Al fin
un día sin excursiones, ni prisas, ni carreras, ni nervios a la hora de
levantarse. Tenía que ser precisamente el último del crucero, pero al menos lo
aprovecharíamos para alargar un poco más el sueño, nada de levantarse a las
7:30 como algunos otros días. Es algo que siempre pasa, pero aun así, fue
realmente increíble lo rápido que habían volado estos cinco días de festival,
por lo intensos que fueron, por todo lo que nos divertimos y nos reímos, por
las espectaculares e inolvidables actuaciones… hoy era el momento de echar el
resto, de llevar la resistencia física al límite del desfallecimiento. Nos
esperaba un buen cartel por delante. La mayoría de las actuaciones ya serían
repetidas, pero, ¿qué coño importa eso cuando teníamos entre ellas a los Stop Stop!, a Tokyo Motor Fist o a Slaughter?
Y sobre todo, por fin llegó el día de ver en vivo, sobre el crucero, al capitán
honorífico de este, el gigantesco Alice
Cooper y al líder de los Cinderella, Tom Keifer. Muchísima emoción,
especialmente, por ver la actuación de este último. Pero parece que, en los
pocos ratos en los que no había conciertos, cada subidón emocional llevaba
derecho a una hostia de las que duelen profundamente. Y es que, nada más abrir
los ojos, le echamos un vistazo a los horarios y ese fue, sin duda, el momento
más crudo y devastador de todo el festival al observar, atónitos, incrédulos y
llenos de rabia, que Tom Keifer había desaparecido de un plumazo del cartel,
dando definitivamente al traste con el conjunto de bandas que eran imprescindibles
para mí salvo contadísimas excepciones. La estocada final. En ese momento, me
caí otra vez a la cama de desánimo, y os juro que me dieron ganas de volver a
dormirme para no despertar ya hasta el desembarque.