
El viernes, no tenía escapatoria por ninguna parte. Aquello de entrar más tarde al festival aprovechando para un descanso extra en casa, o pirarme pronto por falta de interés en las últimas bandas, quedaba completamente descartado. Los horarios y los gustos personales son así de caprichosos a veces, y desde primera hora, desde las 16:50 de la tarde, hasta bien pasadas las 3 de la madrugada que volvíamos a casa, el cartel contaba con algunas bandas totalmente imprescindibles para quien suscribe. Abría la jornada Chez Kane, y teniendo en cuenta la escasísima representación del Hard Rock en esta edición del 2026 (bueno, más bien en todas…), perdérsela no era una opción en absoluto. Y para terminar, casi a las dos, ¿cómo iba a dejar de ver a mis idolatrados Dark Moor, aunque el cansancio me estuviese aniquilando ya? Lo cierto es que fue un concierto que me dejó una sensación más agria que dulce, pero de eso, ya hablaré después con toda la extensión y tacto posible. Aquella mañana me levanté bastante entero, mucho mejor de lo que esperaba. Seguramente, al haber sido el jueves una sesión relativamente light, las fuerzas se recuperaron rápido, pero en el presente día, también iban a quemarse hasta sus últimas consecuencias. Por suerte, una vez más, contábamos con bastantes comodidades en nuestro tinglado de acampada, lo cual ayudó lo suyo a aguantar, con bastantes ratos de colegueo, risas y conversaciones musicales con peña de alto nivel, de las que tanto me gustan a mí. A mediodía, ni siesta, ni hostias. Fue levantarme, comer rapidito, dejar a mis ‘bichos’ arreglados para todo el día, y salir cagando leches hacia Villena. Y aunque al final no vi a todos los grupos que tenía previstos (perderme el último concierto de Against Myself es algo que aún me duele), fue bastante agotador.
El calor no dio ningún tipo de tregua, como sí pasó en el día anterior. Los treinta y largos grados que azotaban el secarral (la zona de acampada, vaya), eran capaces de acabar con las fuerzas que te quedasen en cuestión de minutos. Llegamos con bastante antelación para no pisarnos los dedos con el primer bolo, nos reunimos con mi colega Inma, y fuimos tirando para adentro.
Chez Kane:
Si hubo alguna banda más refrescante que la de Chez Kane y los suyos para prender la mecha del viernes, yo no quiero saberlo. Su Hard Rock / AOR ligero, melódico y comercial nos alivió las temperaturas, haciendo las delicias de los allí presentes. También decir que, por la baja asistencia inicial, pudimos pillar un buen sitio en las primeras filas, resguardados del sol.
Chez saltó al escenario con una sonrisa de oreja a oreja, con las pilas bien cargadas, y ante la ovación que le dedicamos. Quiso, de primeras, dar visibilidad a su reciente trabajo, “Reckless” con Personal Rock’n’Roll, un tema que suena precisamente a eso, a Rock sin artificios, a melodías que nos llevan de viaje en una máquina del tiempo a los 80, y a estribillo pegadizo a más no poder. Los que les hemos visto en anteriores ocasiones, sabemos cómo se las gasta el guitarrista James Ready, que pronto empezó a hacer de las suyas: poses, saltos, y excentricidades varias, desatando toda su energía (inagotable, al parecer) en la siguiente Too Late for Love. A mí “Reckless” me ha gustado mucho, pero hay que decir que los cortes de discos anteriores, salvo alguna excepción, tuvieron mejor acogida, y la muestra fueron los cánticos del público, y ese mayor movimiento en las primeras filas. En este caso, fue Harry Scott Elliott (ex–pareja de la vocalista, y también militante en Tyketto) quien se encargó del solo, mientras Oscar Charlton a las teclas daba unos buenos coros, que ya sospeché de primeras que podrían estar parcialmente disparados.
Cara a cara, James y Harry (un dúo francamente impresionante) abrían con punteos Love Tornado, revelándose el primero, una vez más, como pura adrenalina en movimiento. Sus carreras, vueltas y saltos, acababan absorbiendo tanto protagonismo como el de la propia Chez, que por cierto estaba haciendo un fantástico trabajo, tanto vocal como escénico. Y es que si de algo sabe la vocalista, es de provocar y moverse como pez en el agua sobre las tablas. Desde el fondo, siempre en un discreto segundo plano, pero montándose su particular fiesta, Keiran Ready nos apuntaba con su bajo con la entrada de la melódica Nationwide. Movimientos sexys a porrillo inundaban el escenario, y mientras James daba su solo, Harry Scott aprovechaba para marcarse unos despatarres de pura chulería, como mandan los cánones. Como ya hizo en su última visita a nuestro país, la explosiva Chez Kane se colgaba a hombros su propia guitarra para hacer de Reckless algo todavía más potente y sólido, un pedazo de single de lo mejor que ha hecho en su carrera. El solo de James fue una bestialidad, ya no solo por su interpretación en sí, sino también por su imparable agitación, y es que este hombre no sabe estar quieto ni dos segundos.
