Antes de que escriba una palabra de más,
antes de cualquier introducción / presentación, dejadme que grite bien alto y a
los cuatro vientos que por fin, ¡¡POR FIN HE PODIDO ASISTIR A UN FESTIVAL DE
HEAVY METAL!! Después de este último año y medio tan insufrible con decenas
restricciones e historias, cancelaciones, esperanzas destrozadas y muchísima
frustración reprimida… sí señor ¡POR FIN, JODER! Un festival veraniego en toda
regla, al amparo de una cálida noche de agosto y entre más de mil personas, con
barra, con puestos para comprar, y con urinarios portátiles y toda la
parafernalia con la que siempre hemos convivido en estos eventos, un festival
al que además le tengo muchísimo cariño como es el Ripollet Rock, del que no
soy veterano, pero al que ya he asistido a cuatro ediciones consecutivas (por
algo se empieza) y si nada me lo impide, pienso seguir haciéndolo. Si hace un
par de semanas, en el cariñoso guiño que se hizo al Leyendas del Rock en la
plaza mayor de Villena ya tuve una profunda sensación de festival veraniego,
aquí fue mucho más que eso, fue jodidamente REAL, palpable, perceptible. Y no
os podéis ni imaginar la felicidad que esta tarde / noche de viernes me
reportó, apenas lo puedo expresar con palabras. Restricciones y medidas de
seguridad por doquier, por supuesto, las jodidas sillas, mucha vigilancia por
parte del personal y mucha cautela desde la organización por ser uno de los
primeros festivales que se celebra en España desde hace la tira, pero esto ya
es un hecho: poco a poco se va demostrando, después de una larga y dura lucha,
que la cultura es segura, que la gente va perdiendo el miedo y echándole huevos
y que nuestro rollo empieza a volver a respirar poco a poco.