En uno de mis siempre reconfortantes y frecuentes viajes a Reus, hace dos sábados exactamente, la fecha no pudo ser más acertada para meterme de lleno, después de bastante tiempo sin Metal en vena, en una noche de esas que uno sale extasiado, difícil de olvidar pese a que este evento no sea algo nuevo ni mucho menos en lo que llevamos de año. El hecho de que, una vez más, fuese Hamlet la banda encargada de devolverme esa sensación de embriaguez que tanto he añorado en estas últimas semanas de sequía no hace más que aumentar el grado de casualidad y coincidencia. Pero que bien sienta una noche con ellos, oigan, descalabrándome con cada canción, sintiendo cada acorde y moliéndome a palos cuando llegan esos grandes momentos. La sala Toman, en la misma ciudad de Reus, era la encargada de acoger el evento, una sala sin demasiado aforo que prometía un concierto bastante íntimo y guerrillero (algo que se perdió en gran parte en la última ocasión que tuve de verles, en la sala Fussion, Massanassa, por el tamaño de esta). Los precios en esta ocasión también eran bastante más amables. Me llevo un buen concepto de una sala que todavía no conocía, eso sí, inadaptable para bolos más grandes. A pesar de que fui acompañado hasta la puerta de la sala, nadie tenía ganas de pasar, así que entré solo al concierto. O más bien me quedé en la puerta, porque debido al puto fútbol de los cojones el concierto se retrasó al menos una hora. Poco después la peña fue entrando y acercándose a la barra, exactamente lo mismo que haría yo al rato y, cerveza en mano, empecé a coger calor y a desear que empezara ya el concierto de una vez.