Desde
luego, si este no fue uno de los fines de semana más intensos en lo que va de
año, y lo que queda de él… ya no sé cómo calificarlo. El jueves día 11, a las 7
de la mañana, empezaba la aventura, y además, con mayúsculas. Partíamos con
destino a Burgos para dos días de festival de Metal y Rock non-stop. Unos días
que exprimimos hasta sus últimas consecuencias, al límite de la resistencia
física, en donde también entraron en juego las 12 horas de coche que nos
pulimos para ir y volver. El Zurbarán Rock ya fue de por sí una maratón, un
tour de force que nos dejó hechos papilla. Cualquiera diría que, tras un fin de
semana con ese imparable ritmo, lo único que deseábamos al llegar a casa era
coger la cama y darle una buena paliza… pero se equivocaría. Porque todavía
quedaba un grandísimo objetivo, una meta final, y porque no llamarlo así, un
último premio para redondearlo todo. Aunque no es una banda excesivamente
difícil de ver por la terreta (la han visitado como unas cinco veces en menos
dos décadas), esta nueva llegada de The
Cult era todo un acontecimiento para los fans y, en general, para cualquier
amante del buen Rock que se precie de serlo. Aunque incluso a mí me cueste
creerlo, nunca les había podido ver hasta ahora, por unas cosas u otras, y eso
es algo a lo que había que remediar a la fuerza esa misma noche. El cansancio
extremo que sufríamos era un hándicap, claro que sí, pero las ganas de ver en
directo a los de Bradford lo superaban con creces. Y hablo en plural porque
tres de los cuatro ‘calaveras’ que lo pasamos en grande en Burgos, terminamos
disfrutando también aquel concierto, codo con codo.