Salvo algunos días parcialmente nublados, o algún que otro
chispeo en días anteriores al crucero, estábamos disfrutando a tope de algo así
como un verano anticipado en pleno Febrero gracias al clima tropical y
eternamente cálido de la zona, y eso para mis oídos es pura música celestial. De
hecho, no tardé en andar por ahí con la cara roja como una gamba. Disfrutar de
esta forma los conciertos, y además sin mascarillas ni polladas, fue un
verdadero privilegio, una sensación indescriptible de volver a los tiempos
pre-pandémicos donde la libertad en los conciertos era absoluta. Es otro de
tantos motivos por los que, aun con todos los bajones que nos tocó sufrir,
mereció la pena hacer este viaje. Obviamente, y a pesar de que el hecho de
estar sobre un crucero le daba a todo un aire algo pijo y elitista, las
comodidades eran de otro planeta. ¿Qué quería uno cambiarse? Pues en un bote a
la habitación y con tranquilidad, e incluso para tomarse ese ratillo exprés
para descansar los pies unos segundos entre bolo y bolo. ¿Qué apetecía privar?
Había decenas de barras donde escoger, allá donde uno estuviese, y lo mismo se
puede decir prácticamente de la comida. El viernes era un día exclusivamente
para ver conciertos, sin paradas. No había excursiones y, probablemente fue la
agenda más concurrida de todo el festival para nosotros, y llegué a ver la
friolera de ocho actuaciones distintas, la mayoría de ellas completas. Fue una
de las jornadas más destroyer que tuvimos, pero la exprimimos al máximo, y
además, hubo tiempo para hacer otras cosas, como filtrarse unas cuantas copas o
darse una cena de verdadero escándalo en el restaurante de lujo. En cuanto a
las bandas, había muchas en el cartel que no había visto nunca y les tenía unas
ganas locas.