¡Se acabó lo que se daba! Eso es lo que estaríamos diciendo
hace solo unos pocos años, en cualquier Leyendas pre-pandemia, a estas mismas
alturas. Entonces, el formato del festival era de tres días, existiendo un
cuarto a modo de fiesta de presentación, pero muy light, con solo un escenario,
las típicas bandas populares (la mayoría nacionales) y más vistas que el tebeo,
y entrada gratuita o a precio reducido en los últimos años. En este, uno de los
principales cambios, en ese sentido, ha sido transformar el primer día (el día
“zero”, que me gustaba llamarlo a mí), en una jornada completa más, con todo al
100%, mismo número de bandas que el resto de días, de un nivel de homogéneo al
resto, y los tres escenarios funcionando a pleno rendimiento. Y por supuesto,
nada de entrada gratuita ni barata, lo cual, por una parte elimina el público casual,
aunque por otra, cierra las puertas a todos aquellos ‘del rollo’ que año tras
año solo podían acudir a dicha fiesta de presentación, por motivos económicos,
o lo que sea. El tema es que si el Leyendas siempre fue, desde sus inicios, un
festival realmente duro, por el insoportable calor de las fechas, y por su
nefasta zona de acampada en instalaciones en general, este año nos dejó a la
gran mayoría absolutamente deshechos. Llamadme loco, pero casi preferiría que
volvieran al antiguo formato, que recortasen bandas, y que lo compactaran todo
un poco… Pero en fin, es lo que hay, aquí está claro que se viene a pelear, y a
darlo todo, a muerte, hasta que las piernas te mantengan en pie. También es
cierto que, al final, por muy hecho mierda que uno esté, el tiempo se acaba
pasando demasiado rápido. Es la eterna magia de los festivales.