
Los grandes momentos no siempre llegan en las circunstancias perfectas, o cuando uno está realmente preparado para ellos. Con frecuencia, solo el conocimiento, el rodaje, y sobre todo el paso del tiempo, traen consigo algo tan importante como es la capacidad para saber valorar dichos momentos como se merecen. De camino a Madrid, hacia uno de los conciertos más importantes del año para mí, me puse a recordar la actuación que Hanoi Rocks dieron en aquel Lorca Rock 2006. Pasadas unas cuantas horas, ya en la sala, y por pura casualidad, volví a hacerlo gracias a alguien que conocí allí mismo. Si a día de hoy me enterase de que las leyendas finlandesas fuesen a tocar en cualquier cartel de nuestra geografía… me derretiría de puro gusto, y sin embargo, en aquel Lorca Rock, todavía no les controlaba en profundidad, habiendo escuchado alguno de esos ‘greatest hits’, y poquito más. Les vi porque sabía que era una de las formaciones más importantes e influyentes de cuantas ha dado el Rock en Europa, y porque seguramente, sería algo irrepetible. Y pese al relativo desconocimiento… flipé con Monroe, McCoy y compañía por las gigantescas e inalcanzables maneras de las que hicieron gala, y por el propio shock que supuso todo aquello. Pocas veces, por no decir nunca, había visto tal comportamiento sobre un escenario y, sin embargo, sé que podría haberle sacado más jugo al momento. Afortunadamente, la vida puede brindar nuevas oportunidades, y en los dos últimos años no ha sido una, sino tres de ellas, las que me han permitido volver a estar frente a su frontman en solitario, una figura cuyo nombre es sinónimo de una actitud y una autenticidad insuperables. Así, dos décadas después, vuelvo a rendirme ante la verdad absoluta de que lo suyo es, sencillamente, de otra puta galaxia.
El aventurarse hasta Madrid, como casi todos los conciertos a los que voy, tiene su historia detrás. Cuando terminó el Rock the Sun, con Michael Monroe despidiendo la movida, me quedé tan patidifuso, tan profundamente atónito por semejante barbaridad de actuación, que no podía ni encontrar las palabras para describirla. Entonces, le dije a mi chica que, de no ser porque su gira española por salas (pensaba yo) era tan inminente, volvería a verle con los ojos cerrados a donde hiciese falta. Sin embargo, me equivocaba, y el tour por nuestro país estaba previsto para un mes y pico después. Y puesto que odio faltar a mi palabra, esa grandísima ilusión acabó por hacerse realidad para nosotros dos. Dicho esto, pocos días antes me llevé un buen susto con la súbita cancelación de la fecha de Pamplona, pero por suerte, la de Madrid continuó en pie. Una velada con Michael Monroe, y en la que hoy por hoy está considerada como una de las mejores salas de la capital, era una propuesta que no podía ser superada de ninguna manera… ¿o tal vez sí? De nuevo, me equivocaba al pensarlo.
Porque las sorpresas no dejaron de llegar, y solamente dos días antes de la tan señalada fecha, se anunciaba oficialmente a quienes serían teloneros del mítico finlandés. Y lo siento por el resto de grandes bandas del rollo que tenemos en este país, lo digo con todo el respeto… pero a día de hoy, no puede haber otra banda con la afinidad musical, inmensa clase, y soberbia calidad para ocupar ese lugar que no sean mis idolatrados Jolly Joker. Creo que no hace falta deciros el salto que pegué de la silla cuando tuve conocimiento de ello. Pero no solo los mencionados factores fueron clave, sino también el siempre impagable trabajo de Tomás Quilez de On Fire hizo que pudiésemos disfrutar de los valencianos en una noche inolvidable y ahora sí, INSUPERABLE.
