Al día siguiente, sábado, todos nos despertamos con los
ánimos por las nubes. Aunque reconozco que me venció bastante el sueño y la
pereza a la hora de levantarme temprano, había muchas ganas de visitar la
preciosa ciudad de Burgos, su imponente catedral y sus callejuelas llenas de
ambiente, invadidas por doquier de melenudos y camisetas negras. Ese fin de
semana, para respirar un ambientazo de puta madre, no era necesariamente
imprescindible estar en el Parque de San Agustín, donde horas más tarde tendría
lugar la segunda jornada del festival: bastaba por echarse un rulo por sus
bares, garitos y restaurantes para empaparse de ese clima festivo y de colegueo
que reinaba. Tras un pequeño descarrío por las calles de la ciudad (lo cual
también aproveché para admirar su belleza), me reuní con mis colegas Alan, Popi
y Pedro en las mesas exteriores del local metalero Jarra'n'Heavy, donde además,
tuvimos el inmenso privilegio de contar con la compañía del gran maestro J.A.
Armero, y sus encantadoras amigas Rebeca y Leticia (alias Piratilla), con
quienes pasamos una mañana de auténtico lujo entre birra y birra, risas, y edificantes
charlas musicales de esas que tanto me gustan. El sol empezaba a apretar de lo
lindo a aquellas horas, y mucha gente se refugiaba en las terrazas, buscando
sombra y un buen refrigerio para darle alegría al gaznate. Por primera vez en
su historia, el Zurbarán Rock montó un concierto acústico en pleno centro, justo
enfrente de la gran catedral. Los argentinos Skiltron serían los encargados de animar el mediodía con sus temas
y su sonido folclórico, y allá que fuimos, a pleno solano, a pasar un buen rato
y divertirnos con ellos, entre una considerable multitud, entre curiosos y fans
de la banda, que llenaron casi a tope la Plaza Rey San Fernando.