo, el resto casi podía conmigo. Endgame prolongó, empalmada nota con nota, aquel momento de destrucción despiadada, resaltando esos break downs que hicieron las delicias de los más modernos allí presentes. Por fin, en uno de los poquísimos parones, la banda se presentó convenientemente, pero también pidieron aplausos para todas las demás del cartel. Para ser sincero, y por mucho que lo he intentado, no tengo ni puta idea de qué fue lo que sonó a continuación (es lo que tiene no presentar ni uno solo de los temas).
Posiblemente, debió tratarse de algo nuevo, o alguna cover trasladada a su estilo, porque fue tan recargada y variada en ritmos como el resto. La motivación de la peña estaba tan subida como la del cantante, que no cesaba en su empeño de provocar, o el dúo formado por los guitarristas Sean Hynes y Andrew Virrueta, dando esos golpes tan violentos con sus melenas. Tras la enfermiza atmósfera creada por Nefarious Tongues (tal vez, una de las que más me moló) gracias a los afilados y precisos riffs, y a la avalancha de doble pedal, caían los dos últimos cortes. A esas alturas, sinceramente, el concierto ya se me estaba haciendo demasiado cuesta arriba, pero intenté disfrutar como buenamente pude lo que restaba. Adam ponía el grito en el cielo, anunciando que solo quedaban dos, y que era el momento de darlo todo. Por una parte Copremesis arrancaba con la pedalera de René, de nuevo, echando humo, tratándose de uno de los temas más cerdacos de la noche, cambios, redobles, mucho movimiento, y partes realmente técnicas. Y para rematar el asunto caía, enaltecida por unos gritos infernales, Erotic Depravity. Fue uno de los varios cortes rescatados de la anterior banda del guitarrista Sean Hynes (entre otros), llamada Age of Suffering, algo así como el preludio de lo que años después sería Ingested. Un wall of death muy destructivo, y una parte final ultra ralentizada dejaron a muchos con el cuello en carne viva. Porque aunque yo no me contaba entre ellos, se notó claramente que era una de las bandas que con más fieles seguidores contaba aquella noche.
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A estas alturas, los de seguridad ni siquiera nos dejaron salir a fumar al pequeño patio exterior, donde la gente era obligada a comprar comida si querían cenar. Por suerte (cosa que desconocía), había una pequeña zona descubierta a la que se accedía por una puerta contigua a una de las barras. Nos dimos toda la prisa que pudimos, una birrita, una visita al baño, un pitillo, y aprovechando que había más tiempo de cambio, nos situamos lo más delante que pudimos para recibir como se merecían a los legendarios titanes del Brutal Death americano, Suffocation.
Desde aquella primera vez de la que he hablado al principio, han cambiado muchas cosas, y más concretamente, toda la formación salvo el mítico guitarrista Terrance Hobbs. De por medio, un casi incontable número de músicos que han dejado su impronta en la formación, en mayor o menor medida. Normalmente, cuando esto sucede en una banda tan renombrada e influyente, es motivo de red flag. Y sin embargo, lo que vimos aquella noche en la The One, no deja lugar a la discusión: una apisonadora absolutamente devastadora que no dejó títere con cabeza. Frotándome las manos de impaciencia e ilusión, no tardaron demasiado en desfilar uno tras otro los músicos, recibiendo una enorme ovación que reflejó perfectamente el estado de ánimo general.
Suffocation:
El primer ‘salto al abismo’ se produjo con la grandiosa Thrones of Blood, clasicazo en toda la boca para abrir… y vaya si la liaron. De repente, cualquier hueco, hasta el más mínimo espacio de debajo del escenario, fue invadido por una masa sedienta de moshpits, haciendo de aquella última batalla algo jodidamente épico desde el principio. El comportamiento del bajista Derek Boyer también hablaba por sí solo: instrumento apoyado en el suelo, piernas completamente despatarradas, molinillo con el pelo… y a muerte con todo. Excelente sonido, actitud por las nubes, una iluminación acojonante… de aquello no podía salir nada malo. Jesus Wept, presentada por Ricky Myers (actual vocalista de la banda) y arrancada por los distorsionados riffs de Terrance Hobbs, fue la siguiente declaración de intenciones, contando con un solo a dos bandas, y unas partes de batería de una exactitud alucinante, las cuales nos llevaron hasta Seraphim Enslavement. La vertiente más estrictamente técnica de la banda se presentaba a continuación, para deleite y jolgorio de a quienes nos flipa este rollo, petada de rachas mortíferas de blast beats y mucha pasión por parte de Hobbs (siempre viviendo el momento). Unos cuantos avisos entre banda y técnico durante los descansos fueron puliendo todavía más la ecualización, sobre todo, de escenario para adentro. Tras la oscuridad total, Breeding the Spawn estalló con una mala hostia del copón, agitando a la peña hasta rebosar un nuevo límite de desfase.
