
El
momento tardó una eternidad… pero llegó. Al fin, ante nosotros, el majestuoso
recinto Navarra Arena, con miles de metalheads aguardando la cola, con un frío
de la hostia, con lluvia, con muchos nervios, pero sobre todo, con una ilusión
desmesurada por cruzar aquellas puertas del evento que convirtió a Pamplona, ese
noche, en la capital del auténtico Heavy Metal. Y cuanto vimos allí… a la
inmensa mayoría nos dejó sin aliento. Pero abrir la crónica de este modo sería
adelantarse mucho, demasiado, a los acontecimientos. Porque el pasado sábado
día 8 de marzo fue una jornada en la que cada minuto contó, en la que cada
instante merece ser concienzudamente desmigajado para entender en todo su
esplendor esa emoción, ese subidón infinito de adrenalina que pudimos
experimentar, y que personalmente, todavía estoy digiriendo. A finales del
pasado año, solo unos meses antes de su celebración, se anunciaba todo un
pelotazo que puso en guardia a todos los medios habidos y por haber, y a todos
aquellos que abogamos por festivales de Heavy Metal clásico. El Kingdom Of Rock,
como fue bautizado el festival, presentaba así por las buenas, y sin vaselina,
nada menos que a los todopoderosos
MANOWAR
como cabezas de cartel. El corazón me dio un vuelco al leer la noticia, e
inmediatamente comprendí que, a pesar de mi precaria situación, la asistencia
era obligatoria, aunque tuviese que vender mi hígado. Desde entonces, fui
contando los días y las horas, al tiempo que el festival completaba su cartel
con otras bandas de lo más goloso, como
Freedom
Call y
Doro, muy afines al tono de
lo que pretendían sus organizadores, y la joven banda navarra
Electrikeel. Evidentemente, la
presencia de quienes para mí son los eternos Dioses del Metal, ya hubiese sido
más que suficiente, pero el resto fueron muy buenos alicientes.