Por el momento estaban aprovechando bien los 50 minutos asignados a su show, y nos tenían preparada una sorpresa que viviríamos en exclusiva: la puesta de largo del tema Bad Girl en directo, de la que Chez nos avisó que acababa de salir videoclip. Guitarrera, marchosa y tan descarada como la propia frontwoman, fue otro de los puntos más bailables y refrescantes del show. También la caña extra que el batería Jay Haines imprimió a su doble bombo, creó más desmelene. De nuevo, mano a mano, abrían James y Harry para Love Gone Wild, y la dificultad del setlist en la parte vocal iba aumentando para Chez, que lidió con unos tonos realmente extremos en altitud con notable resultado. Keiran nos animaba desde el fondo, elevando su mástil, y la melodía que en el disco forma el saxo, estuvo interpretada por Harry en directo. Time to get dirty!!!, gritaba Chez antes de una nueva tanda de temas de su nuevo y flamante “Reckless”, que estuvo formada por Strip Me Down (donde nos ponía muy calientes a base de gestos, guiños e insinuantes movimientos), y la que es tal vez mi favorita, Tongue of Love, de la que me flipa cadencia, melodía, y esas teclas cantidad de guapas a cargo de Oscar Charlton. El músico, por cierto, hizo su debut en la formación durante el pasado Lion Rock Fest 2025, y ya se le ve integrado al 100%.
Sin contar algún pequeño y muy puntual desliz rítmico, aquello estaba funcionando a las mil maravillas, y la recta final nos puso los puntos sobre las íes. Previo alto en el camino para presentar a su banda, de la que tan orgullosa está, la cantante introducía en tono festivo Rocket on the Radio. Súper entusiasmado, el gran James Ready nos regaló todo tipo de cabriolas, pasos, y movimientos (¡nótese que iba en calcetines!), de lado a lado del escenario, culminando en un derrape hasta su compañero Harry. Ambos se lo estaban pasando de nunca olvidarlo, y eso al final también recae en la emoción del respetable. Bromas y guiños entre ellos, constantes acercamientos, solos codo con codo… ¡¡menudo sarao se montan!! En la parte final, las voces sonaron más fuertes que nunca, ambiente perfecto para recibir como se merece a la rápida Powerzone, en donde la banda explora terrenos más Heavy y cañeros con doble pedal a saco y un solo aún más vibrante y cañero. Keiran se venía arriba, apoyando el pie sobre la plataforma del batería y metiendo headbanging, ambos guitarristas pataleaban por todo el escenario como críos, y Chez, aunque hay que reconocer que se las vio muy magras con las partes más altas (en ocasiones, tenía que parar a respirar), volvió a bordar la jugada de rodillas en el límite del escenario.
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Así, sin ser un concierto tope espectacular, sin apenas escenografía y con un sonido cumplidor, salieron triunfadores de su primer paso por el Leyendas del Rock. Temas como los que interpretaron (incluyendo esa primicia de Bad Girl), unidos a la carrerilla y desmelene que van cogiendo sus músicos sobre la marcha, y a la ardiente actitud, maneras y vozarrón de Chez, hacen que sus conciertos sean tan divertidos como adictivos, y la verdad… ¡no puedo esperar a volver a verla en el Rock the Sun!
Ahora había que ponerse más serios, y aunque todavía restaba más de media hora para el siguiente concierto, no quería perderme ni una sola nota en mi primera ocasión frente a los americanos Wings of Steel, de los que solo me han hablado maravillas. Escuchando sus discos, es más que obvio que dichas palabras están más que justificadas. Pero… ¿y en directo? ¿sonarían tan lacerantes esos solos? ¿tan devastadoras esas baterías? ¿tan increíblemente agudas esas voces? En unos instantes lo comprobaría. Y solo os voy a decir, a modo de anticipo, que probablemente fue el mejor de cuantos conciertos vi aquel viernes. ¡Aquí hubo muchíiiiisima tela!
Wings of Steel:
Tras una introducción grabada que nos puso sobre aviso, los americanos no tantearon el terreno, no calentaron, simplemente invadieron el escenario con el cuchillo entre los dientes dispuestos a dejarlo todo hecho cenizas, y Burning Sands fue la primera buena muestra de ello. Desenfrenados todos ellos, Leo Unnermark se daba un buen repaso a las primeras filas, mirando fijamente a su público y Parker Halub, con una actitud de puro acero, nos regalaba esas primeras poses y virguerías. Aunque su guitarra se escuchaba, de momento, un poco menos, no se cortó a la hora de retorcerse y lanzar sus llameantes riffs a degüello. Liar in Love, más comedida en ritmo, pero con la misma electricidad fue levantando más y más pasiones y headbanging entre la peña. Nos tenían comiendo de su mano, y no habían corrido ni 10 minutos de concierto. Siguiendo ese ritmo a lo Metal Gods, marcado con firmeza por el batería Mike Mahan (que hace unos meses volvió a formar parte de la banda tras una dilatada ausencia), todos ellos cabeceaban de un lado al otro, y el tándem Parker / Stefan John Bailet, se marcaban unas armonías cojonudas a las seis cuerdas. Saints and Sinners no tuvo suficiente con ser una de las más cañeras, sino que además, cayó empalmada con la anterior.