La primera gran alegría fue visitar por primera vez la Revi Live, una sala situada en Vicálvaro de la que múltiples y muy distintas personas solo me habían hablado maravillas. Un local con una buena cabida, una distribución impecable, y como veríamos más tarde, un sonido que le hace ser merecedora de tales alabanzas. Nos encontramos en la puerta con una buena cola, señal de que los Jolly Joker también tienen su buena cartera de fans en Madrid, y poco a poco, el espacio se fue llenando entre las primeras filas. No solo era la segunda vez que actuaban allí mismo en cuestión de mes y medio (la anterior, junto a Ankhara), sino que también iban a repetir, en el mismo intervalo de tiempo, compartiendo cartel con la leyenda Michael Monroe. Y eso, les hizo subir muy, pero que muy creciditos al escenario.
Jolly Joker:
En teoría, el escaso tiempo del que disponían para tocar no daba para mucho… ¡en teoría! Porque en la práctica, todos sabemos que los de Valencia son especialistas en exprimir y dotar a cada segundo de actuación de una intensidad fulgurante. La peña se iba posicionando mientras sonaba ya la intro, el escenario se petaba de humo, y la potente Sky so High marcaba seguidamente el punto de no retorno ante aquel fiestón hard rockero. Vestido para matar, con su habitual frescura, y con el morro por delante (eso siempre), salía a la carrera el vocalista Lane Lazy dándole marcha a su aro, y completamente arropado por sus compañeros. Logrando levantar unas palmas muy tempranas de un público todavía muy dormido, y tratando de pegarnos esos estribillos, se notaba que habían salido muy hambrientos de Rock’n’Roll. La forma en la que Andi se desmelenaba (sonando su bajo muy duro y distorsionado), o la pasión siempre por bandera de parte de Yannick y su espectacular forma de tocar, así lo confirmaban. Ya habría tiempo para saludar. De momento, una segunda arremetida con Shotgun fue lo que necesitaba el concierto para ir escalando en intensidad, algo a lo que también contribuía la inmensa chulería de Lazy, con sombrero, terciopelo y gafas de sol en ristre. El tema estuvo marcado, entre otras cosas, por ese adelantamiento del gran Yannick, su solo, y sus poses de auténtico videoclip con las que siempre nos flipa a muerte, posición que acabaría compartiendo con su compañero Andi.
Continuaron ‘dándole puño’, al asunto, subiendo las revoluciones gracias a un temazo, también de su “Jolly Joker” como es World Collapse, pero esta vez, con Lane Lazy portando su más flamante modelo de guitarra. En este plan, los temas sonaron incluso más tochos y potentes, junto a la firme pegada de Aaron Joffroy o los constantes punteos de Andi, pero sin descuidar en ningún momento el tema escénico, cualidad intrínseca a los directos de la banda. Y como muestra, esas vueltas que se marcaba Yannick, tan inquieto como siempre, o esos restregones que se daban Lane y Andi en medio del escenario, elevando más y más el termómetro. También con dos guitarras atronando llegaba ese huracán arrasador llamado D.A.M.A.G.E. para ponernos en nuestro sitio. Con las luces parpadeando a saco, una pegada aplastante desde la batería, y valiéndose del notable sonido que tuvieron a su favor, Yannick se desataba como el guitarrista apasionado que es, lanzando gestos obscenos, acercándose para estamparnos el primer solo en la jeta, y tocando parte del final con la guitarra a sus espaldas, para colmo de espectacularidad.
A mí este puto tema me pone a 100 y, sin embargo, el público todavía parecía no terminar de arrancar por algún motivo del todo incomprensible, teniendo en cuenta la tremenda cera que estaban metiendo. Sin embargo, esto no frenó lo más mínimo el ímpetu de los músicos, que embestían con la brutal Fuck it All sin contemplaciones. Y por fin, unas cuantas manos se elevaron desde el público para recibirla, y otros tantos cabezazos siguieron el implacable ritmo que marcaba Aaron en sus parches. A pesar de que en determinadas ocasiones noté a Lane Lazy un pelín por debajo de lo que nos tiene acostumbrados en los momentos más difíciles, no se cortó un pelo a la hora de proferir gritos y darlo todo, primero hincando rodilla frente a su monitor, y luego embelesándonos a todos con su infinita clase a la hora de gesticular y moverse. A la par le iba Andi, que se comía el escenario a bocados, agitando el mástil de su bajo y correteando de aquí para allá. Lane mandó un agradecimiento tanto a la sala, como a Madness Live! y al propio Michael Monroe, antes de proseguir la fiesta con la marchosa y bailona My Little Cadillac, que desde que salió su más reciente disco, se ha convertido en alma de la fiesta.
