Se podría decir que este año comenzó de una forma inmejorable. Tras el atracón de resaca habitual del día de año nuevo, decidí cambiar de aires, ya asqueado de tanta fiesta improductiva en el pueblo. Lo cierto es que de esto ya hace casi un mes, por lo que como podréis ver la crónica se ha retrasado de forma casi infinita por diversas circunstancias. Lo cierto es que odio hacer esto, pero entre unas cosas y otras… Nada, que no tengo excusa, es pa matarme o insultarme, pero demostraré que recuerdo perfectamente la mayoría de detalles a pesar del tiempo. En cualquier caso (continúo) tras estas fechas de alcohol y resacón, nadie se hizo el ánimo de venir conmigo a lo que ya de primeras pintaba como una velada para chuparse los dedos. Mi GPS y yo (al final voy a pedir matrimonio a la chica del GPS, ya que en las noches de concierto paso más tiempo con ella que con nadie más jaja) nos arrimamos a la pequeña localidad de Sedaví, en Valencia para redimirme de algo que ya anuncié en el Leyendas del Rock del año pasado: perderme nada menos que al tributo a Rainbow, Rising. Esta era la noche de la expiación pues. Llegué sobrado de tiempo a la apertura de puertas, aunque esto no explica la poca cantidad de gente que había por los alrededores de la sala, y daba la impresión de que iba a ser un concierto un tanto desangelado y frío (no por las bandas, claro) que conforme avanzó la noche se fue caldeando. Mira que, como he dicho muchas veces, los tributos no son mi fuerte, pero, sin desmerecer al resto de bandas del cartel, Rising eran la verdadera estrella que brillaría con luz propia en aquella fría noche de Enero.