Aquí, Leo Unnermark demostró de qué pasta (o mejor dicho, de qué Metal) está hecho, lanzando unos picos de agudos que iban derechos a nuestros tímpanos para volvernos aún más locos. En la parte trasera, Mike Mahan golpeaba como si le fuera la vida en ello. El final desembocó en unos contundentes gritos de ¡Wings of Steel! con los que les agradecimos tal espectáculo e intensidad. Sorprendente cambio de tesituras con Rhythm of Desire, de cadencia serpenteante, casi bluesy, y con una sección instrumental de locura, destacando aquí el solo de Parker a mil por hora, y la cantidad de detalles que sonaron a la batería de Mike, aunque de forma distinta a los anteriores temas, optando por la sobriedad y la elegancia. No dejaron pasar la ocasión para vociferar su mensaje, ese contundente NO a las guerras, antes de que las guitarras empezaran de nuevo a cabalgar, frenéticas, en Fall in Line. Ante lo de Leo, es necesario volver a remarcar lo de ‘actitud de acero’.
Blandiendo su melena, corriendo de punta a punta del escenario, apretando el puño, y tocando notas realmente imposibles, se elevó como uno de los mejores vocalistas que han pasado por Villena en este 2026. La resistencia de sus cuerdas vocales, y la pasión que le ponía a cada estrofa, fueron para quitarse el sombrero. Cuero, Metal, ACTITUD con mayúsculas, y punto. Durante Flight of the Eagle, vi que mucha gente se giraba hacia un lado para hacer fotos. ¡Resulta que una pareja se estaba comprometiendo públicamente en ese justo momento, en su canción favorita! Qué maravilla, jeje. Su primera mitad, de gran sensibilidad, fue transformándose de forma muy medida, con una curva perfectamente trazada gracias a la habilidad y virtuosismo de los músicos, hasta llegar a su cenit en un estruendo colosal de solos y doble pedal que bordó este puto temazo de ocho minutos. No sabéis cuánto alegro haberlo podido ver en vivo. La banda recibió, de forma abrumadora, gritos incesantes con su nombre, y estaban literalmente flipando por la respuesta del público… pero no era para menos. Esto, y el hecho de que estuviesen ya casi al final del último concierto de su actual gira, les hizo crecerse aún más y dejarse la piel en los dos temas restantes.
Siguiendo con el mismo disco, al que precisamente Winds of Time da título, nos volvieron a sumergir en una vorágine de 10 minutos formada por riffs afilados, bajos con gran punch (llevados a cabo por Matt Trobec), notas al límite y percusiones revienta-cuellos. El sonido, también hay que decirlo, fue muy superior a la media de lo que se suele escuchar en ese escenario. Incluso los coros vocales de Parker y Matt nos llegaban de puta madre. Si hay que poner un ‘pero’, es que tal vez estaba demasiado fuerte y estridente para los que estábamos delante, que la guitarra de Stefan era ahora la que sonaba más bajita, y cierto petardeo extraño de fondo que al final no fue ninguna amenaza. Mirases donde mirases, siempre había alguien gritando o elevando su puño ante los estribillos, muy poca gente se iba, y por el contrario muchos entraban, generando un clima absolutamente envolvente. Y para no desentonar, ¿qué mejor que cerrar la movida con la misma Wings of Steel? Todo más alto, más rápido, y más jodidamente épico. El doble pedal de Mike parecía una dinamo, implacable, agresivo, tanto como las guitarras escupiendo solos a destajo. A continuación, y para dar más énfasis a ese momento de gran despedida, ambos hachas hincaron rodilla, y Leo remataba con un agudo casi inhumano, recibiendo todos ellos una larga y escandalosa ovación.
Su triunfo fue rotundo e indiscutible, y que ningún pintamonas venga a decirme ahora que ese formato está ‘obsoleto’, o que el Heavy Metal está ‘achicharrado’, porque lo que vivimos bajo la carpa New Rock, fue tan verdadero, intenso, brutal y honesto como os lo he contado. Ya me lo advirtieron varias personas, pero hasta que no lo vi, no pude entender de verdad la magnitud de lo que es capaz esta gente en directo. ¡¡Arrolladores!!
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Corriendo hacia el camping, mi idea primaria era descansar un poquillo, refrescarme el gaznate, y vuelta a la carga… pero la cosa se acabó yendo de las manos. Allí, apalancados en el sofá (que habíamos llevado exclusivamente para la ocasión), pasé tan buen rato con mis colegas Aitor, Inma y Chely, que se me fue por completo el santo al cielo. Perderme a Saratoga me dio un poco igual, francamente, pero lo de Against Myself, tratándose de su último concierto antes de la disolución… me supo fatal. Pero bueno, así son las cosas, todo no puede ser. Cascando y bebiendo, y casi sin darnos cuenta, llegaba otra hora muy señalada en nuestro horario, el concierto de los Stratovarius. Vale, probablemente es una de las bandas extranjeras que más veces han pisado el Leyendas, prácticamente alternando año sí y año no, pero esta vez la cosa presentaba un cariz inusual. Los finlandeses traían bajo el brazo un setlist exclusivo (más que especial, por así decirlo), que iba a hacer disfrutar como perros a sus fans de la era de los 90. En mi caso, al menos, así fue, aun sin dejar de reconocer que el show tuvo sus carencias.
