El tercer día de crucero, con la parada en Cozumel,
la excursión contratada, y el madrugón que me dejó hecho puré a la hora de
soportar toda una dura e intensa jornada de conciertos, fue en sí mismo una
contundente lección que aprendí por las malas. En esta quinta, y por desgracia
última jornada, nuestro viaje se detenía el puerto de Nassau, capital de las
Bahamas y principal centro cultural de las islas. La oferta de visitas y
excursiones era abundante y ciertamente apetitosa, como visitar un santuario de
tortugas marinas, entre muchas otras. Sin embargo, temiendo que me sucediese lo
mismo que con la excursión del tercer día, y teniendo siempre presente que mi
única prioridad absoluta en los festivales es ir a ver conciertos, y no
permitir que nada interfiera en ellos, cancelé mi parte de la excursión
programada. No quería correr el más mínimo riesgo que pudiese comprometer mi
resistencia en aquel último día, donde el cansancio acumulado, además, ya era
lógicamente considerable. Además el hecho de que el primer día pospusieran la
actuación de mis amados Firehouse
hasta primera hora de este último, fue definitivamente lo que me hizo tomar la
decisión. Así pues, dediqué la mañana a holgazanear y tocarme los huevos todo
lo que pude. Tras un reconfortante sueño (el más profundo de todo el viaje),
bajé tranquilamente, sobre las 11:00, a por el desayuno, el último, con el que
me pegué una hinchada bárbara. Imaginaos que, en el buffet, al ver cómo estaba
mi plato de lleno, un tipo que estaba a mi lado me dijo, con cierta
preocupación en su tono de voz: ‘you are eating too much, man…’ (estás comiendo
demasiado, tío), a lo que le contesté que estaba hambriento como un perro
callejero. Después, fui otro ratejo a estirar las piernas al camarote.