Finales del mes de agosto, ciudad barcelonense de Ripollet,
y viernes. Con tan solo esos datos, ya es muy sencillo adivinar que estamos
hablando de una de las citas anuales más importantes en lo que a festivales de
Rock y Metal se refiere. Incluso más que una simple cita, podríamos referirnos
al festival Ripollet Rock como un auténtico ritual cuyo nacimiento casi se
pierde ya en la memoria de los tiempos, imperecedero, incombustible. Un evento
que siempre cuenta con el amor y el apoyo de un público incondicional, y un
esfuerzo más que patente y admirable por parte de la asociación que, año tras
año, lo lleva adelante a pesar de las adversidades. Una cita ineludible por
estas fechas en los Països Catalans, casi una suerte de peregrinaje a donde
acuden melenudos de toda la península para disfrutar de carteles la mar de
atractivos. Incluso en el 2021, en plena pandemia, y con unos cuantos recortes
por aquí, y unos cambios drásticos por allá, logró llevarse a cabo contra todo
pronóstico. No fue la mejor edición, desde luego, pero sí una muestra más del
empeño y testarudez de la Asociación Ripollet Rock por estar siempre al pie del
cañón y no fallar una sola. A tod@s ell@s, como siempre he dicho en cada una de
las crónicas que he escrito sobre este festival, mi más sentido aplauso. La
cosa es que el cartel de esta edición 2024 no era el que más me motivaba, pero
sí más que el del pasado año (esto ya es a título personal, claro). E
intentando hacer coincidir fechas de trabajo con la gran celebración, al final
pudimos darnos el gustazo de asistir, aunque ya os aviso que fue un
acercamiento exprés debido a dichas obligaciones laborales. Pero menos da una
piedra, ¿no? Y además, como siempre, 100% gratuito.