Y no es para menos. Los ajetreos del cantante y sus balanceos de micro, el feeling que le puso Yannick a sus partes de guitarra (paso del pato incluido), y el brillante y variado trabajo de Aaron a la batería, acabaron arrancando las palmas del gentío, que acompañó el tema hasta ese final de aroma más blusero. También hubo un sincero recuerdo a las víctimas del reciente y desgraciado accidente ferroviario. El escenario se teñía ahora de rojo, y la eléctrica Blood Velvet sonaba en toda su plenitud, con excelentes coros por parte de Andi y Yannick, y una magnífica interpretación vocal. Entre gestos y movimientos constantes, los tres músicos hicieron piña en el centro del escenario, creando uno de los momentos de máxima comunión con sus fans, para dejarnos un final de órdago, con Andi ametrallándonos con su bajo, y Yannick culminando el solo tirado por el suelo y tocando alguna nota con los dientes. Lo dicho, no se puede ser más espectacular, y Jolly Joker llevan más de 15 años dejando constancia de ello. Dando ya los últimos agradecimientos y despidiéndose, los tres últimos ases que guardaban en la manga fueron de lo mejorcito del show. Primeramente, I Just Wanna (Kiss You), un tema que me enamoró a primera escucha y lo sigue haciendo en cada concierto. Pura diversión y con un toque de punk melódico que me recuerda a sus primeros trabajos, nos dejó escenas como la actuación de Lane Lazy (que se lo pasaba teta echándose unos bailes), o la descomunal actitud del infalible Yannick, que ahora se agachaba frente a nosotros, ahora nos dejaba sus mejores poses, o complementaba la parte vocal con coros armónicos.
Por si no habíamos tenido suficiente, una Hey You sin preámbulos, gamberra, chulesca y alocada, nos hizo cantar a pleno pulmón. Esa imagen con Yannick y Lane reunidos en primera línea de ataque es de las que se quedan grabadas, y al mismo tiempo, Andi se pegaba su fiesta particular, señalando a su público, agitando la melena, o juntándose con sus compañeros. Un tío que se hace de querer tanto arriba como debajo del escenario, y desde hace ya unos cuantos años, pieza fundamental en el engranaje de la banda. Con Lane Lazy soltando gritos, saltando de lado a lado, y dando patadas en círculos (así, como quien no quiere la cosa), nos enchufaban Rockin’ in Stereo, el gran apogeo de la actuación, el sarao y el desmadre. El escenario se quedaba pequeño ante los constantes cruces entre bajista y guitarrista, sudando la camiseta a tope, y mientras Aaron seguía repartiendo castañazos a diestro y siniestro, el gran Lane Lazy se daba un garbeo por el foso ‘regando’ con Jack Daniels los gaznates de las primeras filas. Y aparte del propio burbon, fueron tanto el estruendo final de luces y sonido que montaron, como los saltos desde la plataforma de la batería, los que nos dejaron a todos con un sabor de boca inmejorable.
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Entre el pitillo que echamos en la parte de fuera, y la pasadita de rigor por el baño, el tiempo de cambio se nos pasó en un santiamén. La sala se encontraba considerablemente más concurrida ahora, con las primeras filas bastante llenas, pero debido a la amplitud y gran visibilidad de la que dispone la Revi, cogimos una buena posición, sin agobios, pero desde la que todo se veía de puta madre.
