El cuarto día a bordo ya fue otra cosa muy
distinta por la mañana. Me levanté bastante reposado y por tanto, con mucho
mejor humor, dispuesto a empezar, junto a mi chica y mi amiga Elena, desde bien
temprano la fiesta… no sin antes practicar el noble (y prácticamente
obligatorio) arte de abusar del restaurante de comida libre. Sí, soy una de
esas personas que no les sale a cuenta a este tipo de bufetes. La ‘fartada’,
como decimos en mi pueblo, fue tan monstruosa, que casi salgo de allí rodando
más que andando, pero también imprescindible para soportar el duro ritmo que
llevábamos día tras día. Hasta el momento, estaba siendo un festival
enormemente aprovechado. Ya había visto a muchas de mis bandas favoritas, pero
todavía quedaban muchas más, y concretamente, aquel penúltimo día, Dangerous Toys, Lizzy Borden, Crazy Lixx
y, por encima de todos, otro Top absoluto para mí, Winger. A parte, tenía intención de volver a ver a H.E.A.T (esta vez, concierto completo), que no por haberles disfrutado ya incontables veces, iban a tener menos peso en
el cartel. Vamos, lo que viene a ser otro día completamente abarrotado de
conciertos desde primera hora hasta la madrugada, o dicho de otra forma, serotonina
non-stop a raudales. Pasar tantas horas allí, paseando una y otra vez por los
rincones del crucero, conviviendo con tanta gente del Rock, conociendo a muchos
y encontrándote con colegas, zampando, descubriendo nuevos lugares incluso… son
cosas que hacen que se convierta rápidamente en tu nuevo hogar. Es casi como si
el mundo exterior hubiese dejado de existir desde el primer día en que entras.
Y como uno disfruta tan intensamente, el tiempo pasa muy deprisa, demasiado. Con
esa máxima pues, había que exprimir otra nueva jornada hasta que el cuerpo
aguantase (y más allá).