Stratovarius:
Mi colega Tere y yo, que fuimos a la carrera, nos encantamos y ya sonaban las primeras notas de Destiny, un temazo de 10 minutos que no veía en directo, agárrense, desde el año 2005. Así pues, parecía que iban a cumplir lo prometido, ¡y de qué manera! Acelerábamos el paso hasta situarnos a una buena distancia del escenario, y yo frotándome las manos por el panzón a disfrutar que me iba a pegar. De momento, bien los tonos altos para Timo Kotipelto (alguna nota se escapó, pero bien), acompañados por nuestras palmas y unas bases muy compactas de los siempre eficientes Lauri Porra (luciendo gorrito de paja) y Rolf Pilve tras los parches. El subidón fue sucedido por un ‘¿¡Cómo estáis!?’ por parte del vocalista, que no perdía demasiado tiempo en chácharas y pasaba directamente a Phoenix. Esta, en verdad, sí que no recuerdo haberla presenciado nunca en vivo. Timo estuvo muy activo pero sin alardes, paseando de un lado a otro con su parsimonia habitual. El solo preciso y pulido de Matias Kupiainen, que fue de menos a más, acompañado por las palmas constantes del respetable, nos llevaron a otra gran imprescindible como The Kiss of Judas, y sin parar. La petición de ánimo nos llegaba desde el bajista Lauri y el batería Rolf, antes de ir ‘al turrón’.
Un tema que, solo de teclado incluido, fue de lo más emotivo, por mucho que sea bastante típico en los setlists. A partir de aquí, en verdad, vendría la parte más intensa para mí a nivel de recuerdos y emociones. Sin salir de aquel mítico “Destiny”, S.O.S. partía de las teclas del siempre virtuoso Jens Johansson, al tiempo que Matias y Lauri se centraban para darle recibimiento (este último con mucha chulería). Se podría decir que, en general, salió bien parada y nos hizo disfrutar a raudales, pero si puntualizamos, Kotipelto sufrió más de lo debido en ella. Hasta cierto punto, son cosas perdonables, ya que la edad nos pasa factura a todos, y en cualquier caso, le he visto conciertos mucho peores que este. Con el fin de descansar sus cuerdas vocales, ahora era el guitarrista quien se adueñaba de los focos, dejándonos con un palmo de narices por su frenesí y aplomo a la hora de tocar Stratosphere, un tema puramente instrumental, del que, aunque solo cayó una parte, fue suficiente para evocar aquellos tiempos en los que el santo y seña de Stratovarius era la velocidad desenfrenada.
Y sin duda, al menos para mí, el momento más emotivo de todo el show (y de todo el día, no voy a engañaros) llegó con 4000 Rainy Nights, esa balada preciosa que llevaba media vida esperando a poder ver en directo. Fue una patada en el corazón de las gordas, devolviendo a mi memoria noches secretas que solo yo y otra persona conocemos. Ahí queda eso. Como veis, de momento el concierto me estaba sabiendo a pura nostalgia y momentos mágicos, avivados y de algún modo recreados por algunas canciones que tanto significaron para mí. Ahora bien, en realidad, casi todo (menos esta última, y alguna más) fueron cortes muy típicos en sus repertorios, solo que concentrados en uno solo, por lo que el factor sorpresa era relativo. Y otra cosa. La escenografía / atrezo, para un bolo que se supone tan único, fue prácticamente nula. El sonido sí fue bastante bueno, compensado y con el volumen justo. Continuando con el set, y entre las luces rojas que ahora lo iluminaban todo Paradise fue un auténtico gustazo como siempre. Más incluso que su música, lo que me hace identificarme con ella es el mensaje de su letra, decentemente cantada por Kotipelto, que se iba asomando a un lado y a otro del público buscando la conexión. Con las piernas bien estiradas, el solo de Matias fue uno de los más brillantes del show.
Agradecían nuestro apoyo, y muy temprana, caía esa Black Diamond con la que suelen cerrar. Foco sobre Jens Johansson, que nos hacía corear sus notas, Kotipelto animando con palmas… ya sabemos de sobra cómo funciona esto… ¡pero nos encanta por muchas veces que lo veamos! Y es que a ver quién es el guapo que puede quedarse quieto ante el bombo de Rolf golpeando a toda hostia. Cabe remarcar el detalle de que, durante la ejecución, aparecieron actrices y bailarinas para darle un toque teatral al asunto, con llamas y velas sobre sus cabezas, bailes, vueltas, peleas de cuerdas… fue divertido, aunque si os soy sincero, no me encajó para nada en el ambiente. Eagleheart fue la única que rompió la dinámica temporal del repertorio, llegada desde su “Elements Pt. 1” (en verdad, de lo poco rescatable de aquel), muy canturreada, y con unos solos y melodías que personalmente me encantan. El estruendoso final precedió al bajón absoluto, para bien o para mal, de Forever, y en este caso, afloraron otros recuerdos… extraños, concretamente, aquel dantesco concierto en el Piorno Rock 2004 de Granada en donde Johansson literalmente se meo en la pierna de Timo Tolkki (entre muchos otros disparates).
En fin. Corramos un tupido velo. No todos los temas, en teoría, estaban decididos en el setlist, y también hubo (repito, en teoría) espacio para la improvisación. Por nosotros, que no quede, con esa Legions que ahora sí, nos hizo levantar los puños y agitar la melena como cosacos. De nuevo el virtuosismo se hizo dueño y señor del concierto, con fulgurantes teclas, doble bombo a muerte, y un Kotipelto especialmente entusiasmado que se volvía a recorrer la primera línea de escenario. Pero como el mismo cantante proclamaba, si esto os ha parecido rápido, preparaos. Speed of Light nos iba a reventar el cuello sin piedad. Fue el primer tema de Stratovarius que escuché, y para mí, un obligatorio en cualquier show que se precie. A tal nivel de éxtasis llegó el personal, que el cantante sacó su móvil para grabarnos desde arriba. Muy, muy caliente estaba la cosa, y como no podría ser de otra forma, Hunting High and Low supuso el repunte final. En ella, mientras se presentaba a los músicos, pudimos contemplar las virguerías de Lauri Porra en solitario, los compases espontáneos de Rolf Pilve y, faltaría más, el cláaaaasico numerito de gritar a capela el estribillo junto a Kotipelto.