Michael Monroe:
Sonaba ya esa batucada étnica a modo de introducción con la que se suelen presentar sus conciertos, y la idea de estar a punto de volver a revivir aquella tormenta de emociones de la que ya fui testigo en el penúltimo Rock Imperium, o en el reciente Rock the Sun, empezaba a acelerarme el pulso a lo bestia. El ansia por que todo aquello estallase se estaba haciendo casi insoportable. De repente, Rich, Steve y Sami se encaraban hacia la batería, con el escenario a media luz y lleno de humo, y seguidamente Monroe nos preguntaba aquello de ‘¿todo bien?’ mientras Dead, Jail or Rock 'n' Roll perforaba por primera vez nuestros tímpanos. Fue, desde el segundo uno, una puta locura, con el propio Monroe lanzando patadas al aire, sacando fuego de su armónica, compartiendo micro con Steve Conte, saltando de lado a lado al cantar el estribillo… mientras Rich Jones se cruzaba el escenario a la carrera. ¿Qué es eso de reservar energías para el final? Ese es un concepto que la banda no conoce. Esto es jodidamente REAL, es actitud en estado puro, es ese sudor que casi puedes sentir desde el escenario. En registros más melódicos, Old King’s Road prosiguió la imparable marcha, gozando de un sonido tremendamente cristalino y potente. Todo lo que me dijeron sobre la Revi en este sentido era cierto, y el show sonaba de maravilla.
La inmensa clase de Sami Yaffa, el solo compartido entre Rick y Steve, y las maneras de Monroe (abanicándose en todo un derroche de glamur, o cargando con el palo de micro a sus espaldas) aceleraron aún más el latido, y nos llevaron de la mano hasta el primer hit de Hanoi Rocks que sonó aquella noche, la rocanrolera y puramente enérgica Motorvatin'. Abrían con mucho aplomo Sami Yaffa y Karl Rockfist, quien no pudo estar en el concierto de Barcelona, pero que aquella noche me dejaría con los ojos como platos por su forma de tocar. Al igual que con el primer corte, Monroe daba caña a su armónica como un salvaje, correteando de aquí para allá y agachándose, con la soltura propia de un chaval de 20 años. Last Train to Tokyo me volvió completamente loco, y me pasé todo el puto tema, de principio a fin, saltando. Hay algo en los directos de la banda que me obliga a ello, que no me deja parar, cuando veo a ese rockstar finlandés comiéndose las primeras filas luciendo un actitud con la que otros solo pueden soñar. La salida individual de Conte, y ese micro compartido entre Sami y Rich, también contribuyen al conjunto de la soberbia espectacularidad. Verles es como volver a los 80 más pasotas y callejeros, y al mismo tiempo, impregnados de una clase inalcanzable.
A continuación, tendríamos el placer de degustar toda una seguidilla de temas del que es su más reciente y flamante álbum, ese “Outerstellar” que, al menos a mí, me ha flipado, y no puedo dejar de escuchar. Empezando por Rockin' Horse, la pegada y entusiasmo de Karl Rockfist, las vibrantes armónicas de Michael, o esa forma tan agresiva de rasgar Sami Yaffa (que se despatarraba con total chulería), volvieron a hacer arder mi sangre, y sencillamente, no podía parar de saltar y bailar. Algo similar sucedió con Black Cadillac, iniciada esta vez por los riffs de Steve Conte y con unos ademanes del vocalista que fueron purísimo glam mientras ondeaba una bandera que le cayó desde el público. Por fin, los ‘¡eh eh!’ brotaron de forma espontánea de un respetable al que le costó mucho arrancar. Tanto es así, que a veces me daba reparo mostrarme tan loco y desatado ante el exceso de horchata en las venas y absurdo estatismo que reinaba en mi entorno… pero es que me es imposible vivir estos conciertos de otra forma. En I Can’t Get it, de Hanoi Rocks, se escucharon perfectamente las armonías de cuerdas, aunque el dominio más notable recayó en los parches de Karl, completamente entusiasmado y cada vez más agresivo con sus mamporrazos. Casi al final del corte, con la adrenalina muy subida, Michael se encaramaba a la columna del escenario sin pensarlo dos veces, para deleite y jolgorio de toda la sala.
