Este
último sábado, pasados cinco días hasta que empiezo a redactar estas mismas
líneas, el Rock Imperium 2024 ponía punto y final a su celebración en la ciudad
de Cartagena, y además, por todo lo alto, con una bandaza como The Darkness.
Pero a pesar de esos días que ya me separan de él, todavía tengo la cabeza
petadísima de temas, de sensaciones, de rostros, y de momentos de esos que el
tiempo no va a poder borrar fácilmente. Y por qué no decirlo, todavía me
acompaña en el día a día un ligero dolor de espalda, cuello y brazos. De hecho,
lo que me extraña es que pudiese terminar el festival de una pieza. No exagero:
este Rock Imperium fue, con diferencia, la edición en la que más he apretado de
todas, llegando a momentos en los que me encontraba al borde del colapso
físico. Pero es que un cartel así… es lo que tiene. Prácticamente, no puedo
mirar a ningún centímetro de los horarios, y no ver alguna banda que me
encante. El hecho de que iba a ser un festival duro, duro, era algo de cajón, pero
joder, en pocos en mi vida he terminado tan reventado. Y aunque en realidad la
forma física también es fundamental, no creo que sea esto, en el fondo, lo que
nos mueve, sino la pasión. Pasión por vivir nuestros temas favoritos, y por
descubrir bandas en directo, y pasión por pasar más de 12 horas al día, durante
varios días, sin que la música deje de sonar. Esa creo que es la verdadera
fuerza, nuestras baterías, la electricidad que nos impulsa hacia adelante. Y eso
es lo que a muchos nos hace sobrevivir a ese cansancio que, en determinados
momentos y circunstancias, puede llegar a ser una tortura, y al paso de los
años, en pie mientras otros caen miserablemente.