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Poco o nada tenía que hacer hasta casi la 1:50 de la madrugada, momento marcado a fuego vivo en mi horario, y uno de los más importantes de todo el festival para mí. He escuchado muchas voces que aseguran que lo de In Flames fue un espectáculo brutal, y no puedo ponerlo en duda, pero si os digo la verdad, a mí ya hace mucho tiempo que los suecos ni fu, ni fa. Me los perdí en el Imperium del año pasado, y volví a pasar de ellos aquí. No me venía mal un descansito, y nuevamente, la compañía de mis colegas Inma, Aitor y Chely fue justo lo que necesitaba.
Pasado un buen rato de interesantes charlas y desvaríos varios, y faltando una hora para que mis idolatrados Dark Moor arrancaran, me acerqué a los escenarios, más para coger sitio que para ver a Saurom, aunque al final, salvo dos o tres temas, les vi enteros, y me gustaron mucho. Hay que reconocer que lo suyo fue, como poco, espectacular. Este año, cumplen ya 30 de historia, desde aquella primera demo (aún como Saurom Lamderth) que grabaron en 1996. Una banda que desde su nacimiento, ha experimentado no pocos cambios y maduración en su estilo musical, partiendo de aquellas letras épicas basadas en El Señor de los Anillos, hasta los matices más intimistas y suaves que aportan a día de hoy a su música. Pero sobre todo, el motivo que más me incentivó a luchar contra el cansancio fue poder vivir en directo temas de su último disco, basado en uno de los grandes libros de mi vida, “El Principito”. No conozco excesivamente a fondo la discografía del grupo, quitando ciertos discos y singles, pero la verdad es que creo que con este trabajo han sabido captar y expresar a la perfección el mensaje, el tono melancólico y el significado de la obra inmortal de Antoine de Saint-Exupéry. Y por suerte, fueron unas cuantas las que lo representaron.
Saurom:
La parafernalia, decorados, y sorpresas inesperadas, fueron elementos clave en el show que jugaron muy a favor suyo. Otro indiscutible, fue la inmensa marea de fans que ocupaban la parte del escenario derecho, y que hicieron que aquello cobrase unas dimensiones todavía mayores. Invitados también hubo unos cuantos, y el primero que yo vi fue al gran Isra Ramos (ex–Alquimia, Amadeus y Avalanch), que se prestó a cantar La Leyenda de Gambrinus como única representante del disco “Vida”. Como digo, los decorados brillaban con luz propia, pero sin eclipsar voces del mismo Isra y de Miguel Ángel Franco, que dio un recital de auténtica reverencia. Baobabs, ahora sí de “El Principito”, nos mostró su mejor faceta, con una potencia vocal de las que te llegan al alma, entre fogonazos y ese José A. Gallardo sumamente vacilón y divertido. No fuimos pocos los que repetimos el estribillo a capela, a petición del frontman. Entre algunos temas, el escenario caía en la oscuridad, para volver a estallar con luces, colores, y en este caso, No Seré Yo. Ante esas bonitas notas acústicas de Narci y Raúl Rueda se presentaba, junto a Isra y Miguel Ángel, José Mancheño de Lándevir, cantándola a tres voces… y nosotros poniendo la cuarta.
El Pájaro Fantasma nos fue spoileada por pantalla, y rápidamente nuestras miradas fueron directas hacia ese enorme grupo de coristas, de pie en la parte central del escenario. También se apuntó a la fiesta Elizabeth Amoedo, cantante habitual en sus directos, y entre tod@s le dieron una tesitura y consistencia impresionantes al tema. Las banderas, las chispas, los figurantes disfrazados, esos bombos extra sobre el escenario… más que un concierto, aquello se podía calificar de espectáculo en su significado más pleno. Otro invitado más para El Lazarillo de Tormes fue el costarricense Gazel, con el que sin duda los fans de Saurom están más que familiarizados, aportando registros más graves que encajaron a las mil maravillas con el tema. Otro oscuro silencio (cortitos, por suerte), fue preámbulo de la balada Todo en mi Vida. Si bien en disco me pareció bonita pero excesivamente ñoña, en directo, entre los pianos de Santi Carrasco, el solo de Raúl, y la extraordinaria capacidad de Miguel Ángel para transmitir, reconozco que supo llegarme a la patata.
El Mordisco de la Serpiente, haciendo referencia a una de mis partes favoritas de la obra literaria, fue pura gala, con vestuarios muy cuidados, un montonazo de músicos sobre el escenario, y el público ahí, apoyando sin descanso. Pero por encima de todo, fue ese coro infantil el que le puso la guinda, excelente trabajo, y contando también con las voces de Jorge Berceo (Zenobia), José y Jorge, el resultado fue indiscutible. En estos momentos, la cosa es que el dolor de oídos que sufría aquel viernes estaba llegando a unos límites insoportables al estar tan cerca de los altavoces contiguos, pero tenía que mantener la posición para llegar a la valla antes de que empezasen Dark Moor. El Rey que no Sabía Mandar fue la última que escuchamos del último disco. Narci, ahora empuñando su violín, le dio un brillo melódico añadido, lo mismo que consiguió con la flauta travesera en la festiva El Carnaval del Diablo. Tan juerguista, que puso a todo el recinto a botar, cantar y darlo todo mientras por el escenario había un desfile continuo de actores disfrazados. Desde luego, qué bonito estaba quedando aquello en todos los sentidos. Un concierto que, de querer ver solo de pasada, me había atrapado sin remedio alguno.