A su vez, Shinola volvió por esos derroteros más punk y desgarbados, los mismos por los que Michael se mueve como pez en el agua. Se calzaba en ella su primer modelito de gorra, y continuaba llevando el timón del concierto con una fluidez y un desparpajo increíbles e impropios de una edad que, en su caso, paró de sumar hace muchos años. Tanto a Rick como a Sami y Steve, se les vio especialmente motivados en esta última, rasgando las cuerdas con mucho ahínco, y ejecutando unos coros de fábula. De igual modo, los cuatro ‘delanteros’ se mostraron muy acompasados en esa patada al unísono que pegaban durante Nothin's Alright. Y atención porque, tratándose de Demolition 23, esto ya fueron palabras mayores. Muchos a mi alrededor parecían no enterarse de qué iba la película, pero el subidón entre las primeras filas sí se hizo de notar. Karl daba los primeros repuntes, y Monroe se encargaba de llevarlo a otro nivel escénico, dando vueltas al cable de su micro, chutándose en las venas este último, y auto-crucificándose con el soporte, todo ello, sin parar ni para pestañear. Lo de Rick y Sami también fue enorme, con un magnetismo total en sus gestos, ‘sobradas’ y movimientos.
Pero la verdadera explosión del más lujurioso desmadre (principalmente sobre las tablas), llegó de la mano de la sexpistolera Hammersmith Palais, y a partir de aquí, incluso la peña empezó a entregarse más. Sami y Karl, en ese cara a cara, se lo pasaban de miedo, mientras el frontman seguía dejándonos patidifusos con su incombustible chorro de energía y voz. La mayor ovación de la noche no se hizo de rogar, pero los músicos no se acomodaron, y pasaron a la acción con otro corte nuevo, Rode to Ruin. El flow que mostraba el legendario Sami Yaffa era impresionante, más que tocando, golpeando sus cuerdas, abriéndose de piernas, luciendo gorro y atuendo 100% clásico, sonriendo a sus compañeros y compartiendo coros ellos. Verle tocar es casi hipnótico, transmite muchísimo, y destila una de esas actitudes que no se pueden aprender: se nace con ella. Todo se cubría de humo, y Monroe se ponía sus gafas de sol para imponer aún más fanfarronería en la soberbia Boulevard of Broken Dreams, muy cantada en su estribillo y disfrutada en general (algo aplicable a cualquier himno de Hanoi). Pisando a fondo el acelerador, One Man Gang fue un torbellino de destrucción, rápida de la hostia, petada de poses y comportamientos excéntricos, entre los que el cantante se cebaba estrellando su palo contra el suelo.
La cosa iba tomando un cariz apabullante, una intensidad como pocas veces he visto en un concierto, y subía exponencialmente con cada corte, pero también era necesario ese momento de relax y manos ondeando en el aire que trajo consigo ese baladón llamado Don't You Ever Leave Me, de nuevo, tirando de la discografía de Hanoi Rocks, y con Rich Jones aportando sus propios fraseos. Gracias a ella, el contraste con la furiosa Back to Mystery City se hizo todavía más impactante, desatando un subidón de proporciones masivas, en donde Karl le sacaba más partido que nunca a sus tambores, Monroe se mostraba muy hábil, tanto con los tonos más complicados como a la hora de despatarrarse por completo, y ambos hachas volvían a brillar con luz propia. Por nuestra parte, acompañamos con palmas gran parte del tema, hasta ese desboque final en donde no hubo más remedio que volvernos completamente locos. Para mi gusto, llegaba a continuación uno de los momentos álgidos de todo el show con Ballad of the Lower East Side. Y es que, ¿quién cojones puede tener la poca sangre de quedarse quieto ante este aluvión de macarrería y adrenalina en estado puro? Ataviado con gafas de sol y su gorra de leds, Michael lo tiró todo por los aires, quemando el escenario, saltando y pateando el suelo, recorriéndolo junto al soporte, y cantando con toda la mala leche posible, al mismo tiempo que Rich, Steve y Yaffa se adelantaban, haciendo piña al borde del escenario. ¡TREMENDA!
