El pasado fin de semana podría haber sido uno normal, uno de tantos. Viernes tranquilo reposando el día de curro en casa, y sábado con una pequeña escapadita nocturna de la cual no quise abusar ni alargar en exceso. La razón fue porque, el domingo, una poderosa fuerza me atraería una vez más hasta la Rock City de Valencia. Esa fuerza tiene nombre, el de los portugueses Moonspell, que están realizando una extensa gira por nuestro país entre otros muchos, y bastante especial, por cierto. Podría haber pensado, al ser un día tan difícil, que ya les he visto como 6 o 7 veces y que no son una banda especialmente complicada de ver por aquí, y finalmente desistir, y más cuando mis opciones de ir acompañado fueron cayendo una tras otra. Pero lo cierto es que es una banda con la que me he ido encariñando mucho a través de los años, concierto a concierto, y me apetecía muchísimo verles en sala, lo cual iba a ser mi primera vez, así que me puse mis mejores galas (la misma puta ropa de siempre, vamos) y sobre las 19:00 de la tarde, hora en la que el show tenía prevista la apertura de puertas, salí zumbando de aquí con la única compañía de la voz de mi GPS, con muchas ganas de que el viaje se hiciera corto, llegar a la sala, aparcar, pillar la entrada, darle dos mordiscos al bocata, y meterme silenciosamente entre el calor de la peña. ¿Fue una putada que el concierto fuese el domingo? Pues sí, la verdad, porque al día siguiente fui a currar bastante hecho polvo. ¿Valió la pena? Que no os quepa la menor duda de que SÍ, porque al igual que en esta vida es obligatorio trabajar, bajo mi punto de vista es igualmente obligatorio divertirse, sea cuando sea y donde sea.