Puestos a liarla, y como ya se acercaba la recta final (a tenor de lo expresado por Miguel Ángel), en El Círculo Juglar nos incitaban a formar un gran círculo. Dicho y hecho, la gente en seguida se puso a girar manos en alto, levantando una polvareda de mil demonios, pero pasándoselo como Dios. En perfecta coordinación con Fuego, unas llamaradas bien calentitas brotaban del escenario, donde todo era alegría, bailes, celebración y el toque de arcoíris que pusieron las mil serpentinas lanzadas hacia el cielo. A Miguel Ángel se le veía muy emocionado. Seguramente, no le podría haber pedido más a este trigésimo aniversario de la banda, y como siempre, nos supo hacer llegar esa emoción con toda intensidad y detalle. Con todos los cantantes reunidos, las mejores decoraciones, globos volando sobre nuestras cabezas, y un jolgorio del copón bendito que ya no había forma de parar, La Taberna supuso el estallido final (e inmejorable) para tan rimbombante puesta en escena, entre malabares, fuegos y bailes exóticos a mansalva.
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Hacía algún añito que no les veía, pero con todo, fue un reencuentro a lo grande, y creo que el concierto se me habría hecho corto incluso entrando desde el principio. No me extraña nada que, con esa calidad musical, con ese talento para expresar, y esa perseverancia en su carrera, se hayan ganado una de las bases de fans más sólidas que cualquier banda podría desear.
Dark Moor:
Ahora sí, llegaba el MOMENTUM, uno de mis objetivos primordiales de todo este Leyendas del Rock 2026. Y os aseguro que, mientras intento rememorar cada detalle, cada tema, y cada instante del concierto, mientras trato de buscar el punto justo de objetividad y equilibrio emocional para intentar transmitiros mis sensaciones de lo que allí viví, me doy cuenta de que me enfrento a una de las crónicas más difíciles y delicadas que he tenido que escribir en estos 21 años de El Antro del Metal. Si se tratase de casi cualquier otra banda estatal, seguramente me habría resultado más sencillo. Pero quienes me conozcan un poco y/o hayan seguido este blog en cualquiera de sus etapas, sabrán de sobra que, para mí, Dark Moor son palabras que están sencillamente a otra altura. Digo difícil, sobre todo, porque la honestidad siempre ha sido mi principal meta y hubo unas cuantas cosas en este concierto que no fueron agradables de digerir. Difícil, porque Dark Moor nos tuvieron siempre (mal)acostumbrados a una calidad absolutamente soberbia en todo lo que hicieron, y aquí no todo brilló a ese nivel. Y difícil, por encima de todo, ante la desoladora ausencia del que fue, es y seguirá siendo para mí uno de los mejores vocalistas de este puto país como es mi admiradísimo Alfred Romero.
En mis redes ya he hablado largo y tendido sobre la situación, pero no está de más que nos pongamos en breve contexto antes de arrancar con la crónica. En la celebración de su concierto 25 aniversario en Madrid, hace solo 4 meses, la tristeza del vocalista al despedirse, y las inquietantes respuestas de Enrik García a las entrevistas previas, hacían ver claramente que algo no iba bien en el seno de la formación. Unos días después, concretamente el 24 de mayo, y como un puñetazo en todo el hígado, el mismo Alfred anunciaba su salida irrevocable de Dark Moor, a quienes había prestado su inigualable voz e imagen durante veintitrés años y ocho discos. Una noticia tan rematadamente jodida, que todavía no he podido asimilar del todo y un hecho que casi casi anulaba ya la posibilidad de verles en el Leyenda del Rock. Por fortuna, Enrik García tomó una decisión tan valiente como arriesgada, renovando casi por completo el line up, y ensayando a contrarreloj con los nuevos músicos para poder salvar una situación que parecía imposible. Y sin más preámbulos, pasemos a lo que fue el concierto en sí, por supuesto, desde mi humilde punto de vista, personal e intransferible.
Ante los tintineos de la introducción, tratándose de una auténtica obra maestra como es The Dark Moor, volvió a mí esa misma sensación tan estremecedora que me embargó en Madrid. No pensaba en absoluto que volverían a repetir ese fragmento, y fue un regalo para los oídos… pero pronto me di cuenta de que la magia estaba parcialmente ausente. Ya desde que llegaron los instrumentos, el sonido estuvo falto de fuerza y compactación. José Garrido (guitarrista de Arwen, que ya participó en ese mismo disco Dark Moor) y Mariana Otero (a la que ya tuvimos el inmenso placer de ver en Madrid) se adelantaban para alternar sus voces, calentando registros, y tratando de animar a un público que, aunque con timidez, se iba acercando poco a poco al escenario. La ejecución fue correcta, pero no terminó de enamorarme como la otra vez. Trataron de elaborar un setlist en el que recordaron casi todos sus discos de la segunda etapa, y mirando hacia el “Origins”, nos brindaban ahora el tema de apertura, Birth of the Sun. Como cabría esperar, las teclas de Javi Díez, pero especialmente, el violín de Óscar Calvo, cobraron mucho peso en el sonido, saliendo este último a primera línea para lucirse y echar unos bailes. Fue uno de los músicos más activos de todo el show, pero si hubo alguien que superó esto, fue sin duda Chema Sales, vocalista de los hard rockeros Lost Wingman.