Tenía los huesos hechos polvos de tanto saltar y bailar, y aun así, me era imposible parar. ¡Y aún quedaba cosa gorda! Porque aunque pareciese imposible, fueron más allá tirando de Malibu Beach. Cuando Monroe empuña su saxo, es sinónimo de fiestaca y desmelene, dándose unos paseos a un lado y otro junto a Rich, asomándose para provocar más aún a la peña, y luciendo toda clase de posturas en un espectáculo sin parangón. ‘Good Night!’, nos deseaba la estrella del rock, antes de arrancar con esa excelsa versión de Creedence Clearwater Revival que es Up Around the Bend. Durante todo el concierto, trató con todas sus fuerzas de conectar con el público, y fue durante esta última donde más lo consiguió. Se acercaba a los monitores para apoyarse allí con la mirada fija en nosotros, después metía esos fogonazos de armónica, compartía micro con Rich, y posteriormente, volvía a estampar su palo en el suelo con el máximo desdén. Mirases donde mirases, en el momento que fuese, era imposible dejar de flipar con lo que estaba sucediendo allí arriba. El descanso antes de los bises nos dio unos pocos minutos de respiro, que aprovechamos para dedicarles unos calurosos ‘oes’. Pero la tranquilidad no duró demasiado, y muy pronto les tendríamos ahí, con las pilas recargadas, metiéndole cera al Taxi Driver de Hanoi Rocks.
Con talante descarado y una actitud de lo más barriobajera y arrastrada, Yaffa y Monroe protagonizaron con su dúo al frente del escenario uno de los momentos más explosivos del tema… o tal vez fue el ardiente solo de Steve Conte… o esos castañazos de Karl en las transiciones… o sería que, sencillamente, estábamos asistiendo a uno de los mejores putos directos que se pueden ver a día de hoy. Tan agotados nos vio el cantante, que repartió unas cuantas botellas de agua entre nosotros, pero a pesar de que él mismo estaba totalmente empapado en sudor, no mostraba el más mínimo signo de cansancio. Para dejar el listón por las nubes, y después de una pequeña exhibición entre Rick y Steve, nos regalaban una versión de The Stooges, que ya aparecía registrada en el “All Those Wasted Years” de Hanoi Rocks, ni más ni menos que I Feel Alright. Haciendo la gracia, el vocalista se encajaba una nariz de payaso, para lanzarla en seguida por los aires y darnos lo que estábamos deseando: un chutazo definitivo de Rock’n’Roll, a toda hostia y directo al corazón. Eran los últimos instantes y había que absorber todas las sensaciones restantes, abrir bien los ojos y oídos ante esos amagos de wah de Steve, ante las últimas rachas de armónica de Monroe (quien se abalanzó hacia la valla para buscar el contacto directo con el público), y ante la paliza final que Karl propinaba a su batería. Y ese salto coordinado desde la plataforma, entre luces cegadoras, remató la gran jugada por todo lo alto.
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Os aseguro que pocas veces en mi vida he salido tan hecho mierda, a la vez que extasiado, de un concierto. Como si me hubiese pasado un tráiler por encima, me dolía todo el cuerpo (y peor sería al día siguiente), y apenas podía dar ni un paso, pero para mí eso va siempre a la par con la inmensa satisfacción de haber vivido y aprovechado un concierto hasta el límite de la resistencia. La despedida de la noche no pudo ser mejor, compartiendo abrazos y momentos con mis amigos de la familia Jolly Joker (incluyendo a mis queridos Nando y Judith), pillándome el tourbook de la gira, e intercambiando impresiones con varias personas, casi siempre con una misma y unánime conclusión: lo visto en la Revi Live aquella noche de Jueves fue algo tan excepcional, tan jodidamente arrebatador y desbordante, que transcurrirá mucho tiempo hasta que vuelva a vivir algo similar. Tal vez, sin ir más lejos, hasta la próxima vez que Mr. Michael Monroe tenga a bien regresar por estas tierras.
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