En los últimos años cada vez me acerco a la capital con más frecuencia, a sus distintas salas, para ver conciertos, porque últimamente la cosa está que arde. Lo cierto es que no son viajes baratos precisamente (entre comidas, gasolina, alojamiento y entradas de concierto la broma se puede ir a más de 200 euros), pero también es cierto que al final, y especialmente en la zona donde vivo, o mueves el culo, o te pudres en el sofá esperando a que esa gran gira pase cerca y al final nunca acaba por llegar. O eso, o te acabas volviendo un pringao panoli que suelta frases como “yo cuando era heavy…” “yo cuando iba a conciertos”… algo que me resulta patético a todas luces. Al final, siempre merece la pena echarse los kilómetros y vaciar el bolsillo para vivir los espectáculos que, desgraciadamente, nunca veremos por Alicante o alrededores; que no sea todo amargura en el trabajo. Pero especialmente el evento que aconteció el pasado sábado 27 era, literalmente, para mear y no echar gota. Un cartelón de auténtico lujo para los amantes del rock en general y del hard rock en particular, pero que en cualquier caso nadie debería haberse perdido. Un evento único e irrepetible que era sin duda un auténtico caramelo, de los que se repiten cada mucho, mucho tiempo (lo último tan bestia que recuerdo fue aquel legendario concierto de Europe + Whitesnake + Def Leppard en el poble espanyol de Barcelona). Dentro siempre del hard rock, el festival contaba con bastante variedad para todos los gustos, desde hard rock más actual (que no moderno, ojo), algo más de clase por allí y algo más macarra por allá. Pero junto a las bandas, lo mejor de todo fue sin duda el gran ambiente reinante con gente que tenía muy claro de lo que iba a disfrutar: hard rock en vena.