El
viernes de este Zurbarán Rock 2023, que en teoría era el día “pequeño” o “de
presentación” (o como se le quiera llamar), de relajado no tuvo un pelo.
Llegamos al recinto a las 16:00 y lo abandonamos casi a las 3 de la madrugada.
Cinco conciertos seguidos, presenciados y vividos de cabo a rabo que nos
dejaron con muchas ganas de volver al día siguiente, y mezclarnos de nuevo entre
aquel maravilloso ambiente que se vivía en la Plaza San Agustín. En una parte
del recinto (aunque no era un lugar realmente delimitado) estaba el escenario
principal, no monstruosamente grande, pero sí lo suficiente para que las bandas
se explayaran sobre él a gusto. Al otro extremo, estaba el escenario pequeño,
que albergó conciertos y Djs que pincharon música durante todo el día. También
se encontraban allí los puestos de comida y de merchandising. Al principio,
pensé que el perímetro se quedaría pequeño, pero era más amplio de lo que
parecía. Había bancos y césped, bares cerca, monumentos como la majestuosa
catedral de Burgos a 10 minutos andando, así como zonas de tapeo y peatonales…
un lugar precioso que me cautivó. Para redondear todavía más el tema, los
precios eran realmente asequibles, había cerveza, había kalimotxo, y también
comida, todo fantástico hasta ahí. Sin embargo, hay un aspecto que deberían
considerar muy seriamente para el futuro, y es el de la venta de los tickets.
No solamente porque las colas eran de infarto, sino porque además, iban
lentísimas, y con todo, al final la organización del festival dejaría de ganar
un montón de pasta. Un par de ventanitas más, o incluso más casetas de venta,
podrían ser la solución. También me extrañó que hubiese tan pocos WC
portátiles, pero lo cierto es que en ningún momento tuve que esperar demasiado.