Con una agilidad despampanante, y una actitud súper macarrona, se comió el escenario a bocados, cantando realmente bien y explayándose a gusto con sus reservas de poses y ademanes. Los dinámicos y rápidos punteos del gran Daniel Fernández (único superviviente hoy por hoy junto al maestro Enrik García), pusieron el broche al tema, que no tardó en enlazarse con The Chariot. Aquí volví a notar, y más que nunca, la descompensación en el sonido, además de un solo ejecutado de forma bastante regulera por parte de Enrik que, por suerte, iría de menos a más en todos los sentidos. Estático y algo nervioso al principio, pronto se fue soltando y agrupándose con todos sus compañeros, aportando coros y mostrándonos su verdadero talento. Los tres vocalistas adaptaban sus respectivos registros a las distintas partes del corte, ayudándose de las ‘chuletas’ con las letras (algo relativamente comprensible, con tan poco tiempo de ensayo). Before the Duel, por supuesto, fue una de las más reconocidas y disfrutadas de este primer tramo. El que fuera single de aquel soberbio “Beyond the Sea” volvió a tener como protagonista a Chema Sales, imparable, hambriento, siempre deseoso de montar el show con sus movimientos, llegando a partes muy altas sin despeinarse cuando fue necesario. Dani, con no menos actitud, se pateaba el escenario de un lado a otro, Enrik hacía lo propio dando unas grandes zancadas en círculos, y aunque faltaba trecho para llegar a la brillantez a la que nos tienen acostumbrados, la cosa se iba animando mucho y tomando forma.
Con un rosetón enorme apareciendo por pantalla, la leyenda de los amantes de Teruel se materializaba en canción con Love From the Stone. José y Chema apoyaban con segundas líneas, pero la principal recaía sobre la poderosísima voz de Mariana Otero, que consiguió ponerme los pelos como escarpias con un trabajo sensacional. Su calidad vocal es indiscutible, aunque por el contrario, no la llegué a ver del todo integrada sobre el escenario, muy discreta y comedida. De las dos versiones de Mio Cid, sonaba ahora la cantada en español, perfectamente iniciada con los violines de Óscar y la batería de Nacho Arriaga, del que hay que decir que trajo los deberes muy bien hechos. Sus baquetazos retumbaban potentes y sólidos. Esa parte a capela, con Chema adueñándose de la primera fila, dio paso a On the Hill of Dreams, presentada por él mismo. El clima ya se había distendido mucho, y podíamos observar esos momentos de buen rollo y risas que se echaban entre Enrik y Óscar, constantemente acercándose el uno al otro y bailoteando. Por su parte, el público arropaba cada vez más al conjunto, sin llegar a ser en número el que una banda de su calibre merece.
A tres voces, las exquisitas y oscuras melodías del segundo tema del “Autumnal” mantuvieron su esencia, con coros extra de Enrik. Hasta ahora sin ella, José se colgó su guitarra, lo que añadió mucho empaque al sonido, y daría nueva vidilla a algunos momentos en los que ya hace décadas que se echaba en falta. Hablando ahora del batería Nacho Arriaga, que sustituyó al también fugado Carlos Delgado, decir que The Road Again, pese a no ser un tema demasiado técnico que digamos, fue uno de sus mejores lucimientos, plagándola de detalles muy cuidados. Mariana (que no esperaba yo aquí), se cargó a espaldas el curro vocal junto a José Garrido, y viendo el resultado, sorprendente en muchas ocasiones, a mí me fliparía que la soprano se quedase como miembro fijo de una hipotética nueva formación. Pero a pesar de todo, y sabiéndome mal, debo insistir en que dentro de mí habitaba una pequeña desazón, un fino hilo de angustia y tristeza, al no poder ver a Alfred junto a todos sus compañeros. Y ese fue un sentimiento que, por mucho que intenté combatir, no pude quitarme de encima en todo el show. Gritos de ¡¡Dark Moor!! inundaban el recinto del Leyendas, buena señal de que la gente, al menos, lo estaba pasando bien. Ojo, y que conste que yo también, a pesar de las emociones contradictorias.
Porque con creaciones de infinita elegancia y clase superior como An End So Cold… ¿Cómo no iba a hacerlo? Doce cuerdas, en lugar de las seis habituales, se notaron mucho, y ahora Enrik sí nos mostró su mejor cara, emocionado en el solo, inmenso en sus riffs, y siempre dando muestras de esa elegancia que siempre le ha caracterizado. Los saltos de José, la impresionante voz de Mariana, los contoneos de Óscar al tocar, esa pasión que hace de Javi Díez un músico (y persona) tan especial, y Chema haciendo coros desde el fondo, mientras Dani apuntaba al cielo con su bajo, conformaron uno de los momentos más únicos del show, en el cual volví a ver a mis Dark Moor en casi toda su plenitud. De papel secundario a principal, el vocalista de Lost Wingman conquistaba de nuevo las primeras filas durante First Lance of Spain, arrollador, volteando el palo del micro y cruzándose con todos sus compañeros. Cantando de lujo, y desenvolviéndose con una soltura pasmosa, supo meterse al personal en el bolsillo una vez más. Su actuación, en términos generales, fue absolutamente genial. Ahora bien, con todo lo dicho, y con total sinceridad… ¿le veo aquí a largo plazo? ¿le VI realmente allí aquella noche?
