Que ganas de que llegara este fin de semana, que como suele pasar con las cosas que esperas con más ansias, ha pasado más rápido de lo deseable, eso sí, dejando unos recuerdos intensos e inolvidables por haber podido ver unos conciertos de tal magnitud pero también por toda la gente que me acompañó y que hicieron que todo fuese aun más grande. Sonisphere 2013. Hacía muchos años que no acudía a un festival español grande. Juré no hacerlo después de tantas experiencias infames con las cutre-organizaciones made in Spain, pero particularmente esta ocasión era ineludible y tenía que hacer el esfuerzo sí o también. Eso sí, la organización como siempre petando por todas partes, a pesar de que hubo cosas positivas: el acceso a la entrada fue bastante fluido y sin aglomeraciones y el recinto me parece idóneo para realizar este tipo de eventos tan grandes. Quitando la zona del concierto, que estuvo continuamente abarrotada de peña, en el resto del recinto se podía descansar y reposar las cervicales tranquilamente, había grandes zonas de sombra (algo realmente impagable), muchos servicios bien distribuidos y varias carpas de bebida bastante grandes. La cara negativa, como siempre, son aspectos pendientes de pulir si alguna vez se quiere realizar aquí algo al mismo nivel o parecido al de los festivales internacionales. Las opciones de comida eran bastante escuetas; aunque había opción vegetariana, todo costaba 5 euros del ala, bocadillos hechos con pan de chicle de a saber cuanto tiempo, hamburguesas raquíticas y unos kebab que daban auténtica risa, todo a precio de oro. En el tema de la bebida la cosa ya era dramática. 3 euros por un vasito de cerveza, 2 euros por una botellita de 20 cl. de agua y nada menos que ¡¡¡8!!! Euros por un mini de calimocho (no un litro, no nos engañemos). Otra cosa que no me hizo ni puta gracia fue observar como el primer concierto ya había empezado cuando no había dentro del recinto ni la mitad de gente.