Al día siguiente, sábado, todos nos despertamos con los
ánimos por las nubes. Aunque reconozco que me venció bastante el sueño y la
pereza a la hora de levantarme temprano, había muchas ganas de visitar la
preciosa ciudad de Burgos, su imponente catedral y sus callejuelas llenas de
ambiente, invadidas por doquier de melenudos y camisetas negras. Ese fin de
semana, para respirar un ambientazo de puta madre, no era necesariamente
imprescindible estar en el Parque de San Agustín, donde horas más tarde tendría
lugar la segunda jornada del festival: bastaba por echarse un rulo por sus
bares, garitos y restaurantes para empaparse de ese clima festivo y de colegueo
que reinaba. Tras un pequeño descarrío por las calles de la ciudad (lo cual
también aproveché para admirar su belleza), me reuní con mis colegas Alan, Popi
y Pedro en las mesas exteriores del local metalero Jarra'n'Heavy, donde además,
tuvimos el inmenso privilegio de contar con la compañía del gran maestro J.A.
Armero, y sus encantadoras amigas Rebeca y Leticia (alias Piratilla), con
quienes pasamos una mañana de auténtico lujo entre birra y birra, risas, y edificantes
charlas musicales de esas que tanto me gustan. El sol empezaba a apretar de lo
lindo a aquellas horas, y mucha gente se refugiaba en las terrazas, buscando
sombra y un buen refrigerio para darle alegría al gaznate. Por primera vez en
su historia, el Zurbarán Rock montó un concierto acústico en pleno centro, justo
enfrente de la gran catedral. Los argentinos Skiltron serían los encargados de animar el mediodía con sus temas
y su sonido folclórico, y allá que fuimos, a pleno solano, a pasar un buen rato
y divertirnos con ellos, entre una considerable multitud, entre curiosos y fans
de la banda, que llenaron casi a tope la Plaza Rey San Fernando.
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jueves, 18 de julio de 2024
miércoles, 13 de marzo de 2024
Let's get CRAZY!! (Monsters of Rock Cruise 2024, 1ª Jornada, sábado 02/03/2024, Independence of the Seas)
La mañana en la
que, por fin, íbamos a embarcar en ese coloso llamado Independence of the Seas,
fue un poco estresante. Era hora de dejar la casa donde habíamos convivido
durante cuatro días (adiós futbolín, adiós arcade de Mortal Kombat) y volver a
embutir todos los trastos en las maletas. Lo cierto es que estuvimos muy a
gusto, era una casa fantástica, bonita y bastante bien equipada. Me tocó
madrugar más de lo deseable, pero el subidón, solamente de pensar lo que se nos
venía encima, me hizo abrir los ojos de par en par. De todas formas, tarde o
temprano lo habría hecho la luz de la mañana, ya que por lo visto, los
americanos desconocen la existencia de esas cosas tan extrañas llamadas ‘persianas’.
Hoy era el gran día. O mejor dicho, el primer gran día de muchos. A pesar de la
nefasta combinación de las líneas de autobús de Miami, y la exasperante
lentitud de estos, logramos llegar a tiempo a la zona de embarque, donde
cientos y cientos de rockeros formaban cola para entrar en ese paraíso flotante.
Hacía un calor brutal, y la espera se me hizo bastante larga y estresante, cambiar
trastos de sitio, preparar documentación, etc. Hace dos años tuvimos que dejar
nuestra maleta para que nos la entregasen ya por la tarde, pero en esta
ocasión, conseguimos colarla con nosotros. Al fin nos encontrábamos ante la
puerta de embarque, y traspasarla es una sensación que no se puede expresar con
palabras. Es como cruzar las puertas de la libertad más absoluta, y más cuando,
tras andar unos metros, te recibe el ‘comité de bienvenida’, ofreciendo champán
y birra totalmente por la patilla. No tardamos en reencontrarnos con nuestros
colegas Aitor e Inma, y las ganas de que todo empezara nos hacían subirnos por
las paredes.