Segundo
día en plan rockero, y a muerte, en la capital leonesa, aunque para nosotros ya
era el tercero de estancia en la ciudad. Sin embargo, incluso más que otros
días, se percibía un ambiente único allí, y el principal motivo era que la
ciudad estaba, literalmente, invadida por la peña del Rock y el Metal. Fueses
donde fueses, ya caminando por sus calles, ya entrando a sus numerosos bares y
locales, las melenas, el cuero y las camisetas negras estaban presentes a cada
paso. Pero no era algo de extrañar. El Lion Rock Fest, que se celebraba aquel
mismo sábado, reunía en un mismo cartel a algunos de los nombres más celebrados
y candentes del Hard Rock melódico de la actualidad, un caramelazo al que no
pudimos resistirnos pese a la barbaridad de kilómetros que nos separaban de
allí. Sin duda era nuestro principal objetivo de aquel viaje, y una ocasión imprescindible
para quienes disfrutamos de esos sonidos, a veces, tan poco representados en
las salas y festivales de nuestro país. Con el objetivo de exprimir la jornada,
volvimos a levantarnos de buena mañana para hacer un buen recorrido cultural,
visitando la fabulosa Casa Botines o la catedral, entre muchos otros puntos
icónicos de León (como hicimos también el día anterior con el Palacio de Gaudí,
en Astorga), y por supuesto, catar a base de bien la suculenta gastronomía
local. Poco a poco, se acercaba el esperadísimo momento, y con el fin de
recuperar todas las fuerzas posibles para una noche tan intensa, volvimos al hostal
para echarnos antes un buen siestón. Incluso tuve el placer de saludar, cerca de
allí, al gran José Antonio Armero, del programa Senderos del Rock. Todo estaba
dispuesto ya, pero sobre todo, lo más importante, unas ganas e ilusión
indescriptibles por el arranque del fiestón final.