Pues aunque me duela decirlo, no. Para una formación hardrockera como la suya, es el mejor frontman que se puede pedir, descarado, con esa brusquedad y desparpajo que tanto domina, barriobajero, descamisado, espontáneo, una actitud de aquí a la China y un vozarrón innegable. Pero salvo la última, esas cualidades no me encajan en absoluto en una banda de etiqueta negra, puro clasicismo y refinada elegancia como son Dark Moor. Aun así, faltaría más, debemos estarle muy agradecidos por los buenos momentos que nos dejó y por haber hecho posible entre otros esta velada. Y si el anterior tema del “Ars Música” fue recibido con brazos abiertos, imaginaos toda una Maid of Orleans, en calidad de único tema del setlist de la época de Elisa C. Martín. Con diferencia, uno de los aspectos que más me gustaron de ella, a parte de la inmaculada forma de cantar de Mariana, fueron esas armonías entre José y Enrik, que hacía siglos que no escuchaba, llegando estos dos a la cumbre de su virtuosismo en los desenfrenados punteos compartidos. Nuestras voces se elevaron como nunca, como si de una invitación a tocar más temas de aquella época se tratase, pero en verdad, ya solo quedaba uno para culminar. Uno y medio, más bien. Porque Don Enrik García, para sorpresa de todos, se sacó de la manga una adaptación del tema central de Juego de Tronos que compartió con su compañero Óscar Calvo al violín, tan enérgico y entregado como al principio.
La presentación de la banda fue uno de los momentos que más me llegó al alma. El concierto distó mucho de ser perfecto, y no lo digo solo yo, pero en el tono de voz y en las formas de Enrik a la hora de dirigirse a nosotros, se percibió muchísima felicidad, una enorme emoción por el hecho de que aquello finalmente se hubiese podido llevar a cabo. Y estoy seguro que esa motivación, esa certeza de que somos todavía muchos los que les queremos a morir y apostamos por ellos, le hará tomar el rumbo correcto al timón. Ahora, hablando de rumbo y timón, ya solo nos quedaba levar anclas y hacernos a la mar con La Canción del Pirata, cuyas primeras estrofas, inesperadamente, cantó el mismo Enrik a capela con mucho sentimiento. El poema de José de Espronceda cobró vida entre teclados y violines que le dieron un color fabuloso, unas bases realmente poderosas comandadas por Dani Fernández y Nacho Arriaga, y la alternancia entre José, Mariana y Chema, que fue de auténtica delicia aun sin alcanzar ni de lejos el mastodóntico feeling que transmitía Alfred. Fue, junto a Maid of Orleans, uno de los puntos clave del show, alborotado y estruendoso a nivel de público, preciso en cuanto a instrumentación, y de una épica desbordante e idónea para cerrar aquella actuación y jornada del Leyendas.
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Haciendo valoración global, y como habréis podido adivinar, el concierto me dejó un fuerte sabor agridulce que me estuvo recomiendo durante días. Al mismo tiempo, tampoco puedo hablar de decepción profunda, porque en cualquier caso, disfruté en buena medida de los temas, y de un acto de celebración que, pudiendo no haber sido, acabó dejándonos una montaña rusa de subidas y bajadas, algunos momentos de gran esplendor, pero también importantes lagunas técnicas, y un vacío que, por mucho que se puso el corazón en ello, no se pudo llenar ni a medias. Un concierto al que, dentro de la trayectoria de Dark Moor, hay que poner un ‘punto y aparte’ delante y otro detrás, como un ensayo espontáneo, como una prueba experimental para salir del paso.
Diversas personas con las que comenté la jugada, me dejaron patidifuso. Un@s me miraban raro cuando afirmaba que esta era mi BANDA del día y casi del festival. Otros, se quedaron extrañados de que no estuviese Alfred al frente, incluso algunos me llegaron a decir ¿pero ahí no cantaba una chica? En los casos más extremos, hubo gente que ni siquiera sabía que fuesen españoles y/o que aún continuasen en activo. Y esto, me resultó enormemente triste. Pero en lo que respecta al futuro de la banda, quiero dejar claro, y con orgullo, que yo seguiré apostando por ellos contra viento y marea, tal como lo he estado haciendo desde sus inicios. Porque estoy seguro de que, en las audiciones que ya están en marcha, y tal como sucedió con el cambio Elisa / Alfred, el maestro Enrik volverá a dar con otra gran voz para brindarnos muchos más años y alegrías disfrutando de este Oscuro Páramo.
Regresando a la realidad del festival, no vimos nada más porque no lo había. Eran las 3 de la madrugada pasadas y llevábamos dando caña desde las 16:50 de la tarde. Más que cualquier otro día, nos habíamos ganado a pulso un buen descanso, y al día siguiente, un inicio mucho más relajado.
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_|,,| JaviMetal (Is The Law) |,,|_


















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