La mañana en la
que, por fin, íbamos a embarcar en ese coloso llamado Independence of the Seas,
fue un poco estresante. Era hora de dejar la casa donde habíamos convivido
durante cuatro días (adiós futbolín, adiós arcade de Mortal Kombat) y volver a
embutir todos los trastos en las maletas. Lo cierto es que estuvimos muy a
gusto, era una casa fantástica, bonita y bastante bien equipada. Me tocó
madrugar más de lo deseable, pero el subidón, solamente de pensar lo que se nos
venía encima, me hizo abrir los ojos de par en par. De todas formas, tarde o
temprano lo habría hecho la luz de la mañana, ya que por lo visto, los
americanos desconocen la existencia de esas cosas tan extrañas llamadas ‘persianas’.
Hoy era el gran día. O mejor dicho, el primer gran día de muchos. A pesar de la
nefasta combinación de las líneas de autobús de Miami, y la exasperante
lentitud de estos, logramos llegar a tiempo a la zona de embarque, donde
cientos y cientos de rockeros formaban cola para entrar en ese paraíso flotante.
Hacía un calor brutal, y la espera se me hizo bastante larga y estresante, cambiar
trastos de sitio, preparar documentación, etc. Hace dos años tuvimos que dejar
nuestra maleta para que nos la entregasen ya por la tarde, pero en esta
ocasión, conseguimos colarla con nosotros. Al fin nos encontrábamos ante la
puerta de embarque, y traspasarla es una sensación que no se puede expresar con
palabras. Es como cruzar las puertas de la libertad más absoluta, y más cuando,
tras andar unos metros, te recibe el ‘comité de bienvenida’, ofreciendo champán
y birra totalmente por la patilla. No tardamos en reencontrarnos con nuestros
colegas Aitor e Inma, y las ganas de que todo empezara nos hacían subirnos por
las paredes.