Que últimamente estamos viviendo una época a nivel de conciertos, de grandes bandas y de novedades extraordinarias en nuestro rollo es algo que no se puede discutir: una rotunda verdad. Al mismo tiempo, suele pasar que a veces tenemos a la vista épocas de sequía y otras en las que no sabemos para donde tirar para disfrutar de un buen concierto. Pero lo de este fin de semana en concreto fue algo absolutamente extraordinario. A parte de conciertos cercanos el viernes y el domingo (aunque lejos de mi estilo, eso sí) en el Pub Morgul, el sábado concretamente había cuatro, sí, cuatro conciertos en los alrededores, alguno realmente apetitoso y otros, directamente, de algunas de mis bandas nacionales favoritas. Entre otras bandas, 91 Suite en la Wah Wah, Midnight Force en la Nave Iguana, Hamlet en Novelda y Uzzhuaïa en Manises. Uno de esos días que, de haber podido partirme en cuatro partes hubiese vivido, estoy seguro de ello, cuatro noches apoteósicas. Sin embargo, y por desgracia, esto no fue posible (obviamente), así que tuve que escoger solamente uno. Y si algunas de las bandas que he nombrado me vuelven loco, ninguna de ellas sabe tocarme la fibra sensible como Uzzhuaïa. Y es que tienen ‘un algo’, una capacidad de adicción, un magnetismo increíble del que llevo ya muchos tiempos siendo súbdito, por lo que una vez hecha mi decisión personal, cogí el coche y me fui sin pensarlo dos veces hacia Manises. Tres horitas de coche (contando la vuelta) y encima sin nadie que me acompañara, que hice con una inmensa sonrisa en la cara, al ir por la ilusión que me hacía verles otra vez, pero sobre todo a la vuelta por el conciertazo tan increíble que se marcaron y por las sensaciones tan intensas que esta banda es capaz de transmitirme.