Me fijé en que el efecto de eco que Ricky llevaba en su micro, engordaba y oscurecía aún más su voz. Sus gritos solo cesaron para dejarnos escuchar esos complejos punteos por parte de Derek (¡¡menuda bestia!!), y vuelta al trapo. El entusiasmo y agresividad entre los músicos crecían exponencialmente. El guitarrista Charlie Errigo doblegaba el cuello como si no hubiese un mañana, al tiempo que John Longstreth, a la batería, nos inyectaba nuevas dosis de brutalidad en todos sus registros. Para pocas bromas estaba la cosa. Los neoyorquinos habían salido con mucha fuerza, con muchas ganas, conectando instantáneamente con el público, y aquello ya no había quien lo parase. Tirando en ocasiones de intros con sonidos sordos e inquietantes, en esta ocasión derivaron en el auténtico maremágnum de tempos que es Perpetual Deception. Cerrar los ojos por un momento, y centrarte solamente en la batería, era una locura para los sentidos, ya fuese por las ráfagas de doble bombo, las filigranas con los platos, los redobles, los enlaces… el trabajo de John fue absolutamente brillante en todo momento. Su compañero en las bases rítmicas tampoco se quedó atrás, regalándonos todo tipo de ostentosidades técnicas, y de ese modo, en Catatonia, volvía a dejar su bajo completamente vertical apoyado en el piso, arañaba las cuerdas, y de paso, nos mostraba esa sonrisa de puro disfrute. Los circle pits se habían extendido por doquier, y ya nadie estaba a salvo allí.
Podía estar lidiando con el que tenías enfrente, y justo detrás te aparecía otro. Vaya puto ambientazo, colegas. Proseguían sin piedad ni compasión con As Grace Descends, en donde disfrutamos de uno de los solos más rápidos e intrincados de Terrance Hobbs (que inmenso placer es poder ver a una leyenda de su envergadura). Y de Ricky Myers lo mínimo que puedo decir es que me encantó. Es verdad que la sombra de Frank Mullen siempre planeará sobre Suffocation, pero en el actual vocalista, vi a un tipo muy cercano, humilde, muy carismático, con gran voz, y que supo llegar en seguida al público tirando de soltura y actitud. Cada vez que gritaba aquello de ‘let’s go!!’, había que adoptar posición defensiva, y precisamente lo que nos trajo Pierced from Within fueron hostias como panes. El sonido, a aquellas alturas del concierto (y bajo mi opinión), era prácticamente perfecto, todo muy equilibrado a la par que poderoso, y eso propiciaba el disfrutar aún más de cortes como la desgarradora Dim Veil of Obscurity, su doble bombo enloquecido, y las frenéticas escalas de T. Hobbs. Lo del público, subió de nivel. Ya no se conformaban con reventarse en los moshpits, sino que ahora veíamos a la peña, literalmente, navegar sobre nuestras cabezas. Ni siquiera las partes más ‘doom’ y agobiantes de Effigy of the Forgotten lograron templar los ánimos (ni tampoco lo pretendieron). Nuevamente, aquello fue una lección magistral de técnica aplicada, con cambios instantáneos, fulgurantes y perfectos hasta la obsesión.
¡Muchas gracias! (en castellano), nos gritaba Ricky, antes de que la oscuridad volviese a engullir el escenario. No se tomaron un descanso para los bises, que llegaron enlazados, y que nos reservarían más de una sorpresa. Empleando una introducción disparada (y algún efecto de sonido intercalado durante el tema), Funeral Inception cayó como un jodido obús. Y aunque su intervención no era ni siquiera necesaria, Ricky se plantó sobre su plataforma, y echó todavía más leña al fuego, pidiendo circle pits y sangre. Sin esperarlo, vimos cómo Emilio Ortega (Eternal) y Alex Sason (Undeath), subían a la palestra para acompañar al cantante en el resto del tema, mientras Derek Boyer hincaba rodilla y nos daba otra incontestable lección de actitud. Los tonos del escenario cambiaban a verde para recibir un torbellino del tamaño de Liege of Inveracity. Los guturales se tornaron en pura rabia, y no solo los de Ricky Myers. Porque a su derecha, aparecía de la nada (si no me equivoco), Raymond Robert de Eternal, demostrando con hechos que no solo es una puta máquina de tocar el bajo, sino que tampoco se defiende nada mal berreando. Los enfervorizados ‘¡eh, eh!’ del público ya eran imparables en aquella recta final, y para cerrar con todos los honores aquel sarao de caos y destrucción, Infecting the Crypts nos dejó con unos graves directos al estómago, mucha complicidad entre los músicos (las miradas entre Charlie Errigo y Terrance Hobbs eran pura expresividad), y una ametrallada final que reventó la The One hasta los cimientos. ¡¡LA HOSTIA!!
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Esperamos un ratito allí, pero no hubo foto final (como tampoco la hubo en el resto de grupos), ni setlist, ni tirada de púas, ni nada de nada. Era algo que se echó de menos aquella noche, pero por el contrario, los horarios se llevaron con la más estricta puntualidad, y eso, para mí, es algo muy de agradecer. Así, no siendo ni las once todavía (¡qué gusto!), y tras casi tres horas de intensos conciertos, nos disponíamos para la vuelta a casa, no sin antes saludar y despedirnos de toda esa buena gente que nos había acompañado en esta brutal movida.
Espero que cunda el ejemplo con el tremendo exitazo logrado por este evento y Madness Live! (o cualquier otra promotora) se anime a traer más giras de esta índole a la tan olvidada Alicante, más Metal a una sala que, siendo una de las mejores que tenemos en toda la Comunidad Valenciana, está injustamente desaprovechada y relegada en los últimos años casi exclusivamente al discotequeo para pijos y demás calaña. Cómo me molaría que la The One (o como la conocíamos en los viejos tiempos, la mítica Nave 8, donde tantos y tantos inolvidables momentos pasamos), volviese a recuperar sus días de gloria.
Por último, espero que os haya gustado la crónica, porque no ha sido nada fácil. Los múltiples cambios en las formaciones de los grupos para esta gira me han llevado mucho más tiempo del habitual para 'componerlas', e incluso es posible que me haya equivocado en el nombre de alguno de los músicos (si es así, pido disculpas). Las fotos que la ilustran, son cortesía de Tere.
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